- Los tres
principales
implicados
se salvaron de
la pena de muerte, pero no de la
Ley de Fuga
ROBERTO FONSECA [email protected] y última entrega
El domingo 30 de septiembre de 1956, hora y media después de que arribaran al país los restos del General Anastasio Somoza García, el Coronel Francisco Gaitán, Ministro de la Guerra, Marina y Aviación, pronunció un conmovedor discurso fúnebre en nombre de la Guardia Nacional.
Nadie en ese entonces, con excepción del Coronel Anastasio Somoza Debayle, podía adivinar que en menos de 40 días, rodaría cuesta abajo la carrera militar de ese hombre, el Coronel Gaitán, el militar más preciado en las filas castrenses.
Gaitán, de origen humilde, se enlistó de soldado raso en la Guardia Nacional y en 1930, en plena guerra antiintervencionista, fue aceptado en la Academia Militar y se graduó de suboficial con sólo ocho meses de entrenamiento. Se incorporó a la guerra contra el General Augusto C. Sandino, de donde fue condecorado por su valor y heroísmo.
El Coronel Somoza García, Director de la G.N., lo incorporó al equipo de ayudantes y escaló a pulso cada uno de los grados militares. Por esa razón lo querían sus subordinados y, por esa misma razón, le temía “Tachito” Somoza.
“El jefe de la Guardia Nacional era Somoza García, pero quien le llevaba los votos era Gaitán, era la base, era el hombre del soldado raso, de los oficiales, de los cabos, de la gente”, comentó a LA PRENSA el ex Teniente G.N. Agustín Torres Lazo, autor del libro “La saga de los Somoza”.
“Gaitán era el más querido en el ejército. Con el viejo Somoza no había problemas porque era el viejo, pero con Tachito sí, ya que era un joven que a los 14 años fue capitán del ejército y a los 23 Director de la Academia Militar. Por esa razón, Tachito eliminó a tres hombres muy queridos en el ejército y especialmente a Gaitán”, añadió Torres Lazo.
Desde el 21 de septiembre hasta el 11 de octubre de 1956, no había claridez sobre el atentado contra el General Anastasio Somoza García. Corrían los rumores de que podían estar involucrados altos oficiales de la G.N., ya que existía el antecedente de la participación de militares en el levantamiento de 1954.
¿Los Somoza temían una conspiración de altos oficiales de la Guardia Nacional?
“Sí, porque no se sabía absolutamente nada, ni cómo se había originado el atentado, ni quién estaba detrás del atentado, lo único conocido era que había un muerto (Rigoberto López Pérez). Las investigaciones estaban en un limbo, ya que en la Oficina de Seguridad de León no existía información sobre actividad de Rigoberto, ni tampoco en la Seguridad en Managua. No había rastros, no tenía conexiones políticas, ni tenía hijos”.
LA CAPTURA DE EDWIN CASTRO
La propia noche del 21 de septiembre de 1956, luego que el Coronel Anastasio Somoza Debayle da la orden de detener a todos los opositores de León, una patrulla de la Guardia Nacional salió a capturar a Edwin Castro, reconocido antisomocista, a quien se asegura que llamaban “Gasolina” por su carácter inflamable.
Sin embargo, al llegar a la casa de Castro, sus familiares le dicen a los guardias que se fue a Chinandega, a arreglar unos asuntos. Lo rastrean en la vecina ciudad, pero tampoco lo encuentran. Lo cierto es que estaba oculto en casa de Mercedes Fuentes, una amiga, desde la madrugada del 22.
A “Tachito”, según Agustín Torres Lazo, la desaparición de Edwin Castro le dio mala espina, ya que habían transcurrido varios días y no aparecía por ningún lado. Así que en las páginas de “Novedades” empezó a publicarse un aviso de recompensa, primero de 5 mil córdobas y luego de 10 mil córdobas, para quien suministrara información sobre su paradero.
Castro, asustado al ver el anuncio, huye a la Isla del Venado. Estando ahí alguien lo traiciona y “Tachito” envía a dos leales lugartenientes, los Tenientes Oscar Morales, el famoso “Moralitos” y a Humberto Corrales, acompañados de una patrulla del Comando de León, para capturarlo con vida. Es la mañana del 11 de octubre.
— “Si se defiende y empieza a matarlos, el último que quede lo captura y lo trae vivo”, les recomendó “Tachito”.
Sin embargo, Edwin Castro andaba desarmado y lo localiza la patrulla de “Moralitos”. Este lo ata, lo desnuda, y lo arrea como animal por toda la isla, castigándolo con una rama de “bejuquillo” en toda la espalda y glúteos, zonas donde ya vestido, no resultaban visibles.
Lo trasladan de inmediato a Managua, al “Cuarto de Costura” de Casa Presidencial, donde a lo largo de cuatro días lo someten a crueles e intensas torturas, hasta doblegarlo. El mismo “Tachito”, incluso, participa en los interrogatorios.
“Allí es donde se descubre el pastel, a través de su declaración”, aseguró Torres Lazo, refiriéndose a la declaración de Castro, obtenida tras cuatro días de torturas.
INVESTIGACION INFLUENCIADA POR OSN
El 16 de octubre, en León, lugar de los hechos, se constituyó la Corte de Investigación, presidida por el Mayor Francisco Medal, y conformada además por los capitanes Pablo Rivas y Gustavo Sánchez; y por los Tenientes Ruperto Hooker y Agustín Torres Lazo. A este último se le asigna el papel de Fiscal Militar.
¿Retrospectivamente, qué significó para usted fungir como Fiscal Militar en la Corte de Investigación?
“Viéndolo en retrospectiva, si tú quieres, una responsabilidad tremenda, con poco conocimiento del Código de Enjuiciamiento Militar de Nicaragua porque me acababa de graduar de abogado en España, además, creí sinceramente en ese momento que los Somozas tenían buena intención. Creí que iba a ser un juicio y una investigación sin saltos ni bajos, una investigación normal de un hecho penal.
También creí en la declaración de Edwin Castro y nunca pensé que esa declaración hubiese sido forzada, hubiese sido obtenida bajo torturas. Nunca lo pensé, yo no lo sabía siquiera, apenas tenía 26 años y no sabía de esos procedimientos de la Guardia, lo ignoraba. En fin, creí que era un trabajo fácil para mí, desde el punto de vista de abogado”.
Los dos hombres claves en la Corte de Investigación, leales a “Tachito”, son el Mayor Medal y el Teniente Hooker, este último enlace con la Oficina de Seguridad Nacional. Al primero, en las filas de la G.N., le decían “Malvado”.
Ellos, por órdenes del Coronel Somoza Debayle, intervienen en las declaraciones para hundir a tres Coroneles que amenazaban el liderazgo de “Tachito” y de la nueva oficialidad: Francisco Gaitán, Lisandro Delgadillo y Federico Davidson Blanco. A los tres, a través de testigos torturados y desesperados, los involucran en la “conjura”.
A su vez, a aquellos opositores cívicos, baluartes de la lucha antisomocista, entre ellos Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Pablo Antonio Cuadra, el médico Enrique Lacayo Farfán, y muchos más.
Al Coronel Delgadillo lo retiran de las fuerzas armadas y muere en Estados Unidos; a Gaitán lo envían como Embajador en Argentina, donde muere años después pues nunca quiso regresar a Nicaragua; y Davidson Blanco, asesinado por guerrilleros sandinistas, durante la ofensiva militar contra Somoza.
¿Cuándo se dio cuenta que no era una simple Corte de Investigación?
“En León, en los primeros días de la investigación, se tomaron declaraciones y allá no ocurrió nada extraordinario, pero cuando regresamos a Managua y se inicia el proceso investigativo, yo me doy cuenta que la gente ha sido maltratada y que vienen física y moralmente destruidos a declarar.
Es entonces cuando me doy cuenta de que en realidad la Corte de Investigación no es más que una pantalla y que quien maneja la verdadera investigación es la Oficina de Seguridad Nacional, el “Cuarto de costura” y los Somozas por detrás.
Ellos son los que manejan todos los hilos de la trama conspirativa y yo me enfrento a una decisión difícil para mí. Yo era un oficial del ejército con una obligación de disciplina y acatamiento a las órdenes de sus superiores. Pero, por otra parte, era un hombre joven que no estaba contaminado con el sistema todavía, así que me doy cuenta que se está cometiendo una injusticia.
Estoy colocado en una disyuntiva tremenda, contra la pared y me doy cuenta que la primera reacción humana es admitir que tengo miedo, así que pienso que si yo me voy y denuncio lo que estaba ocurriendo, me matarían los Somozas. Entonces, tuve miedo de que me mataran así que en lo que pude, ayudé a mitigar la dureza del juicio y ayudar en lo que pudiera a que esa gente recobrara su libertad”.
El 20 de noviembre de 1956, tras 27 sesiones, concluye su labor la Corte de Investigación, señalando cuatro tipos de delitos: asesinato, complicidad en el mismo, rebelión contra el gobierno y atentado contra la autoridad constituida. Señalaron a 21 personas implicadas, entre los que habían autores y coautores.
Ellos, de acuerdo a un injusto Código Militar, debían pasar a ser juzgados por un Consejo de Guerra Extraordinario.
PRESION DE LA NICOLASA SEVILLA
A las diez de la mañana del 8 de enero de 1957, dos días después de celebrarse los “Reyes Magos”, se instala en una sala del Campo Marte, Cuartel General de la G.N., el Consejo de Guerra, el cual estuvo presidido por el Coronel Ernesto Matamoros Meza, junto a varios oficiales. Una vez más, el Teniente Agustín Torres Lazo funge como Fiscal Militar.
Desde ese mismo día, y hasta que concluyó su labor, irrumpieron en dicho salón la legendaria Nicolasa Sevilla al frente de una turba que se encargó todo el tiempo de intimidar a los familiares de los acusados, a sus abogados defensores, y de exigir un “castigo ejemplar” al Consejo de Guerra.
Para los Somoza, dicho castigo consistía en aplicar la pena de muerte, sobre todo a los cuatro más implicados: Edwin Castro, Cornelio Silva, Ausberto Narváez, y Juan Carlo Rueda. La medida en sí fue aprobada por el Congreso años atrás, pero nunca había sido reglamentada, por tanto, jurídicamente inaplicable.
Sin embargo, ésa fue la resolución que propuso “Tachito” días atrás al propio Fiscal Militar, y que luego, acordó el Consejo de Guerra. Torres Lazo asegura que él tomó el papel y se lo llevó a “Tachito”, para convencerlo de lo contrario.
Según el testimonio del ex Teniente G.N. y ex Fiscal Militar, “Tachito” aceptó a regañadientes la posición de Torres Lazo, que consistía en aplicar la pena máxima –15 años—a los cuatro implicados principales, y penas menores al resto.
— “Está bien, diles que la cambien y pongan lo que tú dices”, le dijo Somoza Debayle a Torres Lazo, y se abrazaron.
A las cuatro de la mañana del 21 de enero de 1957, el Fiscal fue llamando uno a uno a los implicados. A cinco de ellos los absolvieron, a cuatro los condenaron a 15 años de reclusión, otros a 9 años de prisión; y a dos a 40 meses (más de 3 años) de confinamiento. Entre estos últimos al Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a pesar de su demostrada inocencia.
¿Cómo se siente usted ahora?
“El objetivo mío al escribir este libro es primero llenar un vacío histórico que existe sobre el tema y sacarme de encima las cosas que yo sé y que nadie sabe. Es un alivio espiritual escribir este libro y me parece que el pueblo de Nicaragua tiene derecho a conocer la verdad y debe conocer la verdad.
En el Consejo de Guerra yo tuve a los 14 mejores abogados de Nicaragua y adversarios en el juicio; este fue un juicio, en donde tuve a los 14 mejores abogados del país actuando como abogados defensores de los 21 implicados.
Yo tenía que demostrar al tribunal que eran culpables, tenía que convencer al tribunal que ellos eran culpables, sabiendo que algunos de ellos no lo eran.
Fueron 7 meses en total los dos procesos. Yo entiendo que fue para mí una experiencia dolorosa que me marcó para toda la vida, fue algo que nunca quise, que nunca lo busqué, que fui víctima de las circunstancias”.
El 18 de mayo de 1958, fecha que coincide con el natalicio del General Augusto C. Sandino, resultaron muertos Edwin Castro, Ausberto Narváez y Cornelio Silva. Según averiguaciones, dos soldados les aplicaron la fatídica Ley de fuga. Por supuesto, ninguno de los dos soldados rasos fue detenido, ni enjuiciado.
De esa suerte escapó Juan Calderón Rueda, quien se había peleado con los tres compañeros de infortunio. En diciembre de 1963 logró fugarse con la ayuda de un custodio y ambos se asilaron en la embajada de Argentina. Luego se trasladó a Miami, donde falleció el 5 de marzo de 1994.
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