Lidia Maradiaga, cruelmente asesinada el 22 de abril de 1966

Sangre sindical salpicó la yesera

Anuar Hassan y Emiliano [email protected] El viernes todo volvió a la normalidad en la yesera de Santa Rosa del Peñón. El miércoles 30 y el jueves 31 de agosto, por una orden del alcalde liberal de la población, las actividades se paralizaron en honor de Santa Rosa, patrona del pueblo. ¨Sólo a nosotros nos hace […]

Anuar Hassan y Emiliano [email protected]

El viernes todo volvió a la normalidad en la yesera de Santa Rosa del Peñón. El miércoles 30 y el jueves 31 de agosto, por una orden del alcalde liberal de la población, las actividades se paralizaron en honor de Santa Rosa, patrona del pueblo. ¨Sólo a nosotros nos hace eso¨, nos dijo en tono resignado Luis Raúl Cerna hijo, dueño de la yesera.

Qué curioso, pensamos. Hace 34 años las actividades de la yesera también se paralizaron en respuesta a las acciones de otro alcalde, que no eran precisamente de carácter festivo. Una joven activista del incipiente sindicalismo en la mina había sido brutalmente asesinada y se atribuía la acción criminal al poder indiscutible que los dueños de la empresa ejercían supuestamente sobre todas las autoridades del lugar.

Precisamente para hablar sobre esto visitábamos al señor Cerna en sus oficinas en Planes de Altamira.

Santa Rosa no ha cambiado mucho físicamente, a excepción del incremento del número de sus habitantes desde el año en que ocurrieron los sucesos que sacudieron a todo el país, según nos la describen viajeros que la han visitado recientemente.

En su obra Sangre Sindical, Adolfo Bonilla escribe: ¨Naturalmente, en este tipo de poblado no pasa nada. El mismo ritmo de vida de hace cincuenta, cien o más años. Una iglesia en el centro, unas cuantas calles principales más o menos delineadas y el resto se pierde en casitas ya enmarcadas en el panorama completamente rural. Unas cuantas pulperías y, naturalmente, la casa donde reside la comandancia militar que es la que mantiene el orden a base del terror¨.

Bonilla tenia razón cuando escribió esto en 1970, cuatro años después de los sangrientos sucesos de abril de 1966. Desde entonces y hasta 1998 cuando un brote de leptospirosis llevó a la tumba a más de una decena de habitantes de la región y la puso de nuevo en la primera plana de los diarios, Santa Rosa se sumió en el ardiente letargo propio de esa zona seca del departamento de León.

Cerna nos queda viendo con sus profundos ojos verde grises. Con una celeridad que pasma no tanto por la rapidez de su pensamiento sino por lo tan a mano que tenía la respuesta una vez impuesto de las razones que nos llevaron a él, pide a un ayudante ¨el libro sobre Lidia Maradiaga¨.

Dos o tres segundos más tarde el libro es puesto en sus manos y luego por él en las nuestras con este único comentario: ¨Aquí está todo lo que puedo decir¨.

El libro escrito por Edgard Macías Gómez, ex vice ministro de Bienestar Social y vice ministro del Trabajo después de la caída de Somoza se llama ¨Nos han robado un sueño¨ y sólo se refiere en un párrafo al objeto de nuestras investigaciones. El párrafo dice: ¨Mi prima Lidia fue la secretaria del sindicato de trabajadores de la mina de yeso de Santa Rosa del Peñón. Este sindicato que formaba parte del MOSAN (hoy CTN) fue organizado con el objeto de mejorar las condiciones de trabajo, lográndose firmar con la empresa un convenio colectivo muy favorable para los trabajadores. Muy al contrario de los dueños de la empresa, las autoridades locales le declararon la guerra al sindicato y Lidia fue asesinada en abril de 1966, precisamente por el alcalde de la localidad, Humberto Urroz y uno de sus esbirros, Concepción Pulido, quienes actuando por su cuenta resolvieron violentamente su odio a la organización sindical y a la familia Maradiaga, líderes del sindicato local¨.

Evidentemente Cerna no quiere remover el caso. A fin de cuentas, él era un chiquillo cuando eso ocurrió y su padre, quien podría aclararnos lo sucedido, está fuera del país.

A pesar de todo hace un comentario: ¨Fue un crimen pasional al que quisieron darle un cariz político¨.

¿Crimen pasional? En el libro de Macías Gómez no se hace ninguna alusión a esta posibilidad. Apoyados en las crónicas de entonces y en la obra de Bonilla vamos a reconstruir sucintamente lo ocurrido al mediodía del 22 de abril de 1966 frente al cementerio de Santa Rosa del Peñón.

Comencemos diciendo que Lidia Maradiaga Cáceres era una de varios hermanos y la única que sabía leer y escribir. A los 24 años de edad era ya madre de tres niños de seis, cuatro y tres años y estaba a la espera de otro. Su compañero de vida, Clemente González y ella misma eran trabajadores de la yesera. Su hermano mayor Miguel Humberto Maradiaga era también trabajador del mineral.

Pero Lidia era una mujer muy activa por naturaleza y cuando en el mineral los trabajadores toman conciencia, a través de activistas llegados a la zona, de la explotación a que son sometidos, ella se convierte en dinámica militante del movimiento que comienza a gestarse entre los obreros.

Según se lee en el libro de Bonilla, los mineros trabajaban más de 14 horas diarias, ganando un córdoba por cada 120 libras de yeso extraído, que la empresa vendía después a 40 córdobas. A esto se sumaba la alteración de la báscula de tal forma que el trabajador tenía que entregar entre 180 y 200 libras de yeso para que se le pudieran reconocer cien, debido a la suciedad del material.

Los trabajadores de la mina, que jamás habían oído hablar de sindicatos, comienzan a dar las vueltas iniciales para organizarse, pues habían comprendido que solos y desorganizados no podían hacer nada.

El hermano de Lidia viaja a Managua a fin de obtener información y orientación sobre la forma de organizar un sindicato. Visita las oficinas del Movimiento Sindical Autónomo de Nicaragua (MOSAN) de orientación social cristiana, donde plantea la situación laboral de la mina.

El organismo sindical designa a su Secretario de Asuntos Campesinos, Alfonso Calero Sánchez para que se haga cargo del caso. Calero organiza un equipo de trabajo seleccionado entre los mismos trabajadores para impulsar la formación del sindicato. Las reuniones se realizan en la casa de los Maradiaga y Lidia se encarga entusiasta de invitar a ellas a todos los trabajadores.

Esta actividad de la mujer no pasa inadvertida a las autoridades del poblado: el alcalde, Humberto Urroz; el juez, Juan Ramón Urrutia y el comandante militar, el cabo asimilado Abelino Castillo.

Todos los días, cuando llegaba a aprovisionarse del agua para su hogar en el pozo público situado frente al comando, recibía una andanada de insultos y amenazas del cabo Castillo. Al ataque se sumaba también el alcalde Urroz, cuyas oficinas junto a las del juez Urrutia formaban el complejo cívico del poblado.

Pero esta hostilidad no consigue sino fortalecer la decisión de lucha de la mujer.

Santa Rosa, a la sazón un pueblo de unos tres mil habitantes, es un hervidero de rumores y comentarios.

Se sabe que el forastero, Calero Sánchez, ha ido a León a denunciar ante la Inspectoría del Trabajo la situación de los obreros de la mina. Y aunque sus reclamos, soportados documentalmente son rechazados, regresa a Santa Rosa a continuar la batalla.

Tras una serie de episodios más o menos violentos que incluyen una citación del juez para contestar cargos por alteración de la paz y el orden que le formula el alcalde, Calero, a quien el secretario del juez e hijo del alcalde amenaza de muerte con su revólver en las oficinas de aquél, se ve forzado a salir del pueblo, al que no se le permite regresar.

La dirigencia del MOSAN decide enviar en sustitución a su secretario de Organización, Amadeo Vanegas Moncada, quien la tarde del 21 de abril de 1966 entra sin problemas en Santa Rosa.

Pero muy temprano de la mañana siguiente, el propio comandante acompañado de dos guardias llega a capturarlo en el sitio donde estaba durmiendo.

Vanegas es sometido a juicio sumario por la trilogía del poder que, siguiendo órdenes superiores del comandante de León, Juan José Rodríguez Somoza, le ordena abandonar el pueblo a pie inmediatamente, con la advertencia de que tenían instrucciones de liquidar a cualquier otro dirigente sindical que se atreviese a entrar.

Acompañando las palabras con los hechos, el comandante Castillo y dos guardias llevan a Vanegas hasta las rondas del pueblo, unos 300 metros después del cementerio.

Lidia Maradiaga, que había seguido al grupo a cierta distancia, utilizó otro camino para salir al encuentro de Vanegas cuando sus expulsores lo dejaron solo.

Ella le pide que se quede en ese sitio mientras busca a una persona que lo lleve a caballo a El Jicaral, el poblado más próximo a Santa Rosa y donde él podría abordar un bus hacia León. Sería la primera y ultima vez que la viese con vida.

A las once de la mañana Lidia habla por teléfono al MOSAN para informar que Vanegas ha sido excarcelado y ella está haciendo arreglos para que lo trasladen a El Jicaral.

Después se dirige a su casa para preparar el almuerzo de su marido y llevárselo a la mina. Regresa a su casa y momentos después sale nuevamente porque tiene que arrear unas vacas. ¨Ya vuelvo¨, les dice a sus tres hijos.

Al cruzar de nuevo por el cementerio en busca de las reses se encuentra con Asunción Pulido, de 40 años e Ismael Urroz, de 28, hijo del alcalde.

Al pasar junto a ellos no se puede contener y dirigiéndose a Pulido le dice: ¨Vos sos uno de los cepillos de Castillo¨ (el comandante).

Como picado por una culebra, Pulido desenfunda su machete y lo descarga dos veces sobre la cabeza de la mujer. Urroz se suma a la masacre y hace otras cinco heridas en la cabeza y otra en un brazo de la moribunda.

Además, la golpearon con las empuñaduras de sus armas hasta dejarla irreconocible.

El pueblo de Santa Rosa estaba sublevado. Esa noche, en la vela de la mártir, fue necesaria la presencia de siete soldados adicionales que se sumaron a los tres de la guarnición normal para contener a la gente que pugnaba por dar rienda suelta a sus exaltados sentimientos. Con sendos Garand colgando de sus hombros, juez y alcalde observaban a prudente distancia.

La mañana del 23 de abril, bajo estricta vigilancia militar, Lidia Maradiaga es sepultada en el cementerio del pueblo, entre las expresiones de ira de sus conciudadanos.

Pulido admite haber participado en el asesinato pero niega que haya sido algo premeditado. Urroz, el hijo del alcalde, niega su implicancia, a pesar de los testimonios de varios ciudadanos.

Cuando por razones inexplicables citan nuevamente a los testigos las declaraciones de estos cambian y el juez dicta sobreseimiento provisional a favor del reo. A continuación Urroz desaparece del pueblo.

UNA TRISTE CELEBRACION

La celebración del primero de mayo una semana después estuvo centrada alrededor del caso de Lidia Maradiaga.

Todos los discursos en la Casa del Obrero son de corte antimilitarista y los oradores condenan el asesinato de la sindicalista.

El MOSAN hizo desfilar una carroza que impactó a los espectadores: sobre un túmulo que semeja la tumba de la mártir se eleva una cruz con su nombre y a los lados iban sus tres hijitos. En la parte trasera se construyó un símil de la yesera donde el expulsado secretario de Asuntos Campesinos, Alfonso Calero Sánchez representaba al minero explotado y el dirigente Fernando Caracas al dueño de la mina.

El también mártir director de LA PRENSA, Pedro Joaquín Chamorro escribió en la ocasión lo siguiente: ¨Los sucesos de Santa Rosa del Peñón han dejado bien establecida una cosa: la libertad sindical en los pequeños poblados y centros de trabajo lejanos a la capital, es un mito¨.

El laureado literato ex director de LA PRENSA PAC, denunció por su parte: ¨Son muchos los propietarios que forman ellos sus propios sindicatos de explotación para no dejar que ningún trabajador sindicalizado o con ansias de mejoramiento social tenga empleo en su región¨.

El 25 de febrero de 1967, diez meses después del asesinato de la sindicalista, sectores al parecer interesados hacen publicar un documento en que se afirma que su muerte fue un crimen corriente, aprovechando que el viudo no sabía leer y autoriza su publicación ¨para gestionar ayuda a sus hijos¨.   

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