- Los años cuarenta vieron proliferar una literatura juvenil sin precedentes, pero también surgieron personajes que dijeron que los “paquines” eran lecturas malas para los chavalos
Mario Fulvio Espinosa [email protected]
“A ver señor César Pavloswky, páseme ese “paquín”, y sepa que está decomisado, y de paso usted se queda castigado”.
El que hablaba era “Chacalón”. Así le decíamos en el Colegio Rubén Darío al profesor de sexto grado, Zacarías Reyes Morales, un indio fino con ojos de gavilán, pelo negro liso y peinado firmemente hacia atrás.
Vestía el “profe” un eterno saco café que aparentemente era el de clavar y el de sacar clavos, porque lo llevaba igual en días de fiesta que en días de trabajo. Nosotros aprovechábamos sus descuidos y le metíamos semillas de mamón o piedras en los amplios bolsillos del traje, el gusto era ver la cara que ponía “Chacalón” cuando, en plena clase, metía la mano en el bolsillo y sacaba con asco las maravillas que él nunca había puesto en ellos.
“Estudien muchachos –nos decía constantemente–, porque cada día que pasa es un día menos para el examen”.
A nosotros nos asustaba de momento la prédica de “Chacalón” pero al rato la olvidábamos, y más el “Chele” Pavloswky, que junto con el “Loco” Jacoby, y los zurdos Ofilio Estrada, Carlos Aguilar y Ulises Morales, eran los eternos candidatos a quedarse castigados más allá de las cuatro de la tarde.
Ahora ya viejos comprendemos que el profesor Reyes Morales tenía razón, porque así como ocurre ahora con la televisión, los estudiantes contraíamos una fiebre progresiva por la lectura de los paquines y abstraídos por ellos descuidábamos estudiar nuestras materias.
Usábamos infinidad de trucos para engañar a “Chacalón”, poníamos el “Patoruzito” dentro del libro de Geografía que era bastante grande y fingíamos estudiar la ciencia de la descripción de la Tierra, pero ya don Zacarías no se tragaba el cuento y nos había incautado durante el año 1945 casi un centenar de revistas.
RAMIRO REYES EL GRAN CULPABLE
El malcriado de Octavio Flores le reclamaba: ¿Por qué no va donde don Ramiro Ramírez Valdés y le quita el montón de “penecas” y revistas que distribuye, así ya ningún chavalo las leería y usted se haría rico de una buena vez?
“Chacalón” lo quedaba viendo con una mirada que denotaba pesar. Optó por romper los “penecas” en nuestra presencia para que nos doliera más el decomiso.
¡Ah mi buen maestro Zacarías Reyes Morales! Ahora ya estás en el cielo enseñando a los ángeles tu sabio “carpe diem” con el mismo amor y paciencia con que a nosotros lo enseñaste. Eras la luz y nosotros poco aprovechamos tu resplandeciente amistad que sólo pretendía ponernos a salvo de la mediocridad.
Pero, lo que pretendo aquí, querido Sancho, es recordar aquellas revistas juveniles, que efectivamente en su mayor parte eran distribuidas por don Ramiro Ramírez Valdez, quien tenía su “Librería Moderna”, de La Noticia, 75 varas al sur.
Pero primero tenemos que hablar de los Cuentos Infantiles de la Editorial Molino que eran fascículos de un octavo y de aproximadamente 50 páginas.
LOS BASILIOS, LA PRINCESA Y EL LIRIO
Venían de Argentina. El primero que llegó a mis manos fue “La Princesa y el Erizo”, y comenzaba narrando las desventuras del rey Basilio y de la reina Basilia, que eran pobrísmos (duro de creer, ¿verdad?), y por esa razón al dar la reina a luz una bella princesita, optaron por ser cuidadosamente selectivos al invitar a las hadas al bautizo de la infantita.
Usaron zumo de limón en las invitaciones y encomendaron la repartición de las mismas a un bello paje del palacio que recomendaba a los invitados acercar el papel al calor de una vela para que se dieran cuenta del contenido. También se recomendaba llegar al evento disfrazado para que las hadas malas no se dieran cuenta que había fiesta en el palacio.
Ocurrió que el día señalado fueron llegando los invitados. Pero por ahí andaba hecha sapo la maligna hada-bruja Carbosa, que vio entrar al palacio a un panadero al que se salía la dorada espada bajo la cotona. “Esto me huele raro”, dijo la asquerosa, y por el tubo del desagüe penetró al palacio y a saltos llegó a la sala real donde estaban las hadas buenas colmando de dones a la princesita Basilisa.
Con premeditación Carbosa esperó que todas emitieran sus regalos venturosos y al fin, cuando creyó que las hadas ya habían terminado, retomó su verdadera figura de horroroso esperpento y con voz de serrucho viejo dijo: “Je, je, je, todo está bien pero al cumplir los quince años mil lanzas atravesarán su corazón, je, je, je, así que no gozará de las cualidades que vosotras le habéis otorgado, je, je, je”.
Iba a brincar la vieja del gozo, cuando un hada pequeñita que permanecía en la penumbre y que no había emitido sus dádivas, se alzó y redujo la maldición de Carbosa diciendo: “Alguien que amará a la princesa recibirá esas lanzas en su cuerpo y ella no sufrirá”.
Con la furia impotente de Carbosa pasa esa escena y el cuentista nos remite a quince años después, cuando un rey enemigo lanza sus ejércitos contra el reino de Basilio y Basilia, captura a los monarcas y los encierra en una torre. La soldadesca buscó a la princesita, pero ésta ya escapaba por un sendero del bosque ayudada por su fiel paje. Al ver que la presa se iba, mil arqueros dispararon sus flechas contra Basilisa, pero el paje la cubrió con su cuerpo y todas los dardos se clavaron en su espalda.
Iba a morir el doncel cuando apareció la hadita buena que tocó con su varita al joven que de inmediato se convirtió en un pequeño erizo que salió corriendo y se perdió en la espesura del bosque.
Basilisa escapó y fue a refugiarse en una casa de campesinos, mientras en el palacio extrañas cosas comenzaron a ocurrir a los reyes usurpadores. Un día fue el rey impostor el que amaneció con la cara hecha trizas y contó a la reina impostora que una bola llena de agujas había estado saltando sobre su cara.
Al día siguiente fue la reina la atrofiada aunque con el agregado que la bola espinosa le decía, “devuelvan su reino al rey Basilio”
Y a pesar que redoblaron con cien hombres la vigilancia del dormitorio, la pelota punzante salía a cumplir su misión hasta que puso los rostros de los monarcas hechos una piltrafa.
FELICES HASTA… LA BOLITA DEL MUNDO
El martirio continuaría hasta estos días de no ser que se arrepintieron de sus maldades e impulsados por los jincones enconosos del erizo, devolvieron a Basilio el reino usurpado.
Lo demás era cajonero, los reyes pobres premian al doncel casándolo con Basilisa que lo ama también, y fueron felices por muchos años… Hasta el fin de la bolita del mundo.
Otros cuentos de la colección Molino que recuerdo al dedillo eran: “Juanfuerte”, “El niño que se volvió hormiga”, “Pulgarcito”, “El enano Zacarías”, “Riquet el del jopo”, “El viaje maravilloso de Nils Holguerson”, “La bella Doridgen”, “El rey del río de oro”, “La Sirenita”, “Los viajes de Simbad”, “Las mil y una noches” y tantos, tantos otros.
Para mí una de las mejores revistas de ese tiempo fue El Peneca. Pero de El Peneca ya hemos hablado en anteriores ocasiones y conviene hacer justicia a otras publicaciones infantiles como “Patoruzito”, “Patoruzu”, “Billiken” y paquines que venían de México, como “El Spirit”, “Superman”, “Batman”, “La Sombra”, “Doc Savage”, entre otras.