EDGARD TIJERINO M.
CANASTOTA, NUEVA YORK.-Hoy se abren nuevamente las puertas del Salón de la Fama del boxeo…Ahí estará Ken Buchanan, el escocés destronado por Durán en 1972, impecablemente vestido, sin muchas huellas del duro oficio y bastante bien ubicado en su país, a la inversa del legendario panameño, más grandioso visto con cualquier tipo de lentes, con más coronas, pero menos hábil para manejar su inmensa fama…Ahí estará Bobo Olson, el de los feroces combates con Robinson, con Gavilán, con Maxim, durante aquellos calientes años 50. Se ve aturdido, desenfocado, como si estuviera afectado por el Alzheimer. Camina difícilmente, hay que ayudarle y no tiene precisión para identificar. Entrará hoy al Salón sin saber dónde está la puerta.
Buchanan y Olson serán dos contrafiguras en la ceremonia de hoy sábado, como también lo serán entre los invitados especiales, José Torres quien ha logrado manejar bien su cuota de fama, y Kid Gavilán, famoso y abandonado a su suerte, que desgraciadamente, no tuvo buena cara…Gavilán se ha curtido atravesando mil dificultades, en tanto Torres, quien llegó a ser Comisionado de Boxeo en Nueva York, y fue miembro prominente de organismos internacionales antes de desembocar en el periodismo y la política, ha sido un excelente administrador de su fama.
La fama amigos, no es ningún pasaporte para la seguridad en el futuro, pero, como me dice Rubén Olivares durante el almuerzo del viernes en el Hospital de Veteranos, “es sabrosa, aunque no sea rentable”, y me explica: “por mí, no se preocupa nadie en México, ni el gobierno ni la gente de empresas, pero las ovaciones del público cada vez que me presento en un espectáculo, y el cariño que se me brinda en todos los sectores, me llena de satisfacción, aunque los bolsillos de mis pantalones, permanezcan vacíos”.
Jeff Chandler es otro excampeón que ingresa hoy al Salón, pero no trasmite la menor alegría. Se ve distante, como si los motivos para sentirse feliz se hubieran alejado por siempre. Lo veo firmar autógrafos con excesiva seriedad, dando la impresión de no disfrutarlo…Ahí estará Aaron Pryor, miembro del Salón desde 1996, quien “carcomió” su futuro después de haberse proyectado hacia las nubes arrebatándole el cinturón a Pambelé y venciendo dos veces al hasta entonces invencible Alexis Argüello. Pryor se ve desaliñado, atiende una escuela de boxeo en Cincinnati y necesita trabajar diario para sobrevivir.
Junto a mí está Alexis, el flaco explosivo, provocador del más grande fanatismo y la mayor idolatría en Nicaragua… El sabe, mejor que nadie lo difícil que es manejar la fama. Entró aquí al Salón de Canastota en 1992, antes de intentar en forma infructuosa un retorno discutible. Está claro de la útilidad de la fama, de lo dificil que es fabricarla y de la habilidad que se necesita para administrarla… ”Soy un hombre con suerte. No puedo quejarme”, dice y suelta una carcajada que parece corresponder a su actual estado de ánimo re-construido…Dentro de su humildad congénita, saborea estar abrazado con la fama.
Ciertamente, la fama nunca se evapora, como lo comprobó Ray “Sugar” Robinson y lo está demostrando Muhammad Alí, pero lo clave es saberla utilizar como palanca…Quienes lo hacen, son los que se sienten bendecidos y la consideran un divino tesoro, quienes la malogran, terminan atrapados por el desencanto, convertidos en grandes culpables…Ni más, ni menos.