- A su juicio, la equivocación médica fue someterlo a anestesia general, pero corrió el rumor de que las
balas estaban envenenadas
ROBERTO FONSECA [email protected]
La mañana del 22 de septiembre de 1956, el Dr. César Amador Kühl, de 31 años, se encontraba en el Hospital General de Managua, cuando de manera accidental, tuvo acceso a observar las radiografías recién practicadas al General Anastasio Somoza García, Presidente de Nicaragua.
Amador Kühl, nieto de Otto Kühl, un anciano de origen alemán que sufrió de “casa por cárcel” durante la represión a la comunidad alemana, las observó y concluyó que ninguna de las tres balas alojadas en el cuerpo del mandatario eran mortales, y por ende, era contraproducente someter al paciente a una anestesia general, ya que tenía un pulmón lesionado, era obeso y diabético.
Sin embargo, hicieron caso omiso a la recomendación médica del joven especialista, quien recientemente había regresado de concluir sus estudios en Estados Unidos. A continuación su testimonio.
¿Qué recuerda de esa ocasión?
El 22 de septiembre de 1956 me encontraba en el Hospital General de Managua, cuando internaron ahí al General Somoza García. A la Sala de Rayos X llegó “Tachito” Somoza acompañado por el Dr. Hugo Argüello, jefe del grupo de médicos que atendía al General Somoza García. Pidieron las radiografías del General y estaban revisándolas, cuando el Dr. Argüello dijo: “Ve, aquí está el Dr. Amador Kühl, quien acaba de regresar y sabe más de esto”.
Yo vi las radiografías del General Somoza García y tenía tres balas alojadas en el cuerpo. Una de ellas le entró al lado de la cadera y estaba alojada en el terso superior del muslo derecho; la segunda le ingresó los músculos del brazo derecho y entonces le perforó el tórax, le rozó un pulmón y se alojó en los músculos de la espalda; y la tercera bala estaba dentro del conducto raquídeo, a nivel de la región lumbar, y era la que le ocasionaba unos tremendos dolores en las piernas, ya que estaba irritando toda la raíz de los nervios que van a las extremidades inferiores.
Esa última era la única bala que tenía que ser extraída y no necesariamente de urgencia. Tampoco era necesariamente mortal, sin embargo en ese momento corrían rumores de que las balas estaban envenenadas, y por lo tanto, tenían que ser retiradas del cuerpo lo más pronto posible.
Pero a mi modo de ver, ninguna de las heridas era necesariamente mortal, y la única que debía sacarse cuando las condiciones del paciente lo permitieran, era la de la columna, y eso podía hacerse con una anestesia raquídea o, inclusive, por acceso local, colocando al paciente de lado. Yo opiné que era contraindicado darle una anestesia general, porque tenía el pulmón lesionado, era una persona obesa y diabética. Por eso no recuperó de la anestesia y quedó en coma, hasta que falleció.
Pero te repito, la realidad es que ninguno de los balazos que recibió fueron necesariamente mortales.
¿Quiere decir que de no haber habido esa presunción de que las balas estaban envenenadas, no era necesario exponer a Somoza García a la muerte?
Así es. Esa es mi conclusión médica.
Hipotéticamente, ¿qué se debió hacer?
Se hubiera esperado que se recuperara del problema del pulmón; segundo, se procedería a extraerle la bala alojada en la columna, pero con calma, una vez que las condiciones del paciente lo permitieran. Bien se podía practicar con una operación que se llama laminectomía, en manos de un neurocirujano es una operación de rutina. Quitando esa presión sobre las raíces nerviosas desaparecen los síntomas, esos dolores terribles que sentía en las piernas. Pero insisto, ni siquiera corría peligro de una parálisis, ya que tenía la bala alojada a la altura de la tercera o cuarta vértebra.