El gerente de la Compañía Cervecera de Nicaragua, Armando Ríos, yace sobre su escritorio después de ser baleado mortalmente por el ex empleado Miguel Arellano Novoa. (Reproducción de Cruz Flores)

Una decisión largamente incubada

En ninguna parte de las crónicas de la época se habla de las razones para despedir a Arellano tras 17 años de laborar para la empresa.Así, un día de 1958 Arellano se vio intempestivamente de patitas en la calle, con una numerosa familia que mantener ANUAR HASSANEMILIANO [email protected]@laprensani.com Cuando Miguel Arellano Novoa disparó dos, tres, […]

  • En ninguna parte de las crónicas de la época se habla de las razones para despedir a Arellano tras 17 años de laborar para la empresa.Así, un día de 1958 Arellano se vio intempestivamente de patitas en la calle, con una numerosa familia que mantener

ANUAR HASSANEMILIANO [email protected]@laprensani.com

Cuando Miguel Arellano Novoa disparó dos, tres, cuatro veces su arma sobre la humanidad del hombre que le sonreía sardónicamente desde la acolchonada silla giratoria de su escritorio, estaba indudablemente fuera de sí.

Uno puede salirse de sus casillas por muchas razones. Una de ellas puede ser la burla sangrienta de que se siente objeto de parte de alguien que, pudiendo enmendar una antigua decisión que nos ha hecho mucho daño, se empeña por el contrario en mantener su perjudicial actitud y encima nos escarnece de la manera más cruel.

Arellano pudo haberse encontrado en esta situación. Para tratar de comprender lo ocurrido aquella mañana del 23 de abril de 1960 historiemos un poco.

Arellano Novoa se integró, a principios de los 40, como trabajador de la Compañía Cervecera de Nicaragua cuando su gerente, el abogado Armando Ríos tenía ya unos tres años de desempeñar su alto cargo.

Por aquel tiempo, la cervecería era una incipiente industria. Su principal actividad era la producción de la cerveza Xolotlán que tuvo pocos años de vida pues a raíz del triunfo de los aliados durante la Segunda Guerra Mundial, su nombre fue “Victoria”, en una eufórica demostración del júbilo.

En ninguna parte de las crónicas de la época se habla de las razones para despedir a Arellano tras 17 años de laborar para la empresa.Así, un día de 1958 Arellano se vio intempestivamente de patitas en la calle, con una numerosa familia que mantener.

Su despido había sido firmado y posiblemente ordenado por el gerente Ríos, y en el alma del obrero cesanteado comenzó a incubarse una profunda animadversión.

El hecho de que la cervecería, o Ríos, que era su principal representante se negase a pagar el canon de arrendamiento de una casa que Arellano rentó para instalar un salón cervecero con cuyas ganancias compensar el empleo perdido, elevó la rivalidad entre los dos hombres.

A partir de la década de los 50 la compañía cervecera promovió la apertura de salones de expendio llamados SCAN, que eran una sociedad entre consignatarios particulares y la empresa. Al negarse al pago del alquiler del salón que Arellano abrió en los alrededores del Instituto Ramírez Goyena, en el Barrio de Santo Domingo, las finanzas del novel negociante colapsaron y se vio obligado a cerrar el negocio poco más de un año después de haberlo abierto. Para saldar las deudas, Arellano tuvo que vender su casa.

Por segunda vez, Arellano se veía en la calle, sin medios para proveer la subsistencia de su familia. Y, detrás aparecía otra vez la figura del gerente Ríos.

La mañana del 23 de abril de 1960 Arellano deambulaba como un autómata por las calles aledañas a la Cervecería, después de visitar a una tía que vivía en los alrededores.

Como llevado por una fuerza extraña, Arellano penetró en las instalaciones. Como era conocido, no tuvo dificultades para llegar hasta la oficina del gerente Ríos donde éste tenía la visita de su hijita menor.

El cajero Petronio Cajina no olvidará nunca el inicio del diálogo sostenido entre ambos hombres antes de que, por razones de su trabajo, dejase atrás la oficina de Ríos.

“Ajá, doctor: ¿al fin me va a dar el trabajo?” saludó Arellano a lo que Ríos respondió: “Por ahora no puedo ofrecerte nada porque las cosas están difíciles para la empresa. Tal vez dentro de algunos meses la situación cambie y podremos contratarte”.

Arellano describe lo que ocurrió: “Hablamos cordialmente. Al comienzo le recordé varias cosas. Le hice ver que tenía mucha necesidad de trabajar pues me encontraba en la miseria sólo por su culpa, después que me despidió año y medio antes. A él parecieron molestarle mis cuestionamientos. Para ver si lo conmovía le dije que me considerara, ya que tenía un hijito mudo y tullido. Pero él, en vez de ablandarse ante mis súplicas dijo algo que a mis oídos sonó totalmente brutal y grosero. Me dijo, sonriendo: “Te comprendo, pero ¿quién te manda a tener hijos así?”.

Arellano dijo que aquello fue como si le diesen un mazazo en la cabeza. Perdió el control sobre sí mismo, echó mano de la pistola que llevaba entre la cintura y apretó varias veces el gatillo. Antes de aplicar el cañón del arma sobre su propia sien, vio el cuerpo de Ríos que se desplomó sobre su escritorio.

Uno de los balazos destrozó el hígado del gerente y otro le fracturó el brazo derecho.

Los empleados que acudieron al despacho de Ríos vieron los dos cuerpos sangrantes, uno a corta distancia del otro.

Ríos fue conducido al Hospital del Seguro Social donde murió horas después. Su agresor, logró sobrevivir.

Al sanar de su lesión días después y rendir declaración ante el Juez del Crimen Francisco Horacio Borgen, aseguró que no tenía la menor intención de agredir a Ríos cuando decidió visitarlo en su oficina aquel día.

“Si alguien me pregunta por qué lo hice no sabría qué contestar. Son cosas que suceden. El me irritó demasiado. El me quitó mi trabajo y desde entonces paso miseria junto a mis hijos. Un año y medio de hambre es mucho”, dijo en voz baja.

La viuda del gerente asesinado, Alicia Soto, rechazó la declaración del homicida, especialmente el pasaje concerniente a la presunta burla de su esposo por la existencia de un hijo discapacitado de Arellano.

“Es imposible que mi esposo haya dicho eso sencillamente porque nosotros tenemos un hijo semiparalítico”, dijo la viuda.

El Juez Borgen llegó a la conclusión que Arellano Novoa había actuado con premeditación cuando penetró armado en la oficina del gerente de la cervecería y dictó contra él auto de segura y formal prisión.  

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