- Don Antonio Estrada responsabiliza a «El Chigüín» de masacrar a su hijo José Dolores
- La camioneta presentaba más de 400 impactos de bala en la puerta izquierda y vidrio delantero. La carga de alimentos y medicamentos fue incautada por la EEBI
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Don Antonio Estrada Vélez seguirá contemplando mientras viva, el cuerpo destrozado de su hijo. Han transcurrido 21 años y el dolor, como una lluvia inclemente, no cesa.
Don Antonio tiene entre sus manos la foto blanco y negro, del cadáver de su hijo asesinado a tiros, tendido desnudo sobre una camilla de la Cruz Roja. El contó 300 balazos.
«Cuando íbamos a preparar su cadáver para enterrarlo, la formalina goteaba de cada una de las perforaciones. Así calcularon los tiros de ametralladora», dijo a LA PRENSA. «Casi le cortaron el abdomen en dos, en esa parte del cadáver fue imposible contar los tiros», agregó.
14 DE SEPTIEMBRE DE 1978: LA MASACRE
Un convoy de la Cruz Roja Nicaragüense, integrado por dos ambulancias y la unidad 38 de la institución, partieron al mediodía para asistir con alimentos y medicinas a las poblaciones de León y Chinandega, azotadas por el combate entre la Guardia Nacional y la guerrilla sandinista, así como por los bombardeos en el casco urbano y las «operaciones de limpieza» de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI).
El convoy de la Cruz Roja transportaba C$ 20,000 córdobas de la época en medicina y alimentos.
En la ambulancia iba el secretario de la Cruz Roja, doctor Leopoldo Navarro, con dos miembros de la «guardia permanente» del órgano de socorro. En la unidad 38 iban los socorristas voluntarios José Dolores Estrada Granizo y Marvin Alberto Flores Salazar. Ambos vehículos mostraban distintivos y la bandera de la Cruz Roja. También llevaban consigo una orden firmada por el general Anastasio Somoza Debayle, Presidente de la República, autorizándolos a asistir a la población civil.
Uno de los testigos que viajaba en la ambulancia con el doctor Navarro, recopilado bajo el anonimato por la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), contó que a la altura del kilómetro 80 entre León y Chinandega, cerca de las tres y media de la tarde, encontraron la unidad 38 estacionada en la carretera con los vidrios rotos y salpicada de sangre.
El testigo afirmó que creyeron que los dos socorristas habían sido llevados detenidos, por lo que se dirigieron a Managua para informar del hecho, pero a unos 200 metros fueron detenidos por una lluvia de balas proveniente de un helicóptero y desde un convoy militar. Fueron registrados y cuando se acercaron nuevamente a la ambulancia, vieron los cadáveres de los socorristas. «Yacían sobre el asiento delantero, uno sobre el otro», refirió el testigo anónimo a la CPDH.
Para el padre del joven, aquello fue un asesinato a sangre fría. «Era evidente: uno a uno metieron la ametralladora para dispararles. Posiblemente cuando los detuvieron, mi hijo pensó que les iban a pedir la identificación de manera que su carnet de la Cruz Roja lo tenía en la mano cuando encontraron su cadáver», recuerda don Antonio Estrada Velez.
La camioneta presentaba más de 400 impactos de bala en la puerta izquierda y vidrio delantero. La carga de alimentos y medicamentos fue incautada por la EEBI.
Cuando los miembros de la ambulancia confirmaron que estaban acribillados, fueron autorizados por los miembros de la EEBI a que se llevaran los cadáveres. Todavía en los retenes de Managua, la Guardia intentó quitarles los cuerpos. Pero finalmente fueron velados en la Cruz Roja.
La consternación en Managua era total.
21 AÑOS DESPUES, SIGUE DEMANDANDO JUSTICIA
Una foto de José Dolores Estrada Granizo, tocando órgano a sus 21 años, es la última melodía que dejó flotando en casa de su familia.
No procreó hijos. Era descendiente de personajes históricos, como su abuelo el general conservador Alfonso Estrada, ex presidente del Congreso, jefe del estado mayor del Ejército y ministro de la Guerra.
Al principio, José Dolores fue boy scout, después ingresó al cuerpo de socorro de la Cruz Roja, ayudando a atender a heridos durante la toma del Palacio Nacional, en agosto de 1978. En sus ratos libres tocaba el órgano.
Antes de morir, José Dolores había logrado escapar vivo de dos ametrallamientos a vehículos de la Cruz Roja, perpetrados por la Guardia Nacional. Pero la tercera fue la vencida.
José Dolores tenía siete hermanos, todos con vida al día de hoy. Cuando fue asesinado, el mundo se volvió triste para siempre para su madre, Amelia Granizo Estrada cambió. Se marchitó.
«Ella era una señora contenta pero se apagó, se hizo enfermita, quedó muy golpeada, vivía recordando a su hijo, me sacó en carrera de Nicaragua por miedo de que a sus demás hijos les ocurriera lo mismo, llegó a Estados Unidos, donde se enfermó y murió a los 49 años».
Para su padre, está claro que su muerte fue un asesinato con un único responsable: Anastasio Somoza Portocarrero.
«El Chiguin estaba en un momento de desesperación, él estaba muy prepotente, tenía ambiciones y posiblemente una de las razones por la que intentó encubrir el asesinato de mi hijo fue con el interés de echarle la culpa a los sandinistas, pero no pudo hacer nada».
Añade: «Fue un asesinato, indudablemente él creó la EEBI con un sistema de crueldad, el entrenamiento que le dieron a la EEBI fue un entrenamiento como el del terrorismo, sus hombres eran entrenados para matar. El Chiguín impartió ahí una táctica salvaje».
– ¿Usted lo considera responsable de la muerte de su hijo?
– «Lo considero responsable directo. Fue orden suya. El fue quien ordenó detener la ambulancia, la obligó a regresar y después vino lo demás. No se puede hacer justicia, sencillamente uno queda con el dolor. Lo que más me duele es ver que su muerte no sirvió para nada. Fue una guerra que se ganó para perderla después. Hemos venido de gobierno en gobierno y no hay mejoría en este país. Si yo dijera, su muerte sirvió para componer este país, pero no es así, seguimos en la mismas, de dictadura en dictadura».