- “Nosotros mismos sentimos que lo que estamos haciendo es sólo una gota en el océano, pero el océano sería más pequeño si le faltara aquella gota”. Madre Teresa de Calcuta
Ana María Ch. de Holmann
Es verdaderamente sorprendente cómo, en tan poco tiempo, la obra de Madre Teresa de Calcuta ha venido creciendo como la espuma; gota a gota pero en manera ascendente y acelerada. Esta obra de indecible bondad hacia los desvalidos y necesitados, ha venido inundando todos los rincones del mundo, como el agua del océano que riega y da vida para ser sal de la tierra fortalecidos con el ejemplo del amor y caridad que enseña Madre Teresa.
El espíritu de caridad de Madre Teresa es como el fuego de la fe y la esperanza por alcanzar las promesas del Señor; corre como la llama en el llano árido y seco para luego hacer brotar el verdor de la esperanza. Esta misión es multiplicadora como la levadura que nos da el alimento del pan de vida, que es para todos aquéllos que lo toman y que hacen su alianza con el Dios del amor, con el Dios de la Buena Esperanza.
Así ha llegado esta obra en apenas 50 años, inundando los 5 continentes con más de 620 casas, las que asisten más de 4,500 Hermanas Misioneras de la Caridad activas.
También cuentan con hermanas contemplativas y con hermanos misioneros activos y contemplativos. Los centros de formación para religiosos son siete. En Nicaragua actualmente contamos con 3 casas, dos en Managua, una en Granada y próximamente se abrirá otra en Chinandega, lo que es una gran dicha para nuestro país.
Conocí a Madre Teresa de Calcuta en su segunda visita a Nicaragua en julio de 1988, desde esa fecha me sumé a su obra como colaboradora. Acababa de perder a Carlos, mi esposo, y este constante contacto con los más pobres y necesitados me consoló mucho y le dio un nuevo sentido a mi vida, con la alegría que da el darse y el dar, impulsada por el recuerdo de aquella sonrisa que Madre Teresa dibujó en sus labios aquel día, que iluminó su rostro, vi en él, en sus ojos una mirada profunda y chispeante, llena de promesa, llena de futuro.
Con esa mirada, ella nos invitaba a seguir el camino que ella trazara: de compasión, comprensión, entrega, amor y ayuda al más necesitado. Ella con esa sonrisa dulce y serena nos invita a llevar a ese océano del dolor, aquella gota de compasión que tanto necesita el ser humano, esa gota de agua, que mitiga, cura las heridas, sana, hace crecer, alimenta y da paz y sosiego en los corazones.
Yo quiero ser siempre aquella gota que llene el océano.
¡Gracias Señor, por darnos a tus pobres!