- “En esas tierritas que tengo, los lunes que tengo mis días libres, voy a sembrar. Lo hago para relajarme, porque me gusta”
- “Tiendo más a ser callado. Reservado, introvertido. Soy tímido podemos decir. Yo soy del campo, cuando llegaban visitas a mi casa, me iba a subir a un palo”.
FABIAN [email protected]
Si usted llega un lunes cualquiera a la comunidad de San Andrés de La Palanca, seis kilómetros adentro de Ciudad Sandino, casi con seguridad encontrará a un hombre largo, de 39 años, con cuerpo de basketbolista y los rasgos típicos campesinos, trabajando en una pequeña parcela de la zona. Puede ser que esté realizando un injerto de aguacate o limpiando a machete la maleza. Ese hombre es monseñor Jorge Solórzano, el mismo que el Vaticano acaba de nombrar Obispo Auxiliar del Cardenal Obando en Managua y el mismo que un día de hace seis años salió con una pistola en la sien de la Iglesia donde oficiaba misa.
Jorge Solórzano fue el campeón ordeñador entre los Solórzano Pérez, una numerosa familia católica de San Andrés de La Palanca. Él es el treceavo de quince hijos, y como todos tuvo que aprender desde niño a trabajar junto a su padre en el campo. Sin embargo, a diferencia de sus hermanos, la vida lo llevó a otros destinos y hoy es el obispo más nuevo y más joven de Nicaragua.
Su designación como Obispo Auxiliar de Managua no sólo sorprendió a Monseñor Solórzano, sino a toda Nicaragua. Del anonimato saltó sobre figuras tan conocidas como Monseñor Eddy Montenegro, Bismarck Carballo y se colocó entre los candidatos a suceder al Cardenal Miguel Obando en el Arzobispado de Managua.
El llamado del Espíritu Santo, dice, le llegó un día arreando vacas. Para ese tiempo su jornada comenzaba a la una de la mañana, ordeñando, y terminaba después de hacer las tareas que le dejaban en una escuela donde estudiaba por las tardes y a la que llegaba después de hacer seis kilómetros a pie.
Este es el retrato de este campesino, de 39 años, que comenzó su vida sembrando y ordeñando, y que hoy con la mitra sobre su cabeza, se niega a abandonar el azadón y el machete.
–¿Qué sembraban en la parcela que su familia tenía en San Andrés de La Palanca?
“Maíz, frijoles, plátanos. Luego vinieron algunas sequías y entonces mi papá se dedicó menos a la agricultura y más a la ganadería. Bueno, ganadería por decirlo, porque eran unas pocas vaquitas. Yo me tenía que levantar muy temprano a sacar los terneros, enrejarlos y a ordeñar, desde la una de la mañana”.
–¿Y usted era bueno para eso?
“Según mi papá, y yo lo sé también, yo era el campeón a ordeñar, porque nos echábamos con mis hermanos a ver quién llenaba primero la pichinga de 10 galones. Yo la llenaba siempre de primero”.
–¿Y en la siembra qué hacía?
“Sembraba, con el arado…”.
–¿Con bueyes?
“Sí, nunca con tractor porque éramos pobres. Teníamos una yuntita de bueyes, primero quitábamos al machete toda la maleza”.
–¿Eso a qué edad lo hacía?
“Ordeñar desde pequeño, después algunos trabajos más serios a los doce y trece años. Como soy grande, a los siete años ya parecía mayor, que estaba grande, con fuerza. Es que a mí desde el primer día de nacido me dieron una pacha con leche pura de vaca. Y después eran litros de leche que me bebía a las cuatro de la mañana con pinol”.
“Y no dejaba de estudiar. Trabajaba todas las mañanas y después mi papá nos dejaba ese tiempo para ir a estudiar. Y teníamos que hacer grandes sacrificios porque venirme desde San Andrés de La Palanca hasta Ciudad Sandino, tenía que venirme a pie, allá no hay buses y no teníamos bicicletas ni nada. Y después regresarme por la tarde, otra vez a pie”.
–¿En esa etapa de su vida usted diría que era un niño normal?
“Normal, jugaba béisbol. Primero con bolas de calcetín y palos, y después los padres jesuitas nos llevaron pelotas y bates de verdad. Todos los chavalos montaban terneros, yo también montaba terneros”.
–¿Novias?
“Poníamos serenatas. Yo toco la guitarra, la toco desde pequeño y poníamos serenatas a las muchachas, como amistad, nunca llegué a tener un noviazgo porque a los 16 años ya me fui al Seminario”.
–¿Nunca tuvo novia?
“Formal no. Sus enamoradas por ahí. Las muchachas me gustaban, es normal”.
–¿Cómo llegó la decisión de meterse a sacerdote?
“Porque mi papá siempre estaba en la Iglesia. Mi papá fue el que construyó la capilla que ahora existe en San Andrés de La Palanca. Yo recuerdo que Monseñor Federico Argüello llegaba a la casa y yo estaba atento a todos sus gestos, todas sus palabras y después lo seguía. Siempre que llegaba el Padre Argüello ahí a la comarca, después de la misa, en la casa de mi papá le ofrecían el almuerzo. Al padre le gustaba un pollo del campo asado, y entonces yo me disgustaba con mi mamá y le decía que por qué al padre le daban un pollo entero y nosotros que somos tantos nos dan una piernita. Y le decía que me iba a hacer sacerdote para que después me hagan un pollo a mí”.
“Una vez arreando vacas sentí ese llamado fuerte del Señor, que me llama a servir, a llevar a todos los hombres a una paz, a un bienestar”.
–¿Pero en concreto cómo se manifestó eso? ¿Quién le propuso ser sacerdote?
“Yo hablé con mi párroco, tenía 14 años, le conté que me gustaba. Vino la decisión cuando una vez en Managua, en la casa de mi hermana, vi a unos seminaristas cantando en la televisión. Me entusiasmé y dije ¨yo quiero ser eso¨. Hablé con mi párroco, era padre jesuita, y me dijo que iba a ser jesuita y que me iban a enviar a Panamá porque ellos no tenían aquí casa de formación. Me dio miedo irme a Panamá porque yo nunca había salido del monte. Entonces investigué aquí y fui al Seminario que está en el kilómetro cinco”.
–¿O sea que por poco es jesuita?
“Sí, por poco…”.
–¿Y qué opinión tiene de los jesuitas?
“Mis párrocos son muy buenos. El Padre Valentín me ayudó mucho… Ellos han tenido sus dificultades en la Iglesia… Con el Vaticano ha habido ciertos problemas”.
–¿Cómo fue la vida del Seminario?
“Me gustó muchísimo como entré al Seminario a los 16 años…”.
–¿Estricta?
“Es muy estricta, pero para mí fue muy fácil, porque tenía el entusiasmo y la vocación, y segundo que los trabajos que ahí se hacía no eran nada nuevo para mí. En el Seminario uno se tenía que levantar a las cinco de la mañana, y todos los seminaristas protestaban pero para mí era tarde porque estaba acostumbrado a levantarme a la una de la mañana. Después teníamos que lampacear, limpiar todos los corredores del Seminario, y para mí eso era un juguete, andar con el lampazo corriendo, porque yo estaba acostumbrado a trabajos más fuerte”.
–Y eso de dejar de ver a las muchachas, las serenatas ya no se hacían…
“No, ya no, porque sentías que el llamado era más fuerte. Es normal que te gusten las muchachas, pero por otro lado hay un amor más fuerte, entonces ahí se deja lo demás”.
–¿Tuvo algún momento de crisis en el Seminario, de debilidad de la carne?
“Gracias a Dios no, siempre estuve contento, nunca tuve dificultades. Siempre me he dedicado mucho a la oración, al estudio”.
–¿Cuándo sale del Seminario?
“Entré a los 16 años y salí a los 23. La edad mínima para ser sacerdote son 25 años, entonces al terminar a los 23 años me ordenaron de diácono, y tenía que pasar dos años de diácono, pero pasé sólo un año porque Su Eminencia, el Cardenal, me dispensó un año. El obispo puede dispensar un año, más tiempo no. A los 24 años me ordenaron sacerdote”.
–¿Cuál fue su primer trabajo?
“De diácono trabajé en la parroquia de Tipitapa, ahí visitaba Las Mesas de Asicaya, un lugar al que hay que ir a caballo, Las Maderas, Las Canoas, todas esas comunidades. Después como sacerdote mi primera parroquia fue Nuestra Señora de la Merced, en Mateare, que fue una experiencia muy bonita con gente muy pobre, con los pescadores, y también de vivir muy pobremente, porque cuando llegué ahí no había casa cural, entonces dormía en la Sacristía de la Iglesia en un par de bancas, con muchísimos murciélagos. ¡Había miles de murciélagos en esa Iglesia!”.
–¿En esas peripecias que pasó no se acordaba de aquel padre que comía un pollo asado y por lo que usted dijo se quería hacer sacerdote?
“No, la gente ha sido buena. En Mateare siempre me llevaban mi pollito también, y mi pescadito y todo. La gente ha sido súper buena, además no me hice sacerdote para eso, eso fue una cosa de niño”.
–¿Usted estudió en Roma?
“En Roma hice una especialización en Liturgia. La Liturgia es una rama de la Teología. Estuve tres años estudiando ahí en el Instituto Pontificio San Anselmo, con los padres benedictinos, y visitaba una parroquia para confesar y celebrar misa los fines de semana”.
“A Nicaragua regresé hace siete años, y me dieron una parroquia difícil: la parroquia San Pablo Apóstol”.
–¿Por qué es difícil?
“Porque era una parroquia que tenía casi 30 años de llevar una línea de Teología de Liberación. Entonces esas comunidades que se llamaban Eclesiales de Base se habían politizado completamente. Al sacerdote que enviaban de la Curia o mandado por el señor Arzobispo, lo expulsaban las Comunidades Eclesiales de Base. Su Eminencia pensaba que esa parroquia se iba a perder y me propuso a mí hacer un último intento de llevar la fe católica a esas colonias. Fue muy difícil, a mí me expulsaron las Comunidades Eclesiales de Base, me sacaron con la pistola en la sien. Eso fue hace como seis o cinco años”.
“Yo no me fui del barrio, si no que seguí yendo y celebraba misa en el parque y compramos después con el esfuerzo de la comunidad un terreno e hicimos una Iglesia muy bonita. Ha crecido mucho ahí la fe católica, ahora puede llegar Su Eminencia (el Cardenal)”.
–Su ascenso ha sido vertiginoso, a los 24 años sacerdote y a los 39 obispo…
“El Código pone que después de cinco años de ser sacerdote se puede ser obispo. Eso es lo que pone como mínimo”.
–¿Pero eso no pasa con frecuencia?
“No, no, pero yo tengo 15 años de ser sacerdote. Fui ordenado joven, y entré bien joven al Seminario, a los 16 años. Terminé a los 23 años, cuando normalmente no se termina en esa edad. El más joven ahora termina a los 27, 28 años. Me ayudó mucho la primaria, de la comarca me trajeron a la escuela de Managua y no me hicieron pasar ni kinder ni infantil. Pasé a primer grado y en primer grado a las dos semanas, dice la maestra, este niño se sabe todo y me pasaron a tercer grado, iba ganando años…”.
–Y así ha pasado en su carrera de sacerdote porque, ya ve, le dispensaron un año.
“Sí, y también de obispo, porque aunque el Código pone que a los 35 años ya se puede ser obispo, en la práctica no están haciendo obispos a los jóvenes”.
–¿Y cómo explica usted eso? ¿Es muy sagaz, muy inteligente?
“No, no, es obra del Espíritu Santo”.
–Busquemos una explicación más mundana. Tal vez le ha caído muy bien a sus superiores.
“No, no, el Espíritu Santo indudablemente, quizás porque nunca he buscado puestos, el desempeño del trabajo, quizás es una explicación mundana que no es tan mundana porque no se entiende. El mundo mira que va subiendo el que se mete, el que va serruchando el piso a los otros. En la Iglesia funciona de otra manera.
–Usted es una persona poco conocida en Nicaragua, y de repente llega su nombramiento como obispo…
“El Espíritu Santo…”.
–Esa es una explicación que no nos deja satisfechos…
“Ja, ja, ja…”
–Si usted recuerda, hay un caso parecido cuando estaba buscando al sucesor de Monseñor González y Robleto como arzobispo de Managua… Se nombró a Monseñor Obando, Obispo Auxiliar y luego asumió el Arzobispado hace 30 años. ¿No se está repitiendo la historia?
“Cuando llegue ese momento el Espíritu Santo decidirá. Hay obispos auxiliares con derecho a sucesión que se llaman coadjutores, y obispos auxiliares que no tienen derecho a sucesión. Yo soy obispo auxiliar de Su Eminencia sin derecho a sucesión”.
–¿Cómo vamos a ver a Monseñor Solórzano ahora de obispo: va a ser un personaje crítico, un fundamentalista?
“Tendríamos que esperar, pero mi línea será apoyar a Su Eminencia, trabajar con él y servir. Si en algún momento hay que denunciar cualquier injusticia, ayudar a la comunidad para salvar a la comunidad, a la sociedad, lo haríamos”.
–¿Tiene usted opinión política?
“Tendría que empaparme más. En las comunidades escucho que estos políticos sólo buscan sus intereses. Es una percepción del pueblo que yo escucho mucho”.
–¿Cómo es su carácter? ¿Qué lo saca de sus casillas?
“Soy tranquilo. Tiendo más a ser callado. Reservado, introvertido. Soy tímido podemos decir. Yo soy del campo, y cuando llegaban visitas a mi casa me iba a subir a un palo. En los años de sacerdote, la formación me ha ayudado a relacionarme, a hablar, pero tengo que hacerlo más”.
–¿Hay todavía algo de campesino en el fondo?
“Claro, y con orgullo. No quiero perder eso”.
–¿Y mantiene relación con el trabajo campesino?
“Mi papá murió hace seis años, y nos heredó. A mí me quedó una parcelita de tierra, como unas diez manzanas. Las vacas se las di a mi hermano porque yo no puedo atenderlas. Pero en esa tierritas que tengo, los lunes que tengo mis días libres, voy a sembrar. Yo sé todas las técnicas, sé hacer injertos”.
–¿Eso lo hace personalmente?
“Sí, personalmente. Siembro mangos, limones, sandía, melones, ayotes… Lo hago para relajarme, porque me gusta”.
–¿Un obispo tiene salario?
“Me han nombrado obispo el sábado (ante) pasado, no sé cómo va a ser”.