Ariel Montoya
Las disputas internas de las democracias en vías de consolidación, resultan ser, en las postrimerías de los lamentos, los pimientos más eficaces para el desvanecimiento de las mismas, lo que ha ocurrido comúnmente en el desarrollo político social de la región centroamericana, en las fases más controversiales de su historia.
Estas actitudes fácilmente se sirven en la mesa de las evidencias, al observar con la parapléjica lupa del común denominador de la clase política nacional, la principal característica de sus domésticos hábitos: los del diálogo, del entendimiento, del acuerdo o del pacto, como se le suele llamar ahora al celebrado por liberales y sandinistas, para legislar en un marco de consenso. Todos ellos vienen a ser en cierta forma, una resonancia y un reflejo de aquel primer diálogo entre el cacique Nicaragua (nuestro primer intelectual como lo definiría el humanista Pablo Antonio Cuadra) y Gil González Dávila, en el que se sentaron las bases primarias de nuestra cultura mestiza.
El caso concreto del acuerdo político parlamentario entre liberales y sandinistas, es el hecho más singular y novedoso del registro coyuntural del país. Después del triunfo y derrota electoral del partido sandinista, y del matronal período de transición, este acuerdo, nacido como parte de una dinámica eficaz y estratégica de las nuevas paralelas, viene a representar en este período constitucional del país, el aliciente necesario para una propuesta de gobernabilidad, no sólo por el distanciamiento metódico de los efectuados en el siglo pasado -sin chamorrismos de grupera, sin terquedades somozatas, sin agüerismos fraudulentos-, sino por las pistas que quedarán trazadas para un posible marco de coexistencia pacífica entre nicaragüenses, lo que no fue posible a principios de los noventa por mucha agua bendita que se haya derramado en esos días de camisas rayadas y nalgas entalcadas, como popularmente se le llamó al masculinismo violetista estelarizado por Antonio Lacayo.
Estos acuerdos entre el Frente Sandinista y el Partido Liberal, se dieron como consecuencia de las ataduras de los reformistas parlamentarios de 1995, cuando alegremente corría el whisky en los corrillos parlamentarios envalentonadamente asediados por las minorías socialcristianas, por las columnas salmonianas de la disidencia sandinista y por uno que otro matraquero cobijado con la sábana del Proyecto Nacional, quienes celebraban cada reforma hecha al articulado constitucional, pues según ellos, con dichas modificaciones, una vez reenganchados como diputados (según ellos en las elecciones del 96), gozarían del pastel de beneficios y repartideras de cargos que la nueva Carta Magna traería al país.
En efecto, esas reformas vinieron a cerrarle el paso a los propios adversarios del actual pacto, al que se llegó jurídica y matemáticamente, ante la búsqueda de un consenso obligatorio ante la agenda parlamentaria de una bancada liberal que ha demostrado equidad y pragmatismo, y una bancada sandinista cada vez más despojada de sus viejas guerrillas parlamentarias y sus desavenencias ortodoxas, la que evidentemente, al convertirse en la segunda fuerza política del país, pasó a ocupar los puestos en los Poderes del Estado y en otras instancias de la estructura pública, que ya no pudieron rellenar aquellos viejos lobos de las reformas del 95. No hubiese existido otra salida. ¿Cuál?
Pero a pesar de estos acuerdos, en los que se ha logrado avanzar jurídicamente a pasos sólidos con la aprobación de leyes pendientes desde la anterior legislatura, este pacto mantiene sus identidades políticas, enfrentándose nuevamente a las grandes fuerzas partidarias, liberales y sandinistas, en las próximas elecciones municipales y nacionales, tras la victoria electoral. Habría que esperar las variantes que en la medida en que éstas se aproximen, se den como producto de la situación polarizada generada en cierta medida, por acciones políticas o administrativas que puedan o no estar contempladas en los acuerdos, y entre las que están hechos incómodos como la situación legal del Interbank y la sarta de juicios penales a los cascarilleros Centeno Roque, los próximos resultados electorales y la alternativa de la Constituyente, entre otros.
Levantando la vista sobre panoramas internaciones, los pactos o acuerdos entre adversarios políticos internos o entre países, siempre han sido necesarios, e incluso hasta justificados, a fin de evitar mayores eclosiones o derramamientos de sangre. Recordemos brevemente, los acuerdos de Berlín, de las cuatro potencias, de Nassau, el franco ruso o los de Helsinki, los de paz de París o los de Esquipulas II en Centroamérica; o bien, pactos trascendentes como el de Bagdad, o los de Bogotá o de Río, en todos ellos ha habido entendimientos, visualizaciones de futuro y sobre todo, replanteamientos en pro de la estabilidad.
El acuerdo de liberales y sandinistas, ha demostrado su efectividad en el grado de estabilidad que se respira, así como en el reordenamiento jurídico actual. Las concesiones que ambas fuerzas puedan haber hecho en aras del entendimiento común, demostrarán que siempre este tipo de recursos vienen a ser los que deben agotarse ante la tentación del caos y la debacle.
Si se dio aquel diálogo entre Nicaragua y Gil González Dávila, cuyas palabras sedujeron al conquistador y fueron traducidas al latín por Pedro Mártir de Anglería, marcando el inicio de una ruta cívica sin par en toda América, ¿por qué no será posible evidenciarlo ahora entre los propios nicaragüenses?
El autor es Analista Político y funcionario público.