LOS TECHOS DE ESTAS CASAS fueron cubiertos con tejas que fabricaba la familia Centeno Roque en Quilalí, según relataron pobladores de ese municipio. LA PRENSA/LARIOS.

La fortuna oscura que quebró a un banco

En Quilalí los recuerdan como niños pobres que primero lustraban “por un real” y luego hacían ladrillos o acarreaban mercancías en carreteras «Cuando reaparecieron con mucho dinero nos quedamos sorprendido», comentan los quilaleños Mario Sánchez [email protected] Los habitantes de Quilalí y San Juan del Río Coco los recuerdan como una familia muy pobre pero trabajadora. […]

  • En Quilalí los recuerdan como niños pobres que primero lustraban “por un real” y luego hacían ladrillos o acarreaban mercancías en carreteras
  • «Cuando reaparecieron con mucho dinero nos quedamos sorprendido», comentan los quilaleños

Mario Sánchez [email protected]

Los habitantes de Quilalí y San Juan del Río Coco los recuerdan como una familia muy pobre pero trabajadora. Todos recuerdan a aquellos niños delgaditos que lustraban zapatos en el poblado y hasta le pedían reales a los adultos, pero nadie se preocupaba por ellos, como sucede con los niños pobres de Nicaragua.

Todos sabían que los niños Centeno Roque; Alex, Saúl, Federico y Alvin, que eran los hijos de don Miguel Centeno, originario de San Juan del Río Coco y de doña Irma Roque, originaria de Las Vueltas, camino a Susucayán.

Los vecinos no recuerdan mucho de la familia Centeno, pero sí saben que los Roque eran hombres muy trabajadores, que laboraban como jornaleros o acarreando mercancías en carreteras.

Nadie imaginó que estos niños lustradores, de apellido Centeno Roque, llegarían a ser dueños de un gran emporio económico capaz de derrumbar un banco privado nacional y tener a los cafetaleros en una complicada situación económica.

“Cuando reaparecieron con mucho dinero, en grandes camionetonas y hasta protegidos por escoltas, nos quedamos sorprendidos y nos asombramos aún más cuando se levantaron como la espuma y llegaron hasta el cielo, con empresas fuertes por todo el país”, comenta la gente en su pueblo natal.

“Era insólito, porque trabajando riata a riata, uno puede hacer crecer su dinero, pero no de manera tan increíble. Con el crecimiento económico de ellos, también resurgieron sus familiares”, dijeron pobladores de Quilalí.

Los Roque hoy son dueños de negocios fuertes como la distribuidora La Milagrosa, la farmacia Los Milagros y Comercial San Roque.

EL INICIO DE LA HISTORIA

En los años 50 ó 60, don Miguel Centeno se dedicaba a elaborar los ladrillos y tejas de barro, en una pequeña finca conocida como San Pablo, ubicada en la entrada de Quilalí, donde hoy es el Instituto Nacional de Quilalí.

El lugar era conocido como “La Tejera” o “La Sapera”. Le decían así porque por las noches era insoportable el croar de la gran cantidad de sapos y ranas que habían en las charcas donde sacaban el barro o bajo los ladrillos y tejas acumuladas para la venta.

Las casas más antiguas del municipio de Quilalí, las pilas para dar agua al ganado, las casas haciendas de este municipio segoviano y de San Juan del Río Coco fueron construidas con las tejas y ladrillos fabricados por don Miguel y sus hijos.

También vivieron en el barrio que hoy se llama “Modesto Agurcia”. Allí nadie conoció a don Miguel Centeno y a su esposa Irma Roque (q.e.p.d.) como personas adineradas, sino como un matrimonio muy pobre y trabajador.

Esta era una casita de tablas que estaba ubicada donde hoy es el Banco del Café. Mientras que la tejera estaba sobre la salida hacia San Juan del Río Coco, que funcionaba en sociedad con don Salvador López, quien después se trasladó a vivir a Managua. En este lugar opera hoy el Instituto Nacional de Quilalí.

El matrimonio Centeno Roque vivió primero en San Juan del Río Coco, pero fue por la búsqueda de mejor vida que se trasladaron a Quilalí. Los niños aún eran muy pequeños y descalzos. Así recorrían las lodosas calles del pueblo, buscando a quien lustrarle los zapatos “por un real”.

“En ese tiempo los niños lustradores eran más pobrecitos que hoy porque ganaban poco. Era menos la cantidad de gente que buscaba la limpieza de zapatos, pero eso no evitó que sus padres los mandaran a estudiar las primeras letras en la única escuelita que había en el poblado.

No se les conoció como comerciantes de café, en aquella época, pero don Miguel compraba cuajadas en Quilalí y las revendía en San Juan de Telpaneca, hoy del Río Coco”, explican los antiguos pobladores de Quilalí.

Después, don Miguel compró una finca de unas ocho manzanas de extensión, que era propiedad de don Martiniano Vílchez. Era una finquita de café a la que Miguel llevaba a sus hijos durante los fines de semana.

Cuando los mayorcitos tenían 10 ó 12 años de edad, don Miguel vendió la finquita y a mediados de los años 70, se regresó a San Juan del Río Coco, donde volvió a instalar la fábrica de ladrillos, en un lugar conocido como el cruce de La Palma, donde hoy funciona la escuelita Rubén Darío, al lado izquierdo de la carretera hacia Quilalí, propiamente en la salida del pueblo.

Allí estuvieron viviendo muchos años, hasta que se hicieron hombrecitos, entre los 16 y 18 años de edad. Fue entonces que enfermó doña Irma Roque y falleció en el hospital de Estelí.

En San Juan, la gente recuerda que durante los tiempos de la guerra entre la Resistencia y los sandinistas, don Miguel escondía a sus hijos en la montaña para evitar que se los llevaran al servicio militar.

Como en Quilalí, la gente de San Juan teme identificarse y hablar de la historia de los Centeno Roque. No sabe por qué, pero dicen que temen por sus vidas y no les gusta que los vean hablando con los periodistas sobre este tema.

Los sanjuaneños más viejos recuerdan que don Miguel Centeno se estableció en 1975 en la salida hacia Quilalí, en la zona 6, en el cruce hacia La Palma. Nuevamente sobrevivía con su familia fabricando ladrillos y tejas de barro.

Las casas más viejas son fabricadas con los materiales elaborados por don Miguel Centeno. “Aquí vinieron muy pobres. Los niños venían al pueblo mal vestidos, como todo niño campesino, muy arruinaditos”.

Entre las casas de San Juan, hechas con los ladrillos de los Centeno, están la de Diocleciano Troches y la de Angel María Rodríguez, hasta que se fueron en 83 u 84 a Estelí, relató Angel María.

La gente recuerda a don Miguel Centeno porque además de trabajador, era muy bueno a tomar café y a fumar cigarros, pero nadie recuerda que haya tenido dinero. En un tiempo se dedicó a comprar café, pero era porque los acopiadores le pagaban para que saliera a comprar el grano a los productores.

Don Miguel logró ahorrar algún dinero y compró “El Disparate”, que era una finca pequeña en la comarca Cerro Blanco, ubicada a unos 15 kilómetros al este de San Juan, que era propiedad de don Pedro Blandón, quien aún vive en ese pueblo.

Al tener la finca, dejaron de ser comerciantes y se dedicaban a trabajar y sembrarla de café. Para ello don Miguel contó con la ayuda de don Luis García Altamirano, quien le daba créditos porque se dedicaba a la compra y venta de café. También se dedicó a vender madera aserrada.

Fue de esta manera que don Miguel conoció el negocio del grano de oro, pero él no tenía dinero para dedicarse al acopio de café. Prácticamente le trabajaba a don Luis.

Otros sanjuaneños dicen que los Centeno comenzaron a relacionarse con los Meneses Cantarero, porque eran vecinos en Cerro Blanco, donde esta otra familia tenía una finca de café. Según la gente de San Juan, los Meneses aún son dueños de esa propiedad.

Las relaciones entre los Centeno Roque y Meneses Cantarero se volvieron muy estrechas. Ambas familias se visitaban mucho y contrajeron fuertes lazos familiares.

Una de las hermanas de los Centeno, Margarita Centeno, se casó con Norwin Meneses Cantarero, quien recién salió del Sistema Penitenciario Nacional de Tipitapa, al purgar una pena de siete años de cárcel por tráfico de cocaína.

Nunca se les conoció como potentados del café, sino como jóvenes pobres que bajaban al pueblo y pasaban en los buses de pasajeros cuando viajaban a Estelí o a otras ciudades.

Al hacerse hombrecitos y morir doña Irma, la familia se disolvió. Ellos se trasladaron a vivir a Estelí donde continuaron estudiando e hicieron su vida, mientras que don Miguel vendió El Disparate y se compró la finca Los Ranchos, en Palacagüina, donde aún vive, sólo que ahora es una gran hacienda ganadera.

Con la caída de los sandinistas en febrero de 1990 y el ascenso de doña Violeta Barrios de Chamorro al gobierno, los hermanos Centeno regresaron a Quilalí, pero ya no como pobres, sino como hombres adinerados que compraron la hacienda Las Pilas, con una extensión de mil manzanas, con cafetales.

En los años 92-93, ellos eran los que generaban más mano de obra. En Quilalí hubo mucho trabajo, especialmente para las comunidades aledañas a la finca. Se calcula que daban trabajo al menos a unas mil personas.

Incluso, tenían una línea de camiones que al ser estacionados ocupaban varias calles del pueblo, desde la entrada hasta darle vuelta al parque. Fueron los primeros que en Nicaragua se dedicaron al negocio de importación de carros usados y a la venta de repuestos, con oficinas en Managua, donde tenían una pequeña casa, ubicada en donde hoy es la sede del consorcio Conagra.

Este pueblo lo volvieron a abandonar repentinamente, cuando al desarmarse el Frente Norte 3-80 (de la Resistencia) los hermanos Talavera, conocidos como “Los Chacales”, jefes de esa agrupación, les manifestaron que estaban interesados en adquirir la hacienda, para que los combatientes se integraran a la vida productiva del país.

Los Centeno les habrían respondido que estaban dispuestos a venderles, siempre que el Estado les pagara el valor de la propiedad. El trato se hizo, pero al parecer, los Centeno no cumplieron con la entrega total de la propiedad, que incluía vehículos y animales, porque se llevaron los vehículos.

Esto generó una rencilla entre ambos y presuntamente terminó con una emboscada tendida en Buena Vista, a uno de los hermanos menores de los Centeno, Federico, quien murió de un balazo que le atravesó el cuello.

Este crimen nunca se aclaró, a pesar que el conductor que sobrevivió al atentado, miró y describió a los criminales, entre ellos uno conocido como “El Gato”, quien supuestamente se encuentra prófugo en los Estados Unidos.

Los quilaleños aún rumoran que Federico fue mandado a asesinar por los jefes del 3-80. Otros piensan que fue pasada de cuentas del narcotráfico, ya que el joven tenía todas sus joyas y la billetera con mucho dinero en sus bolsillos y porque se sospechaba que ese era el origen de su repentina riqueza.

Luego de este crimen, los hermanos Centeno vendieron todos sus bienes y salieron de Quilalí y San Juan del Río Coco y nuevamente no se supo de ellos, sino uno o dos años después que resurgieron con el emporio de empresas Conagra.  

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí