- No se trata de la tira cómica que conocemos a través de la televisión. Es una historia de la vida real que protagoniza un colectivo de 60 mujeres, algunas con sus marido e hijos. Ellos son los pica piedras del municipio de El Viejo, en el Departamento de Chinandega
- Las madres pica piedras tienen mucho cuidado en enseñar el oficio a sus vástagos. Hace dos años se registró un derrumbe en el área donde trabajaban dos menores de edad que resultaron con fracturas de sus miembros inferiores, por el peso de piedra y tierra que sobre ellos descansó
Carol Munguía/ [email protected]
CHINANDEGA.- Con picos, sacos, pero, sobre todo, con esa admirable energía, desde muy temprano se dan a la tarea de doblegar las inmensas moles de piedra. Es el medio de sobrevivencia en una zona altamente golpeada por el desempleo.
La mina de piedra está ubicada en el Municipio de El Viejo, a 15 kilómetros de Chinandega y por espacio de 12 años ha representado la fuente de trabajo de las mujeres de la comunidad de “La Pedrera”, en su mayoría mujeres solteras que junto a sus hijos llenan bidones o sacos de piedras de diversos tamaños en espera que se las lleguen a comprar. De ese negocio depende su alimentación diaria.
“Venimos a picar la fina, la asoleamos y zarandeamos para después trasladarlas en saco hasta la carretera”, dijo doña Ana Martínez Urbina, de 26 años, apresurada a cumplir con la norma del día, pues las aguas de la tormenta “Keith”, imposibilitaron al grupo a vender el producto, utilizado para la construcción de proyectos en la zona circunvecina.
Tenían 6 días de no trabajar en lo que les da el pan de cada día, porque cuando llueve se detienen los trabajos de reparación de carreteras, edificios y remodelaciones en los centros de trabajo y es cuando las cosas se nos ponen difíciles, explicó Fulgencio García Toval.
García acompañaba a su mujer en la dura tarea de seleccionar piedra triturada y la de bolón, la primera utilizada para mezclas y la segunda para una capa inicial en las reparaciones de tramos de carretera.
Así van pasando las horas, diez del total del jornal que realizan en el día, en el lugar. Relatan que cuando se presentan a la mina, ya han dejado bañados a sus hijos y listos para ir a clases, la comida preparada y la ropa lavada.
“Es que tenemos que hacer eso para que nuestros hijos no sufran de hambre”, sostiene doña Sonia Varela. Explica que “mientras los hombres van al corte de caña en época de zafra, las mujeres nos dedicamos a este trabajo porque hay desempleo y es la manera de estar con nuestros hijos, antes de salir a buscar trabajo a otro país”, sostuvo.
Un caso muy conmovedor es el de Esmeralda Maldonado, de 23 años y madre de tres hijos comprendidos entre las edades de 9, 4 y 2 años de edad. Desde el más pequeño hasta el mayor trabajan en la jornada.
“Los pongo a trabajar en la sombra para que no se asoleen y preparo la comida para que aquí juntos todos nos reunamos a la hora del almuerzo, que resulta triste para el que no tiene qué comer.
“Al niño de dos años le sigo dando el pecho y me ayuda a llenar bidones de piedras. Cuando se cansa, lo pongo a dormir y los otros continúan”, manifestó Doña “Nanda”, como le dicen cariñosamente.
Esta madre es admirada por el colectivo por ser el hombre y mujer de su hogar. “Como Dios quiera criaré a mis hijos, los mando a estudiar y por lo menos sé que no andan pidiendo en las calles de El Viejo porque aquí yo los controlo”, señaló con mucha autoridad.
La mina que es la fuente de trabajo de esas familias, es apreciada desde la carretera y cada usuario del corredor ve con cierto asombro el trabajo de estas familias que bajo el ardiente sol chinandegano trabajan como hormigas, hombro a hombro, junto al grupo de niños que realizan diversas tareas como son escoger piedras y trasladarlas hasta el sitio donde la ofertan. Muchos las cargan y colocan en el vehículo del comprador.
El valor de cada bidón de piedra cuesta al público cinco córdobas y según estas heroicas mujeres, cada cual recoge entre 10 a 15 bidones en el día, suficientes para ofertar el material de construcción en todo tiempo.
“Pienso que es mejor que el trabajo del campo donde ponen a un capataz a dirigirnos y a inspeccionar nuestro trabajo, aquí hacemos lo que podemos todo el día y de eso vivimos, porque no existen muchas alternativas en Chinandega y tampoco el gobierno se preocupó por buscarnos una fuente de trabajo, pese a las promesas electoreras del liberalismo”, sostuvo doña Nanda.
Así llega el final del día, ya cansadas pero retornan a sus hogares “con realitos en la bolsa”, para finalizar las últimas labores domésticas del día y a prepararse para aprovechar mejor el nuevo día que comienza.