- En Siuna,
algunas víctimas sobreviven al plagio, la mayoría no
MARIO SÁNCHEZ P.y HEBERTO JARQUÍ[email protected]
Don Tomás García, es originario de Boaco y tiene 76 años, 54 de los cuales los ha vivido en Siuna. Jamás olvidará aquella madrugada que salió a cortar frijoles en su finca y que momentos después era aprehendido por una banda de secuestradores cuando intentó rescatar a sus dos hijos.
Ese día, don Tomás no sintió terror a “Tyson”, el despiadado jefe de la banda. Desarmado y acompañado solamente de su nieto Pedro Salvador García, quien le había llegado a avisar del secuestro de dos de sus hijos, salió en persecución de los delincuentes con la idea de rescatarlos, pero también fue apresado.
Al ser secuestrado, lo único que le aterraba era lo inminente: ser asesinado. “Mis hijos no se van a dar el gusto de verme morir y enterrarme. Aquí voy a quedar con ellos, perdido en el monte y comido por los animales”, pensaba.
No estaba equivocado, sus secuestradores eran el temible decapitador de la montaña, Pilar Lira, alias “Sargento”, quien después se cambió al remoquete de “Tyson”, y sus lugartenientes “El Chaparro” y “El Duende”.
Esta banda de delincuentes últimamente había matado a cuatro campesinos de la forma más brutal. “Tyson” había sido miembro de la banda del “Sabalete”, la cual se especializaba en decapitar a sus víctimas. De ahí, este sujeto, según se dice, se acostumbró al oficio.
Era la madrugada del jueves 4 de marzo de 1998. Como de costumbre, don Tomás se levantó antes de comenzar el día y se dirigió hasta un frijolar ubicado a más de dos kilómetros de su finca en Yaoya, a 12 kilómetros noreste de Siuna, para arrancar almácigos del grano.
Sus hijos Pedro (Pepe) y Francisco Antonio García (Toño), se habían quedado en la casa, mientras Pedro Salvador, hoy de 19 años, había ido a dejarle el desayuno a don Tomás.
En ese instante varios hombres vestidos con traje militar y armados con fusiles AK cruzaban el corral y rodeaban la casa donde los dos hermanos García se encontraban solos.
Los armados irrumpieron en la vivienda y exigieron que les entregaran dinero. “¿Cuál dinero?. No tenemos nada”, respondió Toño al hombre que comandaba el grupo, mientras otros cargaban con los bienes de valor, entre ellos, un revólver calibre 38, un bidón que llenaron de cuajadas y hasta varias cabezas de guineo que estaban en maduración, además de unos plásticos grandes.
Don Tomás conoció de inmediato del secuestro porque su nieto Pedro Salvador, quien había visto lo sucedido, llegó a informarle. El viejito se desesperó y junto con el “chavalo”, salió en persecución de los secuestradores, hasta alcanzarlos a unos dos kilómetros de la finca.
Los tenían sentados en cuclillas, con la cabeza agachada y las manos atadas hacia atrás. Al ver al ancianito, los armados se sorprendieron y le reclamaron:
— “Qué venís a hacer aquí viejo”.
— “Vengo por mis hijos. Vos también lo harías”, le dijo don Tomás al jefe de la banda.
— “Entonces buscá 200,000 córdobas y te los llevás ya”, le dijo “Tyson”.
El sórdido diálogo tuvo una breve interrupción por la reflexión de don Tomás: “Dónde voy a encontrar semejante cantidad de dinero. Lo único que tengo son estos 2,300 córdobas”.
“Tyson” se los arrebató. Con esa cantidad ya acumulaban un botín de 5,900 córdobas, porque a Toño lo habían despojado de 2,600. Luego los secuestradores ataron a don Tomás de las manos junto a su nieto.
Don Tomás inició el regateo: — “Dónde voy a encontrar tanto dinero”. — “Entonces 100,000”, replicó “Tyson”.
— “Tampoco podemos”, contestó el ancianito.
El hombre se dirige hacia Toño y le dice: “Puedes conseguir los 100,000 córdobas. Éste respondió: “Nosotros trabajamos para ganarnos el centavito”. “Pues buscá 70,000”, replicó el delincuente. “Eso sí podemos”. “Entonces andate y traé ese dinero o no los volverás a ver”. Le dio hasta el lunes 8 de marzo como plazo para pagar el rescate.
INICIA LA ANGUSTIA
Desde ese momento, la familia García Izaguirre comenzó a vivir momentos de zozobra. Sus casas se convirtieron en un lugar de oración constante, para rogar a Dios que los secuestradores no torturaran ni asesinaran a los campesinos y que los dejaran libres.
El ancianito nunca había caminado tanto a pie como en esos días. Los armados comentaban: “Este viejo no va a aguantar. Lo vamos a tener que matar y dejarlo aquí”, recuerda don Tomás.
Al contrario, él respondía con la resistencia de un joven, a pesar de que en cinco días únicamente le dieron de comer un caramelo, una taza de pozol, una de sopa Maggi con yuca cocida y un pedazo de tortilla con un trozo de pollo cocido.
Él se convirtió en la fuerza moral de sus hijos. En una ocasión, uno de los secuestradores le dio un culatazo en la nuca a Pedro Salvador. El chavalo que estaba sentado, se dobló casi al desmayarse debido al dolor.
Don Tomás corrió y lo levantó, mientras le decía: “Levántese. Tenga fe en Dios y contrólese, que de ésta tenemos que salir vivos”. Mientras que su hijo mayor, Pedro, se ponía en cuclillas y lloraba. Pensaba que había llegado el fin de sus vidas.
Pasaron los días recorriendo caminos difíciles, montañosos, pedregosos, espinosos, cruzando ríos, subiendo cerros, hasta llegar a una montaña cerrada, oscura, del sector de La Pájara Tinga, a 32 kilómetros al noreste de Siuna.
En tanto, sus otros hijos trataban de completar los 70,000 córdobas del rescate, endeudándose con los amigos. El lunes 8 de marzo, don Tomás le dijo a “Tyson”, un hombre de regular estatura, recio, piel clara y rostro frío: “Déjanos ir hombre. Nosotros somos pobres. No somos asesinos ni violadores”.
Él no sabía que la familia García ya había pagado los primeros 15,000 córdobas a “Tyson”, quien le respondió: “Ya te vas a ir. Aquí está un hombre que te va a llevar, pero cumplen con el pago del rescate o matamos a tus hijos”.
Lo llevó a un sitio cercano donde estaba sentado Santos Hernández, un campesino de la cooperativa El Floripón, vecina de la finca de don Tomás en Yaoya.
“Me voy a ir a buscar el dinero, pero respetá la vida a mis hijos que vale tanto como la tuya”, le exigió a Pilar Lira.
Al día siguiente, varias personas de la comunidad, entre ellos “Machete Cuma”, un líder natural de Siuna, Rogelio Aguilar y Pastor Vega, representante de la Iglesia Católica, salieron a buscar el contacto de la banda para entregar el dinero.
Al recibir el dinero, la banda liberó tres días después (el 11 de marzo) a Pedro y Pedro Salvador. Así terminaron los momentos de angustia de la familia García, pero para pagar la deuda, tuvieron que vender las cien reses que tenían en la finca.
Sin embargo, se habían salvado de correr el mismo destino de Marlon Zeledón López, Feliciano Herrera Zeledón y Alberto Castilblanco, quienes murieron decapitado por el terrible “Tyson”.