- El oro encontrado lo venden en peniques a los compradores de Rosita que los pagan en 120 córdobas.
- Calera, en Rosita, es uno de esos sitios donde trabajan diariamente unas 50 personas. Es un fangal con cuevas por doquier.
Mario Sánchez P.Heberto Jarquí[email protected]
ROSITA, RAAN.-Ser buscador de oro o “guirisero” no es un trabajo rentable como podría pensarse. Al contrario, es uno de los más peligrosos que obreros y hasta familias enteras realizan ante la falta de empleo, porque como ellos dicen: “es para no morirse de hambre”.
En los lugares donde hay vetas de oro en arenas de ríos y entre lodazales, como en La Calera, en Rosita, Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), se observan muchos hombres, mujeres y hasta niños que parecen “topos”, metidos en cuevas que se han formado debido a la continua extracción de arcilla o piedras que contienen el preciado metal.
Otros güiriseros son “pica piedras”.Con un cincel y un mazo “descascaran” enormes rocas, en cuyas entrañas están las pepitas de oro que brillan como estrellas al recibir la luz del sol.
LAVANDO LA COLA
Don Benjamín Herrera Montenegro, de 66 años y conocido como don Mincho, recibe la arena lavada que ya Carlos Herrera molió y lavó en su molino y le sacó la mayor cantidad de oro. Don Mincho y Marlene Alvarez, de 26 años, lavan la arena dejada por Carlos. Este proceso de relave se denomina “lavar la cola” y consiste en encontrar los últimos residuos de oro que contienen la arena.
El oro encontrado lo venden en peniques a los compradores de Rosita que los pagan en 120 córdobas. Entre los compradores están “El Pirata”, Tino Bravo, Luis Torres, Roberto Soriano, Julio Torrez, José Bravo y Arnulfo Flores, entre otros que después viajan a Managua para vender el oro en las joyerías.
El lavado de la cola lo realizan dos personas. Una acarrea la arena o la tierra extraída de los túneles donde está la veta. Luego la echan en un colador y seguidamente se le deja caer el agua y con la mano remueven la arena, como si estuvieran lavando trastos.
El agua arenosa corre sobre un canal tendido en diagonal, que está cubierto con una alfombra o una frazada. Las pepitas de oro mezclados con arenilla muy fina, quedan entre los hilos de la frazada, que al secarse es sacudida en un balde o pana.
A esa tierrita fina le dejan caer mercurio o azogue, metal líquido que tiene la facultad de adherirse al oro. Todas las pelotitas de azogue que se forman, son las que contienen oro.
A esas pelotitas de mercurio las echan en una cuchara de comer y seguidamente se calienta en el fogón. Cuando el mercurio se concentra en una gota grande, el guirisero le deja caer hojas secas quebradas en trocitos. El azogue se separa del oro y se impregna en los trocitos de hoja, mientras que en la cuchara quedan solamente los pedacitos de oro.
La Calera, en Rosita, es uno de esos sitios donde trabajan diariamente unas 50 personas. Es un fangal con cuevas por doquier. En algunas de las cavernas se ven los niños tiernos de los guiriseros, que duermen y otros grandecitos que juegan.
Aquí trabaja Gabriel Gaitán con sus cinco hijos; Isaías, de 17 años, Marlene, de 15, Fania, de 13 y Francisca de 12 años y hasta su mujer, Lucía Hernández. Ellos proceden de Matagalpa y llegaron con la esperanza de tener mejor vida y un trabajo más seguro en Rosita, de guirisero.
Julián Soza también trabaja con su mujer Graciela, mientras sus hijos; Carlos, de 3 años y un tiernito duermen sobre cartones, en la boca de uno de los túneles.
Hay otros lugares de Rosita adonde llegan grandes grupos de personas a buscar oro. Son: Minessota, Terciopelo, Bambanita, La Garpacha, El Edén, Risco de Oro, San Antonio, El Gallo, Sulivan, etc.
Clemente Centeno, uno de ellos, considera que es irónico vivir la vida buscando oro pero ningún guirisero tiene prendas de oro. Lucir una cadena, una pulsera es algo imposible para ellos. “Desearía hacerle prendas a mis hijos y un anillo para mí, pero si lo hacemos no comemos”, dijo conformado.