Don Felipe Ibarra y aquellos eternos inviernos de ayer

Managua en la época lluviosa era como Macondo, la lluvia tenía la paciencia de caer con parsimonia durante varios meses y había que acostumbrarse a convivir con el moho, el lodo, los charcos y las inundaciones. Mario Fulvio Espinoza mario [email protected] Resulta, querido Sancho, que el coronel don Felipe Bartolomé Ibarra, allá por los años […]

  • Managua en la época lluviosa era como Macondo, la lluvia tenía la paciencia de caer con parsimonia durante varios meses y había que acostumbrarse a convivir con el moho, el lodo, los charcos y las inundaciones.

Mario Fulvio Espinoza mario [email protected]

Resulta, querido Sancho, que el coronel don Felipe Bartolomé Ibarra, allá por los años veinte o treinta, era el Alonso Quijano del idioma español, lanza en ristre acometía al que osaba hablar “bellaquerías” y sus escritos eran tenidos como ejemplo de perfección gramatical lograda a través de mucho pulir y harto revisar.

Cuentan que siempre andaba un libro bajo el brazo y que su mayor felicidad —decía—, “era leer, y extraer de los textos —como se exprime un limón, el jugo de la sabiduría que habían puesto en el texto sus autores”.

Poseía don Felipe una vasta biblioteca, cuestión meritoria si consideramos lo difícil que resultaba en ese tiempo traer libros de España o de los países latinoamericanos como México, Cuba, Chile, Colombia y Argentina, donde estaban las principales casas impresoras.

Pero como todo sabio, don Felipe tenía muy metida entre ceja y ceja la manía perfeccionista, faceta humana que los intelectuales de la época apreciaban, pero que era objeto de burla de parte de sus alumnos y de la plebeyada inculta.

Su afán purista le causó no pocos problemas como el que te contaré, amigo mío, previa esta amplia explicación.

AQUELLOS AGUAJES ETERNOS Y TRISTES

En aquel tiempo los inviernos eran de diluvios interminables, casi eternos. La meteorología andaba en pañales y no sabíamos si aquellos chubascos torrenciales, o los endiablados ventarrones, o bien aquel “chis, chis, chis, chis” monocorde de “temporales” que duraban meses, eran producto de tormentas o huracanes, de vaguadas o de frentes fríos o de cuñas de alta o baja presión.

Lo cierto era que al llegar la estación lluviosa las calles de Managua se convertían en grandes “charcalales y lodazales”, de modo que la gente prefería pasar recutida en sus viviendas, que no por eso se salvaban de permanecer mohosas, lodosas y tristes.

Eran tiempos en que la humedad se volvía repulsiva, las mujeres mal secaban la ropa con planchas de hierro calentadas, las tejas quebradas dejaban pasar goteras y teníamos que andar fildeando aquellas chorreras con grandes panas o con los recipientes que estaban a mano. Como hoy, las casas de los pobres se inundaban y aquello hacía proliferar nubes de zancudos, cucarachas, chinches y otros insectos malignos, de modo que los niños se enfermaban y muchos morían y se tenía que ir a enterrarlos bajo el aguaje, lloraba el cielo y también lloraban las madres.

Naturalmente, como chavalos a nosotros nos encantaba bañarnos bajo la lluvia y andar jugando en los charcos. Un juego que se ponía de moda para esos días de “temporada invernal”, era confeccionar barquitos de papel que poníamos en las corrientes, nuestro deleite era verlos navegar por varias cuadras hasta que algún obstáculo o la misma violencia del agua los hacía zozobrar.

w LAS CINCO GRANDES CORRENTADAS DE MANAGUA

Por otra parte aquellos diluvios hacían bajar de Las Sierras como alud sobre la ciudad, unos descomunales ríos de agua-lodo que venían a desembocar al Xolotlán. Aquellas riadas cortaban el paso a los peatones en las avenidas como se llamaban las calles que tenían dirección norte-sur o viceversa.

Cuando terminaban de pasar las correntadas aquellas calles quedaban socavadas y llenas de cárcavas. No recuerdo quién fue el alcalde que ordenó construir rampas de piedras con el propósito de hacer más fluido el paso de la corriente y evitar los socavones. Estas rampas estaban colocadas a cierta distancia unas de otras —quizás 300 ó 400 metros— y sobre el borde de entrada se construían promontorios de cemento con separación de una vara entre cada uno para que la gente, saltando encima de ellos, pudiera vadear la avenida sin mojarse, solución muy precaria pues la mayoría de las veces el caudal de la corriente tapaba tales salientes. Recuerdo, caro amigo, que las correntadas más bravas eran las que pasaban por las avenidas de El Ejército —donde está ahora la estatua de Montoyita—, la de La Veloz, que bajaba por el antiguo Camino de Bolas, atravesaba la hacienda El Retiro de Somoza, llegaba a lo que es hoy la CST e iba a desembocar allá por Cristo del Rosario.

Otra correntada famosa era la de la Avenida Bolívar, que antes era conocida como Avenida del Aluvión porque por allí pasó en mil ochocientos calzón chingo una avalancha que se llevó varias casas y que causó muerte y desolación en Managua.

Debo mencionar también otras dos correntadas notables, la de Las Diez Letras, una cuadra abajo de la iglesia Santo Domingo, y la que bajaba de la Pulpería El Infierno hasta el sector de El Patión, solar donde después funcionó el Cine Luciérnaga.

Para cruzar las corrientes una alternativa era esperar hasta que el agua bajara de nivel y diera chance de cruzar brincando entre los charcos, esta espera duraba varias horas y se volvía desesperante. Sin embargo, los que andaban palmados preferían esperar, al fin y al cabo la ciudad no padecía la prisa neurótica que mantiene hoy.

Otro recurso era pagar y subirse a un “coche”, como llamaban a las viejas berlinas haladas por dos caballos, y que quedaron como reliquias folclóricas en Masaya y Granada. Los cocheros cruzaban con sumo cuidado las corrientes, pero no entraban a ellas cuando estaban embravecidas, pues ya había ocurrido que el agua arrastrara al coche, a los caballos y a los cocheros.

w LOS CHINEADORES Y EL CASO DE DON FELIPE IBARRA

Pero, así como hoy hay sujetos que hacen negocio con las circunstancias, había hombres que se metían a la avenida para poner unos pesados “burros” de madera sobre los cuales ponían dos o tres tablas sobre las cuales podía cruzar la gente previo el pago de cinco o diez centavos.

Pero, déjame mencionar amigo mío, que también habían mozos fortachones que ofrecían pasar chineado al cliente. Y este era un recurso corriente, y era una escena común invernal ver a damas y caballeros a horcajadas sobre las espaldas de estos hombres, cruzar aquellas avenidas cuando el ímpetu del agua daba el chance de hacerlo.

Y es aquí donde retomo, amigo mío, la anécdota del buen maestro —de traje entero de lino, chaleco de seda, corbatín de satín negro, zapatos blancos, sombrero de pita y bastón con empuñadura niquelada— don Felipe Ibarra.

Pues resulta que en uno de tantos lluviosos días el buenazo del Profesor quedó entrampado por la avenida que pasaba por El Patión.

Sin duda se le notaba prisa en el semblante y por eso, quizá, se le acercó uno de los “chineadores”.

— Maestro —le dijo—, ¿lo cruzo a tuto?

—Esta bien hijo, contestó don Felipe.

Y se enjorquetó sobre el lomo del hombre que comenzó a cruzar muy despacio la corriente.

Pero una inquietante nubecilla de duda se apoderó de don Felipe y sin poder contener su inquietud de purista de la lengua le dijo al chineador.

— Mira hijó, no se dice “a tuto”, sino se dice “a cuestas”.

Aquel sujeto “trozado” entendió mal la observación y dijo:

— ¡Ah! Usted quiere que la acueste, pues entonces lo acuesto.

Y dicen que tomó al pobre don Felipe y lo acostó en media corriente.

  

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