- La estrategia de la mercadotecnia
política y el discurso mediático, había sido despreciada en un país de políticos solemnes, acostumbrados a los rituales adulatorios de los caudillos
herederos de la Revolución
Mexicana de 1910
Víctor Flores (AFP)
MEXICO.- Vicente Fox, el tozudo ranchero que se volvió la imagen del cambio en México, hizo triunfar una revolución ciudadana para poner fin al autoritarismo más viejo de mundo, cuyo aroma de primavera democrática se expande fuera de sus fronteras, con un mensaje a Latinoamérica.
Vista con beneplácito por los Estados Unidos, la ‘foxmanía’ encarna una esperanza que mediante una transición de terciopelo arriba al poder, que contrasta con los reflujos que ensombrecen a países como Perú, Venezuela y Ecuador.
Nacido en un rancho del central Estado de Guanajuato, cuna de los próceres de la independencia de México, de madre española y padre mexicano, Fox no fue un candidato más del conservador Partido Acción Nacional (PAN), sino que hizo un icono de su propia estampa irreverente ante el poder.
Como ex gerente de la Coca Cola para México y Centroamérica en los 70, quien se había iniciado repartiendo refrescos en los pueblos de Guanajuato, decidió fundar su propia marca: los “Amigos de Fox”, una organización ciudadana multicolor, que llegó a afiliar a más de dos millones de personas, mucho más que su propio partido.
La estrategia de la mercadotecnia política y el discurso mediático, instrumentos establecidos en las democracias occidentales hace mucho tiempo, había sido despreciada en un país de políticos solemnes, acostumbrados a los rituales adulatorios de los caudillos herederos de la Revolución Mexicana de 1910.
Fox la entendió sin temor y sus marcas y gestos hicieron crecer una ola incontenible que sacudió los cimientos del anciano régimen de 71 años. Las botas, el cinturón con hebilla de plata con su apellido, la “V” de la victoria que arrebató a la izquierda, cambiándola de mano, el dedo medio que le dedicó al oficialista Francisco Labastida … pisó los límites de la chabacanería.
Por sus gritos de guerra simples y eficaces: “¡ya, ya, ya, ya!”, que trocó en ¡hoy, hoy, hoy! fue acusado de necio e intolerante. “Sí, soy terco, quiero la democracia ya”, reviró.
Y junto con esa estrategia de medios, sus actos masivos fueron un derroche de la parafernalia del espectáculo de masas ejecutada por profesionales de la farándula. Luces robóticas, baladas pop, ritmos pegajosos, dirigibles gigantes.
Fox no se colocó en la cúspide de su equipo, sino como el gerente de gerentes, un equipo de iguales reunidos en una mesa redonda en la que “el Jefe” delegaba, supervisaba y exigía resultados mediante métodos científicos: la demometría, las encuestas de opinión que le daban el pulso de la campaña.
Para comandar su campaña llamó a un experimentado empresario, Pedro Cerisola, ex gerente de Aeroméxico, quien guiado por los sondeos replicó golpe por golpe cada ataque, apenas horas después, con un nuevo comercial en la televisión.
Cuando Fox convencía con “certeza matemática” que se había convertido en el sinónimo del cambio, la izquierda encaró al mayor dilema del siglo, seguir por tercera vez a su caudillo Cuauhtémoc Cárdenas o admitir que la poderosa maquinaria del partido de Estado crujía en sus cimientos y estaba a punto de ser derrotada por una ola arcoiris ciudadana, alrededor de Fox.
El cisma fue inevitable. Los sectores menos dogmáticos e intelectuales de la izquierda aceptaron que para “derribar el muro del autoritarismo” la elección debía plantearse como un “referéndum” entre el cambio y la continuidad, una idea que Fox recibió de Jorge Castañeda, autor de varios libros, uno de ellos sobre la sucesión presidencial mexicana, y columnista de la revista Newsweek.
La madrugada del 3 de julio nacía un nuevo país, con una avalancha de votos de los más jóvenes y educados: “¡somos libres, cayó la dictadura perfecta!”, ese grito marcaba el inicio de una nueva era.