(AFP)
CIUDAD DEL VATICANO.— Eran las 17H21 de la tarde aquel 13 de mayo de 1981 cuando, a pocos días de cumplir 61 años, Juan Pablo II recibía tres balazos en momentos en que, ante una inmensa muchedumbre, atravesaba la plaza San Pedro en su automóvil blanco descubierto, rumbo a la audiencia de los miércoles.
Alcanzado por tres proyectiles, el Papa se desplomó en el vehículo ante unos 20,000 fieles reunidos en la plaza. Una bala le había atravesado el abdomen, la otra le alcanzó la mano izquierda y la tercera el brazo derecho. Dos mujeres que estaban entre el público también resultaron heridas.
Llevado de inmediato al Hospital Gemelli de Roma, el Papa fue sometido a una intervención quirúrgica que duró cinco horas y media, pero su robusta constitución le permitió superar la prueba.
El 18 de mayo abandonó el servicio de reanimación del hospital y volvió al Vaticano el 3 de junio.
Entre el 20 de junio y el 14 de agosto, sin embargo, debió ser de nuevo hospitalizado dado que la fiebre persistía. El Papa sufría una infección viral debida a un “cytomegalovirus”, contraído en las transfusiones sanguíneas que recibió tras el atentado.
Unos días más tarde, el Papa perdonó públicamente al terrorista turco, al declarar desde su lecho en el hospital: “rezo por el hermano que me ha disparado y al que he perdonado sinceramente”.
“LA PISTA BULGARA”
La identidad de los eventuales autores intelectuales del atentado y la presencia de eventuales cómplices en la plaza de San Pedro, han alimentado las hipótesis más diversas, y el Papa nunca ha dicho si Alí Agca le hizo o no revelaciones cuando lo visitó en su celda. Después del atentado, la tesis del “complot internacional” fue de inmediato lanzada por la prensa italiana, y algunos investigadores se dijeron convencidos de que el autor del hecho no actuó solo.
La “pista búlgara” fue la más frecuentemente citada, pero nunca pudo ser probada. Tras la caída del régimen comunista, el presidente búlgaro Jelio Jelev proporcionó los elementos de que disponían sus servicios secretos a una comisión internacional encargada de investigar el atentado. Los documentos apuntaban a demostrar que las autoridades de Sofía no estuvieron implicadas.
El KGB también ha sido citado como un eventual instigador, pero los expertos eclesiásticos se han limitado a decir que al apoyo del Papa a Lech Walesa y a la sociedad polaca en el proceso de democratización de Polonia, era por supuesto considerado por Moscú como peligroso, pero que ello, y la falta de pruebas, no permitía lanzar acusaciones.