Róger Pérez de la Rocha, de vuelta en Solentiname, 35 años después.

Róger y el nacimiento del primitivismo

Orlando [email protected] A sus 18 años, Róger Pérez de la Rocha ya se consideraba un “hombre muerto” porque en esos días varios de sus mejores amigos como Silvio Mayorga y otros habían sido asesinados por la Guardia Nacional en el movimiento armado de Pancasán y él, que conocía a los rebeldes, estaba seguro que la […]

Orlando [email protected]

A sus 18 años, Róger Pérez de la Rocha ya se consideraba un “hombre muerto” porque en esos días varios de sus mejores amigos como Silvio Mayorga y otros habían sido asesinados por la Guardia Nacional en el movimiento armado de Pancasán y él, que conocía a los rebeldes, estaba seguro que la muerte lo rondaba y se sentía un perseguido político sin escapatoria.

Acababa de salir de la Escuela de Bellas Artes del maestro Rodrigo Peñalba y ya ilustraba algunos cuentos que se publicaban en la Prensa Literaria donde conoció al poeta Pablo Antonio Cuadra.

Fue precisamente el poeta Pablo Antonio el que le presentó al padre Ernesto Cardenal una vez que éste lo llegó a visitar a su oficina. Inmediatamente Cardenal le ofreció refugio en su comunidad de Solentiname y así, el novel pintor desapareció del mapa político y a los pocos días apareció en la isla Mancarrón.

Róger no venía a descansar en una hamaca debajo de dos palmeras, sino a integrarse al trabajo de la comunidad. La primera tarea fue ayudar en la reconstrucción de la iglesia, la que fue decorada en su interior con dibujos de los niños de la isla y copiados fielmente por Róger y William Agudelo. El altar mayor, con motivos precolombinos maya fue realizado por Róger en conjunto con Ernesto Cardenal. Otra tarea que realizó fue alfabetizar a varios campesinos.

Róger dice que sus tiempos libres los dedicaba a la pintura “pero un día vino un campesino llamado Eduardo Arana que por su cuenta se dedicaba a labrar jicaritas con un cuchillo y a la vez hacía dibujos con lápices de colores y me pidió que si le podía dar colores y pinceles por que él creía que podía pintar, le di los colores y pinceles y efectivamente se nos apareció con una sorpresa”, dice con orgullo Róger, 33 años después.

“Era una visión aérea de Solentiname, tal la isla como la conocía en su bote, donde estaban las casitas de todos sus amigos y vecinos de la isla Mancarrón”. Me acuerdo, continúa Róger, que el primer cuadro de pintura primitivista que se publicó en La Prensa Literaria era de Eduardo”.

Después otros campesinos al ver que Eduardo pudo pintar, ellos se sentían también capaces y se pusieron a pintar y así surgieron excelentes pintores como Oscar Mairena, Doña Esperanza Guevara, los Arellano y muchos más, generando un movimiento que iba a trascender las fronteras de Nicaragua, logrando su mayor auge cuando Ernesto Cardenal fue ministro de Cultura del gobierno sandinista”, afirmó Róger.

Róger Pérez de la Rocha, que ahora es uno de los más grandes pintores que ha producido nuestro país, recuerda que en 1968 salió del archipiélago directo a España becado para estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de donde regresó graduado en 1972 para dedicarse de lleno a la creación artística.

“Nosotros procurábamos solamente darles a los campesinos algunas orientaciones básicas, no darles muchos elementos que pudieran desviarlos para que no perdieran su encanto, lo ingenuo. Se les hacía hincapié que buscaran su propio lenguaje, que no copiaran a otros, que se basaran en su propia vida, la isla, su entorno, la flora y la fauna. Así surgió la pintura primitivista, porque el primitivismo es eso, que tenga candor, pureza, es una pintura como elemental. Ingenua, porque cuando se intelectualiza pierde su encanto”.  

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