Gerardo Gómez, víctima de sus propios excesos. Su cadáver con señales de torturas y un tiro en la cabeza fue encontrado en un paraje de la vieja Carretera a León. REPRODUCCION DE URIEL MOLINA.

Andar por caminos torcidos no paga

Un trágico ejemplo de lo peligrosas que pueden ser las malas compañías El rumbo de las investigaciones llevó a los agentes a introducirse en muy sui generis vericuetos y enfrentarse con tipos de una fauna especial, la mayoría de ellos de la llamada “high society” de aquellos años, aquejados todos de la misma común aversión […]

  • Un trágico ejemplo de lo peligrosas que pueden ser las malas compañías
  • El rumbo de las investigaciones llevó a los agentes a introducirse en muy sui generis vericuetos y enfrentarse con tipos de una fauna especial, la mayoría de ellos de la llamada “high society” de aquellos años, aquejados todos de la misma común aversión a las mujeres
  • En una patética carta enviada esos días al diario LA PRENSA, Horney se quejaba de que la Policía estaba buscando un chivo expiatorio “y nada mejor que ensañarse en mi humildad y cristiana pobreza. Me están causando un gran daño moral que perjudica a mi esposa y mis hijos, pero Dios sabrá hacer justicia”, decía en su carta

Anuar Hassan y Emiliano [email protected]

Cuando Gerardo José Gómez Martínez murió a los 20 años de edad mucha agua había corrido bajo el puente, como suele decirse cuando se quiere resumir, en media docena de palabras, una vida agitada. Si se nos permite hacer una corrección a la trillada figura, diremos entonces que, a decir verdad, mucha agua sucia había discurrido en tan corto lapso de tiempo.

Gómez Martínez nació dotado por la naturaleza de una apostura viril que hacía converger sobre su persona las miradas de mucha gente, incluso de su mismo sexo. Pero este don, que correctamente administrado puede deparar a su poseedor muchas cosas agradables en la vida puede ser también, en el caso contrario, origen de molestas situaciones.

Tan consciente estaba de que los caminos que transitaba no lo llevarían a la beatificación precisamente, escribió a su madre una carta en la que le trasmitía sus fúnebres presentimientos. Pero al parecer no hizo nada para conjurar sus propios temores.

El 14 de marzo de 1975 su cadáver, con huellas de sádicas torturas, fue encontrado en un camino de la comarca El Reventón, ubicada a la altura del kilómetro 17 de la vieja carretera a León. Estaba totalmente desnudo y en su cabeza se apreciaba el orificio de un disparo. Al parecer había sido, además, sexualmente abusado.

La violenta muerte de Gerardo José Gómez destaparía una olla de fétidas sordideces de cuyas salpicaduras ni la misma Policía habría de salvarse.

Antes de continuar queremos advertir que en atención de que la mayoría de las personas que de una u otra manera se vieron involucradas en este caso están vivas, emplearemos solamente las iniciales de los nombres.

Para aclarar la muerte de Gómez Martínez la Policía contaba con dos pistas iniciales: la existencia de dos tipos que con frecuencia llegaban a buscar al joven a su casa y la carta que éste escribió a su madre y en la que, entre muchos otros, mencionaba los nombres de un capitán y un teniente del Ejército con los que, al parecer, Gómez mantenía relaciones homosexuales esporádicamente.

Del capitán V.M.Ch.V., Gómez decía en su carta temer que cumpliera sus amenazas de eliminarlo. El muchacho había enviado copia de su carta al entonces jefe de la Sección de Homicidios de la Policía de Managua, capitán Arnoldo Lacayo.

Gómez vivía con su esposa, a la sazón con embarazo de siete meses, en el barrio San Miguel, de Masaya y el capitán V.M.Ch.V., en una quinta llamada Sandra Isabel, en el kilómetro 21 y medio de la carretera hacia esa ciudad.

Al parecer debido a su estrecha amistad con el capitán, Gómez había trabajado durante algún tiempo como agente ad honorem de la Policía de Managua. (Para quienes no lo saben: los comandantes y oficiales de la Policía de Managua solían conceder la membresía como agentes de investigación a sus amigos que la utilizaban principalmente para obtener prebendas o impunidad en la comisión de hechos delictivos).

El teniente H.A.Ch. quien junto con su superior fue detenido en el curso de las investigaciones, contradijo una versión de éste según la cual quien lo había presentado con Gómez había sido él y dijo que antes de conocer al muchacho lo había visto varias veces con el capitán en el balneario El Tamarindo.

Admitió haber visitado la casa de Gómez cuando éste vivía con su madre en Managua para cobrarle un dinero que el capitán le dio “en préstamo”, tarea para la cual lo delegó, pero el muchacho no se encontraba en la casa.

El rumbo de las investigaciones llevó a los agentes a introducirse en muy sui generis vericuetos y enfrentarse con tipos de una fauna especial, la mayoría de ellos de la llamada “high society” de aquellos años, aquejados todos de la misma común aversión a las mujeres.

Y ocurrió algo curioso. Aunque aquellos “detectives”, provenientes de los estratos más bajos de la sociedad, muchos de ellos analfabetos y todos imbuidos de un extremismo visceral a los que la sola presencia de un maricón les revolvía las bilis, tuvieron para con éstos inexplicables deferencias.

Las oficinas del Jefe de Homicidios acogieron un asustado desfile de tipos de raros aspectos y modales a los que luego de identificarse, los hacían pasar a otros ambientes más discretos, lejos de la presencia del público y los reporteros.

Ahí, J.T.P., para quien el joven asesinado trabajó durante tres años como chofer, explicó que Gómez, a quien pagaba un salario mensual de 1,500 córdobas, excelente en aquellos años, lo abandonó a raíz de ciertas desavenencias que no reveló o que la Policía no consideró conveniente hacer del conocimiento público.

También pasó por ahí B.L.C., cuyo físico correspondía perfectamente a la descripción hecha por la madre de Gómez de uno de los sujetos que frecuentemente llegaban a buscarlo a su casa.

Este B.L.C., cuya hermana fue esposa de un pariente de Somoza, era un tipo sin oficio pero tal vez con muchos beneficios. Poco antes del asesinato de Gómez se vio envuelto en un lío cuando en compañía de tres agentes de la Policía despojó de un reloj Gerard Perrigaux, valorado en 15 mil córdobas, a un sujeto llamado Luis Horney Medrano, quien al parecer había comprado la valiosa joya a Gómez por la suma de 300 córdobas.

El reloj pertenecía a un homosexual, H.R.L., muy conocido en Managua, a quien Gómez al parecer se lo había robado durante uno de sus encuentros.

Pero Horney, sobre quien recaían sospechas motivadas en su diferendo por el reloj, proclamó que, aunque pobre, no se mezclaba con ninguna de aquellas gentes, a las que ni siquiera conocía.

Admitió que el día de la muerte de Gómez anduvo por la zona donde fue encontrado su cadáver, pero explicó que solía visitar ese lugar porque allí adquiría el carbón con cuya venta se ganaba la vida.

Sin embargo, en opinión del capitán Lacayo a cargo de las investigaciones, Horney aparecía como el principal sospechoso del asesinato. Al declarar ante el juez Guillermo Rivas Cuadra, el oficial recordó la saña con que fue asesinado Gómez, en cuya muerte se emplearon varillas de hierro y alambre de púas y mencionó el hecho de la presencia de Horney en las vecindades de la escena del crimen.

Otro “mecenas” de Gómez, A.C., conspicuo miembro del club de los raros, pasó también por el confesionario del capitán Lacayo.

La madre de la víctima consideraba que la Policía no estaba haciendo todo lo necesario para el esclarecimiento del asesinato de su hijo.

Reveló que en muchas ocasiones hizo ver a éste lo peligroso de sus relaciones con todas aquellas gentes y dijo que éstas lo presionaban mucho para que continuasen sin alteración.

Dijo también que cuando su hijo se casó hubo conmoción general entre sus amigotes, que no concebían semejante traición. Se dijo incluso que antes uno de ellos había contraído matrimonio en una ceremonia privada con el intrépido aventurero.

Mientras tanto, el término legal para retener a los militares detenidos llegó a su vencimiento y fueron liberados. Meses más tarde fueron dados de baja deshonrosa de las filas del ejército.

La madre seguía insistiendo en la culpabilidad del capitán, el único del que se sabía había formulado amenazas de muerte contra Gómez, pero el jefe de investigación se inclinaba más contra Horney aunque nunca pudo presentar ninguna prueba incriminatoria contra éste ni ninguna otra persona.

En una patética carta enviada esos días al diario LA PRENSA, Horney se quejaba de que la Policía estaba buscando un chivo expiatorio “y nada mejor que ensañarse en mi humildad y cristiana pobreza. Me están causando un gran daño moral que perjudica a mi esposa y mis hijos, pero Dios sabrá hacer justicia”, decía en su carta.

Horney, quien estuvo detenido durante varios días para investigar, fue también liberado. Poco a poco, un piadoso velo de silencio se fue extendiendo sobre el caso hasta borrarlo de la atención pública.

Los amiguitos de Gómez respiraron aliviados en el ajetreo de su dolce vita. No nos atrevemos a decir lo mismo del desdichado gigoló.

ENTORNO DEL CASO

Los años inmediatamente posteriores al terremoto que devastó a Managua en 1972 vieron un agresivo resurgir de los centros casi clandestinos en que se reunía la gente gay de la ciudad.

– Uno de los más famosos era el llamado Charco de los Patos, que no era exactamente un sitio exclusivo para gays.

– Probablemente por su ambiente de sórdida cantina o por alguna afinidad con su dueño, fue escogido por los homosexuales más chic de Managua como su centro preferido para sus peculiares diversiones.

– La gente heterosexual que lo visitaba se divertía con los desplantes de uno de los meseros, autobautizado como “La Reina de los Tártaros”.

– Este sujeto era hijo o nieto de uno de los pioneros del negocio del alquiler de tocadiscos para amenizar fiestas privadas, que la gente bautizó jocosamente como “la orquesta” de Pedro Cuchara, como era apodado el empresario. El negocio de este hombre estaba situado sobre la calle 15 de Septiembre, a escasa distancia de la iglesia de Santo Domingo.

– “La Reina de los Tártaros” tenía realmente un tipo mongólico, con ojos rasgados y labios gruesos.

– Lo que los recatados clientes de su misma especie no podían hacer por su natural inhibido, “La Reina de los Tártaros” lo hacía con total desenfado, como bailar escandalosamente o coquetear con los otros clientes ante la mirada no exenta de envidia de sus congéneres.

– El gay más famoso de los que visitaban el Charco de los Patos (una grosera parodia del Lago de los Cisnes) era indudablemente Bernabé Somoza, hijo de Luis Somoza Debayle.

– Frente a la destartalada casa de tablas en que funcionaba la cantina en el proletario barrio de Cristo del Rosario, en el noroccidente de la ciudad, se estacionaba cada noche una larga fila de lujosos automóviles, para admiración y escarnio de los vecinos.

– Ahí era seguro encontrar a todos los protagonistas del caso que presentamos en esta página: A.C., hijo de un rico comerciante al igual que J.T.P. Dueño de haciendas era, por su parte H.R.L., hombre ya entrado en edad.

– Hubo muchos otros sitios para esa clientela en Managua pero funcionaban con discreción y su acceso era más restringido. Uno de esos sitios funcionó en el ultimo piso del edificio de Armando Guido, sobre la carretera Norte.   

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