¿Más de lo mismo?

Eduardo Duque Estrada Ortiz Todavía recuerdo cómo, poco después de las cinco de la mañana del 26 de febrero de 1990, mi madre entró en mi cuarto de la casa que alquilaban mis padres en San José, y me despertó emocionada pidiéndome que me acercara al televisor para ver las imágenes, me levanté inmediatamente y […]

Eduardo Duque Estrada Ortiz

Todavía recuerdo cómo, poco después de las cinco de la mañana del 26 de febrero de 1990, mi madre entró en mi cuarto de la casa que alquilaban mis padres en San José, y me despertó emocionada pidiéndome que me acercara al televisor para ver las imágenes, me levanté inmediatamente y casi sin poner atención al reportero de la CNN, recuerdo una sensación de alivio, unida a la gran incredulidad que me empañaba los ojos.

En realidad, siempre fui de aquellos exiliados que creía imposible la derrota electoral del FSLN, no sólo por el calculado trabajo que se había realizado durante años para adoctrinar al pueblo a través de las cuadrillas de alfabetización (una gran idea malograda), sino también porque estaba seguro que los comandantes no aceptarían una derrota y cometerían fraude electoral. ¡La realidad me probó equivocado! El poder los había cegado, y estando tan seguros de que su pueblo los amaba, nunca especularon sobre una posible derrota.

Mi alivio era uno de pertenencia. Después de 11 años de vivir en un país que no nos pertenecía, de pronto sentí que ya no debía pagar más mi castigo, y podía regresar a mi patria, “cerrada” por tantos años, cuando yo lo deseara.

Regresar fue lo que más ocupaba mi mente desde aquel día, hasta que en septiembre de 1991, con unos amigos y sin escuchar a mi padre convencido, nos trasladamos hasta Managua para visitar un país extraño al que había abandonado a los 12 años de edad para volver a encontrarlo a los 24.

Varias veces regresé en visitas cortas; siempre con la esperanza de encontrar el momento de volver para quedarme. En las elecciones de 1996 asistí a tres cenas que se dieron en honor del candidato Arnoldo Alemán, y pagando mi cuota sin cuestionar, siempre pensé, como lo hizo la mayoría del pueblo nicaragüense, que había que apoyar al candidato con más oportunidad de vencer a los comunistas (FLSN). Como ven, no tengo la menor duda que casi la totalidad de los votos a favor de Alemán eran meramente votos sin partido, solamente votos para derrotar al Frente. Yo, por mi parte, no sabía quién era Arnoldo Alemán y creo que tampoco me importaba. Sabía que era antisandinista, y que las encuestas lo catalogaban como el único candidato con posibilidad de vencer a Daniel Ortega.

Esta vez sí, estaba seguro del triunfo del candidato de la democracia, y poco después del mismo regresé para quedarme.

Como muchos nicaragüenses, el regreso lo realicé con ilusión; ilusión en el futuro de la patria, una ya por muchos años “torcida” por el maltrato de sus propios hijos; pero al fin, hijos que no cometerían los mismos errores, pues se había sufrido mucho, y de tantos errores y sacrificios era hora que aprendiéramos.

Hoy me pregunto qué ha pasado con esa ilusión a sólo tres años del regreso; y expreso mi preocupación al ver cómo volvemos a enfocar gran parte de nuestro tiempo en pactos y leyes ideadas para beneficiar a la clase política a costa de las necesidades reales del país.

Las maniobras erróneas del pasado parecieran no ser simples desaciertos históricos, sino más bien, características genéticas que nuestra clase política se hereda de gobierno en gobierno.

Pero son varias las medidas políticas que han desinflado nuestra esperanza; un pacto con el enemigo, una mano de ayuda al cederle bajar el porcentaje de votos requeridos para ganar las elecciones a cambio de inmunidad perpetua y quién sabe qué cosas más que no conocemos. El voto del 96, dirigido a hundir al sandinismo está logrando lo contrario.

Las medidas dirigidas a cambiar liderazgo en instituciones como la Contraloría y el Consejo Supremo Electoral son claros ejemplos de esfuerzo perdido en eliminar enemigos políticos en lugar de modernizar y fortalecer las instituciones democráticas del país. De igual forma, el Poder Judicial nos ha dado fallos impensables que nos llevan a creer que en nuestro país no hay garantías, no se investiga la corrupción y se juzgan tus crímenes dependiendo de quién eres pariente.

Aún así, no pretendemos obviar los logros alcanzados, especialmente la inversión en infraestructura y el manejo del ambiente macroeconómico de una economía maltratada por sequías y huracanes, pero la realidad política preocupa hasta al ciudadano más indiferente.

Hoy, pareciera se repiten los errores de siempre. El 19 de septiembre de 1849, uno de nuestros antepasados dirigió un mensaje público en Managua en el cual decía: “Sin duda hemos llegado al punto de una verdadera crisis. Nuestra patria hace heroicos esfuerzos para levantarse del profundo abatimiento en que por muchos la han postrado las pasiones brutales y feroces que han fomentado la guerra civil, la desolación, y dado lugar a pretensiones extrañas nos pide una mano protectora capaz de sobreponerse a tantas desgracias, y si no se la extendemos al instante con generosidad, tenéis a la vista el abismo sempiterno en que quedará sepultada y que le están socavando las artificiosas maquinaciones de los enemigos de la sociedad y de su independencia”.

Ciento cincuenta años después de la llegada de Squier a Nicaragua, el discurso del Director de Estado Norberto Ramírez aplicaría con facilidad hoy, no sólo porque seguimos tendiendo la mano para pedir ayuda -de la cual dependemos- sino también porque seguimos en crisis, tratando de salir del hoyo y acusando los abusos de poder, la corrupción y la fragilidad de las instituciones del Estado.

Históricamente hablando, el modo de hacer política en Nicaragua no ha cambiado mucho a través de nuestros 179 años, y pareciera que el mañana nos depara ¡más de lo mismo!  

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