La pareja y los dos niños cuando nada hacía presagiar la terrible muerte de los menores.(Inserto) El triple asesino se muestra compungido al brindar declaraciones en el Juzgado.

Acuchilló a sus dos hijastros

Un Un odio inexplicable llevó a Oscar Espinoza a asesinar atrozmente a sus dos hijastros y a una empleada en una orgía de sangre La conflictiva personalidad de Oscar Espinoza fue confirmada por su ex esposa, la abogada Damaris Estrada, quien dijo que en dos ocasiones trató de ahorcarla y amenazó con dar muerte a […]

  • Un Un odio inexplicable llevó a Oscar Espinoza a asesinar atrozmente a sus dos hijastros y a una empleada en una orgía de sangre
  • La conflictiva personalidad de Oscar Espinoza fue confirmada por su ex esposa, la abogada Damaris Estrada, quien dijo que en dos ocasiones trató de ahorcarla y amenazó con dar muerte a su madre. Estrada dijo que Espinoza la golpeó cuando ella estaba embarazada. A pesar de que no denunció a Espinoza al trascender su triple asesinato, Estrada fue eximida de responsabilidad

Anuar Hassán y Emiliano [email protected]

A lo largo de su vida el reportero de sucesos se ve enfrentado con los casos más insospechados: desde los asesinatos en serie cometidos por un desquiciado a bordo de una bicicleta hasta el sacrificio de su protector llevado a cabo por una hermosa muchacha en medio de macabros ritos satánicos. Y entre los extremos, toda la gama del horror, la crueldad y el sadismo humanos. ¡La retorcida imaginación de los criminales nos sorprende en verdad cada día por su infinita capacidad para eliminar a sus víctimas de las más variadas y diabólicas formas!

Al anochecer del viernes 21 de agosto de 1998, Ruth Grisell Polanco Vallecillo y su compañero de vida Oscar Espinoza se acercaron, amorosamente tomados de la mano, a su vivienda en la Cuarta Etapa del reparto Shick, en el suroriente de Managua.

Ella regresaba, cansada después de una jornada de trabajo en la Zona Franca Las Mercedes, a la casa donde la esperaban sus hijitos Miurel, de 11 años y Walter, de cinco.

A la madre le llamaron la atención la oscuridad y el silencio sepulcral en que estaba envuelta la vivienda, en contraste con la habitualmente alegre recepción que les brindaban los niños.

La madre soltó la mano de su compañero y apuró el paso, con una creciente opresión en el pecho.

Abrió la puerta y penetró en la sala, extrañamente oscura y silenciosa. Al encender la luz, grandes manchas de sangre sobre el piso se ofrecieron a sus ojos, agrandados por un presentimiento horroroso. En el ambiente flotaba un leve olor a entrañas.

Detrás de la madre, que temblaba como azogada, marchaba su esposo, tomado de su cintura.

Al entrar en el cuarto de la empleada, toda la angustia que atenazaba el alma de la madre escapó con el desgarrador alarido brotado ante la visión de aquel cuadro de espanto.

Sobre el piso de la habitación estaban tirados los cuerpos, horriblemente acuchillados, de la pequeña Miurel y su hermanito Walter. Junto a ellos yacía el cadáver, igualmente pasado a cuchillo, de la empleada Alba Luz Villachica Dávila, de 39 años de edad. Todos habían sido acuchillados por la espalda pero era la niña la que presentaba los mayores daños, como si el criminal se hubiera ensañado especialmente en ella. Le habían cortado el cuello y los dedos de las manos estaban también cercenados.

Impactado por la dolorosa escena, Espinoza balbucía al oído de su esposa ininteligibles palabras de consuelo.

Aunque no era el padre de los niños, a los que había conocido tres o cuatro años atrás, sólo un corazón de piedra podría permanecer insensible ante aquella crueldad.

Los investigadores policiales se inclinaban por la tesis de que en el triple asesinato habían participado por los menos dos personas. Descartado el móvil del robo, pues todos los bienes de la casa estaban intactos, las pesquisas se orientaron por otros caminos.

La madre reveló que días antes de los hechos recibió en su trabajo una llamada telefónica por la cual un anónimo interlocutor le dijo que su hija Miurel había sido baleada en la cabeza por un hombre y le sugería que se trasladara de inmediato a la Quinta Estación de Policía.

La señora Polanco no tomó muy en serio la llamada y se comunicó con su madre, que vivía cerca de su casa y que confirmó la falsedad de la denuncia.

A los oídos de los investigadores fueron llegando algunos rumores recogidos en el vecindario. Se decía que Oscar Espinoza, el padrastro de los niños, les daba pésimo trato y que esto era causa de frecuentes discusiones con su mujer.

La madre de los niños admitió ante los investigadores sus repetidas confrontaciones con Espinoza por el tema del maltrato a sus hijos, especialmente a la pequeña Miurel, hacia la que el hombre manifestaba una marcada aversión.

Espinoza, asistente financiero de la distribuidora de repuestos automotores Napa, se convirtió en un fuerte sospechoso a los ojos de la Policía, que decidió interrogarlo.

Una semana después del triple asesinato, Espinoza admitió su comisión.

El pueblo todo de Nicaragua que permanecía expectante lo escuchó, atónito, atribuir a la mutua antipatía que la niña y él se profesaban, la carnicería cometida la tarde del 21 de agosto.

Pocas veces la ira popular contra un asesino se había manifestado con tanta virulencia como cuando Espinoza fue llevado a declarar ante la jueza del Crimen, Ada Venicia Vanegas Ramos.

Una multitud formada por hombres y mujeres que pedían a gritos su cabeza fue a duras penas contenida por la férrea protección policial brindada al triple asesino.

Ante la jueza, Espinoza dijo que salió de su trabajo a la hora del almuerzo y se dirigió a la casa donde debía recoger unas cartas que llevaría a Inatec. En la entrada estaba Miurel, quien habría pronunciado algunas palabras desagradables al verlo. Sin embargo no les dio importancia y pasó a la cocina, donde se tomó un vaso de agua.

Después comenzó a buscar las cartas. Desde su habitación vio a Miurel sentada frente al televisor. La niña habría comenzado a insultarlo y entonces él perdió el control sobre sí.

¨Me fui al pantry, cogí un cuchillo y la corté en el cuello. Luego el niño empezó a gritar e hice lo mismo con él. En el patio vi a la empleada y la herí en la espalda, la nuca y el cuello¨, declaró.

Metió los cuerpos en el cuarto de ésta y salió de la casa. Como llevaba manchas de sangre en la camisa se dirigió a la casa de su ex esposa, la abogada Damaris Estrada, en la colonia Máximo Jerez, donde lavó la pieza. Para justificar la presencia de la sangre le dijo que había tenido una riña callejera.

Luego regresó a su trabajo y al concluir su jornada fue a traer a su mujer en la Zona Franca.

El asesino concluyó su declaración con un toque de dramatismo. “Ahora mi conciencia no me deja tranquilo y debo pagar por lo que hice. Si pudiera dar mi vida a cambio de todo lo que hice, la daría para evitar tanto sufrimiento a todos los que he perjudicado. Pienso que no merezco ni el aire que respiro”.

Un mes después, un jurado de conciencia lo declaró culpable de asesinato atroz. Fue sentenciado a la pena de 30 años de cárcel.

UN ODIO INCOMPRENSIBLE

El asesinato de sus dos hijos impactó profundamente a Noxoli McField. Hacía apenas una semana comenzaba a relacionarse con Walter, tras separarse de su esposa.

De Miurel, a quien mimó desde su nacimiento, dijo que era una niña inquieta y muy inteligente. Ella estudiaba sexto grado y el niño cursaba el tercer nivel de preescolar.

El odio que Espinoza les profesaba le resulta incomprensible. Espinoza dijo que desde que comenzó su relación con Ruth Polanco tuvo problemas con la niña, situación que se agravó un mes antes de los sangrientos sucesos. Su explicación de que fue la búsqueda de unas cartas lo que lo llevó a la casa aquel mediodía no tuvo la menor acogida y prevaleció la idea de la premeditación del crimen.

En los oídos de Ruth Polanco quedaron grabadas para siempre las últimas palabras que le dirigieron sus hijitos aquella tarde, a escasos minutos de caer bajo la insania de su padrastro.

A través del teléfono Miurel pidió a su madre permiso para ir a la casa de una compañerita para hacer las tareas escolares y después pasear en bicicleta. Walter por su parte le recomendó que al regresar a casa le llevara alguna golosina.  

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