“Que no muera la tradición”

“Cuajca cuajca, cuajca sécada úseda santiguariá guarajuato… misirunga cuáscala chirunga asimicuajca ajá, guarajá guarajá. Yo soy el Cacique Mayor, y soy puro nicaragual. Ante mi Santo Domingo y mi lindo pueblo de Nicaragua, la danza y el son de los tambores les vengo a bailar”. IVAN OLIVARES [email protected] Cuando mañana lunes el barco de Santo […]

  • “Cuajca cuajca, cuajca sécada úseda santiguariá guarajuato…
    misirunga cuáscala chirunga asimicuajca ajá, guarajá guarajá.
    Yo soy el Cacique Mayor, y soy puro nicaragual.
    Ante mi Santo Domingo y mi lindo pueblo de Nicaragua,
    la danza y el son de los tambores les vengo a bailar”.

IVAN OLIVARES [email protected]

Cuando mañana lunes el barco de Santo Domingo salga del Centro Cívico como preámbulo a las fiestas patronales de Managua, se estarán cumpliendo 76 años de una tradición que comenzó en 1924 con don Santos Ocampo, en el momento en que se disfrazó de indio para acompañar a la imagen que veneran los capitalinos.

Su “trabajo” se vio interrumpido en 1965, al ser hospitalizado, lo que propició que un joven de 20 años, de nombre Oscar Ruiz, lo relevara el cuatro de agosto de 1965, “para que no muriera la tradición”, y porque “yo admiraba a don Santos”.

Lo que en principio era sólo un favor temporal, se convirtió en una misión de vida, al morir el anciano en noviembre de ese año, con lo que Ruiz quedó vistiéndose de indio salvaje, hasta que en 1970 fue “consagrado” Cacique Mayor, por doña Mary Cocó Maltez de Callejas, entonces ministra de Educación.

Año con año, don Oscar deja de ser el callado ciudadano que no bebe y vive solo con sus padres en una casa al final de un callejón en Monseñor Lezcano, para transformarse en el Cacique Mayor que acompaña al santo durante siete de los diez días que permanece en Managua, bailándole, llevándolo y trayéndolo, y en ocasiones, hasta “varejoneando” a los irrespetuosos que lo molestan.

“Ahí perdonen que sea tan serio cuando estoy vestido de cacique. No es que me la quiera dar, sino que es parte de cómo debe portarse uno cuando está representando un papel”, explica mientras trata de ambientarse imaginando la música, el calor, su atuendo y las multitudes que acompañan a Santo Domingo, vestido con su traje de jardinero contratado por la Alcaldía de Managua para trabajar en Las Piedrecitas.

LP: Y ¿cómo es el carácter del indio?

OR: “Serio, nunca lo hacen reír”.

La misión de don Oscar es más complicada de lo que parece.

Cada año debe buscar patrocinio, más de 13,500 córdobas, para pagar a los tamborileros que le acompañan, así como a sus ayudantes, que le abren espacio para que él pueda ejecutar sus pases de baile.

El dinero hace falta también para pagar el alquiler de una camioneta para trasladarse; darle mantenimiento al atuendo, a los tambores, comprar nuevas plumas de lapa y de pavo real en cada agosto, las que obtiene a 300 córdobas la docena; viajar hasta donde están sus proveedores para adquirirlas, etc.

Pero no siempre los obtiene.

Este año, la Alcaldía de Managua le dio sólo C$5,000 contra los C$6,500 del año pasado. Entre sus benefactores externos, están el Lic. Clemente Guido y Ruth Matilde Castillo, que son los que comenzaron a darle un estipendio anual cuando trabajaban en la Dirección de Cultura de la Comuna capitalina.

Pero la constante incertidumbre acerca de la posibilidad de obtener todo el dinero que hace falta para cumplir su misión, lo han hecho desmayar, al extremo que ahora dice sentirse “entumido” por falta de financiamiento.

LP: ¿Es la falta de dinero lo que lo “entume”?

OR: “Lo único es el sistema económico. Ideay, cada año me pasa eso, que tengo que estar ahí buscando el dinero. Para cada salida, para hacer cada presentación se gasta… y cuando no me ayudan me siento que soy sin valor. Ahorita que estoy en vida, ellos me deben ayudar a financiarme, porque después más tarde, ¿de qué serviría una estatua mía? ¿Qué le cuesta a esta gente [la Alcaldía de Managua] darme los 10,500 pesos que yo necesito, si no los quiero para enriquecerme? Es para que no muera la tradición”, explica.

La incertidumbre económica no es la única de sus tristezas. La falta de un homenaje cuando cumplió 25 años de tradición en 1990, es otra de ellas. En esa época sugirió a algunos miembros de la oficina de Cultura de la Alcaldía de Managua que le hicieran un homenaje a propósito de la efeméride, pero entre excusas y largas, la fecha pasó desapercibida.

Sólo la oportuna intervención del concejal Pedro Solórzano, que le donó la corona de plata que esperaba para tal ocasión, disipó parcialmente su secreto mal sabor, y aunque anheló mucho recibir tal homenaje público, “ya dejé de molestar, porque eso debe hacerse con sinceridad”.

Otra de sus tristezas es haber perdido a Cristela, su primera esposa, en un accidente de tránsito en 1967, aunque la desgracia trajo aparejada la oportunidad de pedir un favor a Dios por medio de Santo Domingo: volver a caminar, luego de los daños que sufrió su pierna izquierda.

Los médicos le zurcieron la oreja y la lengua, le pusieron una platina en la pierna y otra en el cráneo, y lo remendaron hasta dejarlo en condiciones de regresar a su casa. Don Oscar falló en ese 1967 a la tradición bailarina comenzada en 1965, pero ha cumplido su promesa al santo, de no dejar de bailarle mientras tenga vida o fuerzas.

Su tercera tristeza es haber perdido a su segunda esposa, Francisca, que comenzó a transformarse ante sus ojos y dejó de ser la sumisa campesina humilde que le obedecía en todo. “Mi vida peligraba porque ella se relacionaba con milicianos que llegaban a hacer bacanales a la casa”, recuerda, llegando al extremo de “adueñarse de mi casa sin necesidad de mi firma”.

Su retirada del hogar le llevó a perder contacto hace 18 años con Reina de los Angeles, su hija entonces de doce, a la que casi no ve, mostrándose dolido porque es “desamorada”.

DOS AGRESIONES

Su decisión de ser el Cacique Mayor que acompañe a Santo Domingo en cada visita anual a Managua no ha estado exenta de peligros, como en una oportunidad en que un bailarín atentó contra su vida “por envidia”, debajo del Puente de La Morita, hiriéndolo con una estaca en el abdomen, en lo que interpretó como un claro intento por acabar con su existencia.

La segunda vez que se vio en peligro fue cuando las pasiones políticas se exacerbaron en 1991, motivando a un grupo de festejantes a dedicar una lluvia de piedras contra el entonces alcalde de Managua, Arnoldo Alemán, lo que afectó a quienes le acompañaban en el barco, entre ellos, don Oscar.

A veces también sucede que la gente lo molesta, o falla el círculo de ayudantes que lo protege y procura crear un espacio para él, acudiendo entonces en su auxilio las autoridades policiales, a las que agradece la prontitud con que actúan para protegerlo, así como a la Cruz Roja, que ya una vez se lo llevó de emergencia al Hospital “Manolo Morales”, por una subida de presión.

RITUAL DE PREPARACION

LP: ¿Cómo tiene que prepararse cada año para convertirse en el Cacique Mayor?

OR: “En primer lugar, tengo que conseguir el dinero, ya sea que me lo dé la Alcaldía de Managua, o me ayude Clemente Guido. Luego hay que buscar las plumas de pavo real y las de lapa para reconstruir el penacho y alistar mi atuendo; reparar los tambores, alquilar la camioneta, conseguir los permisos, etc.

“Pero además, he pertenecido a la Escuela de Danza. Primero, al inicio no pertenecía, sin embargo, hacía lo que estaba a mi alcance. De ahí, yo me entrené aquí en la Escuela de Danza del Barrio San Judas, y en Monseñor Lezcano también”.

Según su definición, el baile del indio es la danza indígena y la música que se ocupa es la del atabal. Debe además practicar su presentación en lo que ahora es una especie de trabalenguas que quizás tenga reminiscencia del náhuatl o de alguna otra lengua indígena, que aprendió en parte del moribundo don Santos Ocampo, y mezcló con otras palabras que se le ocurrieron a él.

LP: ¿Dónde se documentó usted para saber cómo confeccionar su traje, que tipo de música bailar?

OR: “Dios me concedió ese don, porque yo mismo soy el arquitecto de los penachos”.

LP: ¿A qué tribu pertenece su indio? ¿Cómo se llama?

OR: “Es anónimo”.

Además de dedicarle siete días cada año, don Oscar visita a su santo en la iglesia de las Sierritas, y luego de “mi Padre Eterno”, es Domingo el Santo de su predilección. A ambos se encomendó cuando el accidente de tránsito de 1967, y don Oscar asegura que “una vez que estaba con unas fiebres, yo en las fiebres miré a Santo Dominguito de Guzmán que me puso la mano en la frente sonriendo, y la fiebre al poco tiempo se me quitó”.

Con referencia a la búsqueda de un sustituto, se lleva la satisfacción de ser el primer Cacique Mayor, título que su antecesor no tuvo. “Corresponderá a la Dirección de Cultura [de la Alcaldía de Managua] elegir a mi sucesor, a la persona que vaya a ser el Cacique Mayor”.

ORIGEN DE UNA TRADICIÓN

Cuenta don Oscar que la tradición del indio surgió luego que “don Santos se salvara de un indio que se lo quería comer. Al ver su vida en peligro, le prometió a Santo Domingo que si lo salvaba de aquella, le bailaría el resto de su vida disfrazado de indio”, promesa que cumplió desde 1924 hasta 1965, y que don Oscar ha continuado desde entonces.

Don Oscar José Ruiz Rivera, el Cacique Mayor, nació en Managua el 12 de agosto de 1945, hijo de don Bernardino Ruiz Molina (primo del periodista Horacio Ruiz), y doña Margarita Rivera Velásquez, ambos vivos, con quienes habita en la casa de ellos en Monseñor Lezcano.

Casado dos veces, enviudó en 1967 de su primera esposa, Cristela, originaria de La Concepción y de oficio maestra, y se divorció en 1982 de la segunda, Francisca, con quien había procreado una hija —Reina de los Angeles— en 1970.

No posee propiedades materiales. “Mi principal riqueza es la cultura que tengo”, dice refiriéndose a la tradición que ha mantenido viva durante 35 años, y de la que podría retirarse cuando cumpla 40, que es la misma cantidad de años que su antecesor, don Santos Ocampo, dedicó a seguir a Santo Domingo vestido de indio.

En la actualidad cuida los jardines del capitalino parque de Las Piedrecitas, aunque en el pasado ha trabajado la mayor parte de su vida como vigilante en diferentes empresas e instituciones.

Nunca ha tenido problemas con sus patrones por causa de su tradición, ni con sus vecinos que más bien lo esperan en muchedumbre al regreso de cada presentación, para darle una especie de bienvenida, a la que él responde con un baile para ellos, repitiendo en su microcosmos local, la más grande fiesta de los managuas.

LP: ¿Cuándo se retirará?

OR: “En eso estoy. No puedo más continuar en esa incertidumbre, buscando el dinero, cortando algunas salidas, como la del cuatro de agosto, que es la verdadera fecha de Santo Domingo. Cada minuto que va pasando (sin conseguir todo el dinero) es para mí una desesperación. Me digo: me voy a retirar y no me retiro. Ahí me voy aguantando lo más…”

LP: ¿Por qué no se retira?

OR: “No sé, me da pesar dejar la tradición”.  

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