Amada amor, un grito contra el macho

Arrancarse la piel de un tajo y volvérsela a poner lentamente como un vestido doloroso, transido, es lo que hacen los cuatro personajes que salen al escenario en la obra de teatro

Siembran maíz, cosechan teatro

Está en un salón, bajo techo pero a este hombre no le importa si el cielo se desparrama en agua o cae un sol de plomo. César lleva siempre el sombrero como una prolongación de su cabeza, lo mismo que la pistola al cinto, la faja de hebilla gruesa y las botas puntudas que hacen juego con las gafas doradas que pocas veces se saca de encima. Es el prototipo del macho, torpe y arrogante. No una vez, sino varias, a lo largo de una hora y 20 minutos, César se aprieta con los codos la cintura, sube los hombros, se remanga el pantalón y se agarra con una mano la entrepierna. “Soy el más macho, el que manda en este lugar”, dice sin que haga falta después de frotarse el miembro con la mano. Luego, resopla como una bestia cansada.

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