- La avalancha de lodo y piedras que abatió dos comunidades hace dos años dejó unos doscientos niños huérfanos, algunos de los cuales quedaron solos en el mundo. Cuatro niños que perdieron padre y madre y resto de familia, cuentan aquella amarga experiencia y la forma como están rehaciendo su vida.
Fabián Medina [email protected]
Una cruz roja, hecha de tubos, marca una tumba hipotética en las faldas del volcán Casita: “Aquí murió la familia Vázquez Obando, Daniel Vázquez Rico, Juana Obando y todos sus hijos, nietos, y nueras. 30-10-98”.
En realidad todo ahí es hipotético. A falta de referentes reales “los sobrevivientes” de Posoltega se han inventado tumbas para creer que ahí descansan sus muertos. La cruz que marca el lugar donde “murió la familia Vázquez” es, confesaría la señora María Vázquez, el lugar donde encontraron y quemaron el cuerpo de su hermano, Pedro Daniel, el único Vázquez cuyo cuerpo apareció.
Incluso la tumba colectiva sobre la que se erigió el monumento a las víctimas del volcán Casita y que ha sido visitada entre otras personalidades, por el Presidente norteamericano Bill Clinton, recoge apenas partes de 60 ó 70 muertos, según relata José Tomás Mayorga, uno de los “recoge muertos” de aquellos días tristes.
Del resto, unos 2,500, sólo se sabe que yacen en una área de por lo menos 18 kilómetros cuadrados, enterrados bajo toneladas de lodo y piedra.
Aun así, Ana Cecilia Vázquez Sevilla, una niña de doce años, pone flores en la tumba donde “murió la familia Vázquez”. Su familia.
El 30 de octubre de 1988, Ana Cecilia se recuerda a las nueve de la mañana, asustada, chineado a su hermanito Misael, de 10 meses y siguiendo los pasos de su padre que jalaba del brazo a su otro hermano Abel Elí, de siete años, y a su madre que cargaba una pichinga de atol para el bebé. Habían salido de su casa porque se estaba llenado de agua y decidieron buscar refugio en la iglesia evangélica, que también encontraron anegada.
Caminaban hacia la casa del señor Pablo Gómez, que por estar más alta podría servirles de albergue, cuando oyeron aquel tronar que bajaba del cerro.
Apenas pudo ver la avalancha de lodo que cayó sobre ella y lo último que recuerda es cuando la corriente le arrancó de la mano a su hermanito. Y ya nunca más volvió a ver a su familia.
Ana Cecilia a sus diez años quedó sola en este mundo: murió su papá, su mamá, sus dos hermanos, sus abuelos, tres tíos y dos tías. Los Vázquez.
Ella sobrevivió. Con sus dos piernas fracturadas y raspones en todo el cuerpo, llegó hasta la única casa que se mantuvo en pie en la comunidad Rolando Rodríguez. Ahí habría de vivir los tres días más duros de su vida. Con ambos pies fracturados, sin comer, ni beber agua y oyendo gritos de los que morían atrapados entre troncos y piedras. A la orilla de la casa que les servía de refugio, recuerda, estaban tres cadáveres, uno de ellos con los huesos de las piernas de fuera.
Pero nada fue tan cruel como oír durante tres días los gritos de su padre atrapado hasta la cintura. Y aquella frase que repetía una y otra vez:
“Sálvenme por favor. Tal vez yo no les pueda pagar nada, pero el Señor se los pagará. Por favor…”.
Y Ana Cecilia lloraba arrastrándose con sus piernas fracturadas, implorado ayuda a quienes se refugiaron en aquella casa que providencialmente quedó en pie.
“Había tres (personas) que estaban bien y no quisieron ayudarme”, dice dos años más tarde, con un dejo de amargura.
Uno de aquellos tres es Freddy Eduardo Gutiérrez, quien para ese entonces tenía 14 años y al igual que Ana Cecilia perdió a casi toda su familia, incluyendo su padre y su madre. A Freddy lo encontramos en el parque del Volcán Casita, pintando unas latas que formarán un cartel para el próximo 30 de octubre cuando se cumplan dos años de la tragedia. Una pequeña grabadora con música moderna le acompaña.
“El papá de la niña gritaba, pero no podíamos hacer nada, no teníamos ni mecates ni ramas con qué ayudarle a salir. Así pasó casi tres días, y antes de morir cantó un himno religioso, porque el señor era evangélico”, recuerda Freddy.
A Freddy le quedó al menos una hermana: Zaida Lorena.
Zaida, de 11 años, es una niña de ojos tristes, que vive con una tía en la comunidad El Tanque, donde recibió una casa del proyecto que financia CARE Luxemburgo.
La familia González Gutiérrez almorzó temprano ese 30 de octubre. Freddy recuerda que hicieron una sopa de gallina y él salió a curiosear afuera. Se percató que la cosa era grave cuando vio una hoja de zinc nuevecita volar por los aires. Y ya no pudo regresar a su casa, con su familia. La correntada lo llevó, mas recuerda nunca haber perdido el conocimiento. Buscando refugio encontró también golpeada a su hermana Zaida Lorena y con ella llegaron hasta la casa que quedó en pie.
Ahí pasaron tres días. Lo más aterrador que recuerda son los gritos del padre de Ana Cecilia pidiendo por su vida, y que a veces llamaba incluso a la madre de Freddy sin saber que ésta estaba ya muerta:
“Norma Gutiérrez vení sacame”, rogaba.
A la casa aquella se unirían dos huérfanos más: Isaac Alberto, en ese entonces de siete años, e Isaías, de 13, primos de Ana Cecilia.
“Llegó con la cara inflamada por los golpes. No podía ver y le salía pus por los ojos”, relata Ana Cecilia. Isaías tenía un hoyo en los intestinos. Lloraba mucho. Murió cuando lo llevaron al hospital.
La pesadilla para estos huérfanos no terminó el domingo primero de noviembre cuando los rescataron. Todavía la viven. Y Ana Cecilia sueña una y otra vez que viene la avalancha, sale corriendo y su tía María, debe detenerla o cerrarle la puerta para que no salga a la calle gritando. Isaac Alberto, su primo, tiene 11 años y quiere mostrarse como un “hombrecito”, trata de no llorar ante su familia, aunque en privado me confesó que llora tanto como su prima, sólo que lo hace escondido. Zaida llora y sueña con sus padres, casi todos los días. Todos ellos reciben ayuda sicológica ocasional.
Freddy es el que dice no poder soñar. “He querido soñar, hago el esfuerzo pero no puedo”, lamenta.
Héroes anónimos
Para el párroco de Posoltega, Benjamín Villarreal, los verdaderos héroes de la tragedia del Mitch en ese lugar son unos 25 muchachos, a quienes llaman los vagos del pueblo: “Hay que resaltar el valor y el coraje de los muchachos de Posoltega. Ellos estuvieron ayudando antes que el Ejército o la Cruz Roja porque estaban aquí. Andaban sólo un mecate, nada en el estómago porque no había comida y descalzos. Cruzaban los ríos amarrados unos con otros, rescatando sobrevivientes y cadáveres. Ellos no han recibido nada y se merecen mejores cosas, tal vez un instituto politécnico, un campo de beis, una cancha de básquetbol. Yo tengo pendiente hacerles un convivio. Tal vez un vigorón, una tortilla con chancho en señal de agradecimiento. No sólo Posoltega, Nicaragua entera debe rendirle honores a quien se lo merece en vida. A mucha gente la pusieron en tarimas porque sobresalieron en el Mitch y aquellos muchachos sólo viendo, cuando ellos fueron los verdaderos héroes”.
Qué hacen ahora los huérfanos
* Ana Cecilia Vázquez, 12 años, estudia sexto grado y cada semana va a terapia a Chinandega para poder caminar normalmente. Le han regalado una bicicleta para que se divierta y al mismo tiempo haga ejercicios. Vive con una tía, que no residía en la comunidad. Le entregaron una casa y un juego de sillas financiados por el proyecto Marianela Cuadra, en la comunidad El Bosque. Llora, llora mucho, y tiene pesadillas que la hacen salir corriendo. “Mejor me hubiera muerto con mis papas”, dice. Le encanta jugar en “los chinos” (juegos mecánicos) con su amiga Johana.
* Isaac Vázquez, tiene nueve años. Vive con sus abuelos maternos, y quedó con problemas de la vista. Según su familia ha adoptado el papel “del hombrecito”, no llora y poco le gusta hablar de la tragedia. Sin embargo un día amenazó con ahorcarse. En privado reconoció llorar a escondidas.
* Freddy Eduardo Gutiérrez. Tiene 16 años y ya se ha conseguido una novia con la que piensa casarse. Trabaja para un proyecto que ayuda a damnificados y que le paga 40 córdobas diarios con los que se mantiene él y su hermana. Viven con una tía. Dejó de estudiar “porque es difícil cuando uno ya está trabajando”.
* Zaida Lorena Maltez, tiene 11 años y estudia cuarto grado de primaria. Casi todos los días dice soñar con su familia. Vive con una tía que, dice, la golpea de vez en cuando, porque tiene una prima “muy pleitista”. Tiene dos amigas, María Lissete y Marbelly, con quienes juega a la chalupa, su juego preferido. Le encantan las piñatas. Dice que quiere estudiar computación y espera que alguien le ayude con una beca.