“La Dulce Zona Púrpura”, una de las bandas emblemáticas del movimiento hippie nicaragüense. De izquierda a derecha: Ricardo Palma (guitarra), Armando Paladino (batería), René “Chapo” Domínguez (guitarra líder) y Janet Barnes (voz). Abajo, la fan de la agrupación Sammy Cordell durante un ensayo en La Tortuga Morada, en 1969. LA PRENSA / ARCHIVO REDES

“La Dulce Zona Púrpura”, una de las bandas emblemáticas del movimiento hippie nicaragüense. De izquierda a derecha: Ricardo Palma (guitarra), Armando Paladino (batería), René “Chapo” Domínguez (guitarra líder) y Janet Barnes (voz). Abajo, la fan de la agrupación Sammy Cordell durante un ensayo en La Tortuga Morada, en 1969. LA PRENSA / ARCHIVO REDES

Hippies en Managua: entre la psicodelia, el rock y la política

La élite de la Managua de los sesenta importó la moda hippie, que luego permeó en las clases populares hasta convertirse en un símbolo de rebeldía, sexo, drogas y política.

Una noche de viernes de 1968, más de cien personas se apretujaban en La Tortuga Morada entre humo de cigarrillo, olor a pachulí y luces de colores. El ambiente psicodélico estalló en euforia con el redoble de la batería, la organeta y la guitarra eléctrica. A continuación entró la voz de Ricardo Palma, líder y vocalista de Los Rockets, para interpretar Midnight Hour (Hora de Medianoche).

Así eran las fiestas de los hippies de élite en la Managua noctámbula: música en vivo en la discoteca que fue ícono de esta moda y por un tiempo hogar de Los Rockets.

A finales de los años sesenta, Managua cambió de apariencia. En una ciudad donde los hombres vestían con formalidad y las mujeres seguían códigos conservadores, una nueva generación dejó crecer su cabello, vistió pantalones campana y tiñó sus camisas con colores imposibles.

Esta moda no llegó por pasarela, sino a través de la música.

Los Beatles, Jimi Hendrix, The Rolling Stones y otras bandas que sonaban en discos y emisoras introdujeron en Nicaragua la música de una juventud contestataria. Junto con el sonido llegaron la estética y sus símbolos: melenas largas, flores, botas, prendas de mezclilla, colores psicodélicos y el emblema de la paz.

En Managua, esa moda halló refugio en La Tortuga Morada, fundada en 1968. Entre paredes oscuras, luces ultravioletas, afiches fluorescentes y música estruendosa, una generación empezó a reconocerse.

No todos compraban ropa nueva. Varios la confeccionaban o la transformaban: teñían camisas blancas con tintes de farmacia y ensanchaban pantalones hasta volverlos campanas. La mezclilla dejó de ser mero vestuario de trabajo para convertirse en una declaración juvenil.

Las mujeres incorporaron minifaldas, vestidos floreados, botas altas, prendas holgadas y accesorios. Los hombres abandonaron gradualmente el cabello corto y las camisas bien planchadas: una melena pasó a ser un acto de desafío.

El llamado “jipismo criollo” se extendió por círculos juveniles, universidades y foros musicales. En las fiestas coincidían jóvenes con cotonas de colores vivos, overoles de mezclilla, pantalones campana y camisas teñidas. El pachulí perfumó el ambiente y el rock marcó el ritmo de las noches.

Sin embargo, aquella transformación no ocurrió al margen de la realidad nicaragüense.

Bajo la dictadura somocista, las universidades se convirtieron en focos de creciente agitación estudiantil. Jóvenes que iniciaron rebelándose contra el mandato paterno terminaron cuestionando también el régimen político.

La frontera entre la rebeldía cultural y la política se volvió cada vez más tenue.

El terremoto del 23 de diciembre de 1972 transformó de nuevo Managua. La ciudad que acogió aquella efervescencia musical y juvenil quedó devastada: numerosos locales desaparecieron y varias bandas se disolvieron.

Luego, la crisis política de los setenta acaparó la escena. Para muchos jóvenes, la vestimenta dejó de ser la principal forma de rebeldía; la realidad del país imponía otras urgencias. Pese a todo, aquella moda dejó huella.

La banda Santana debutó en el festival de Woodstock en agosto de 1969, en pleno auge del movimiento contracultural. El grupo influyó en la moda hippie local y contó, además, con un integrante nicaragüense. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
La banda Santana debutó en el festival de Woodstock en agosto de 1969, en pleno auge del movimiento contracultural. El grupo influyó en la moda hippie local y contó, además, con un integrante nicaragüense. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
Un afiche de finales de los sesenta anuncia un mano a mano entre dos agrupaciones en el auge del «jipismo criollo» en Managua. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
Un afiche de finales de los sesenta anuncia un mano a mano entre dos agrupaciones en el auge del «jipismo criollo» en Managua. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
El rótulo original de La Tortuga Morada, discoteca de élite situada del cine González tres cuadras al oeste, punto de encuentro de los primeros hippies en Managua. LA PRENSA / ÓSCAR NAVARRETE
El rótulo original de La Tortuga Morada, discoteca de élite situada del cine González tres cuadras al oeste, punto de encuentro de los primeros hippies en Managua. LA PRENSA / ÓSCAR NAVARRETE
Roberto Rapaccioli, fundador de la discoteca La Tortuga Morada y pionero del movimiento hippie en Nicaragua. LA PRENSA / ARCHIVO
Roberto Rappaccioli, fundador de la discoteca La Tortuga Morada y pionero del movimiento hippie en Nicaragua. LA PRENSA / ARCHIVO
Portada del álbum Los Rockets en La Tortuga Morada, grabado por la banda en Costa Rica en 1969. Tras la apertura de este local, en Managua surgieron dos discotecas emblemáticas del movimiento hippie: The Happening y El Sapo Triste. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
Portada del álbum Los Rockets en La Tortuga Morada, grabado por la banda en Costa Rica en 1969. Tras la apertura de este local, en Managua surgieron dos discotecas emblemáticas del movimiento hippie: The Happening y El Sapo Triste. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
Roberto Rapaccioli con atuendo hippie durante una visita a Nueva York. LA PRENSA / ARCHIVO
Roberto Rappaccioli con atuendo hippie durante una visita a Nueva York. LA PRENSA / ARCHIVO
Las agrupaciones nacionales e internacionales influyeron de forma determinante en la moda hippie nicaragüense. En la imagen, el grupo managüense The Athomos. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
Las agrupaciones nacionales e internacionales influyeron de forma determinante en la moda hippie nicaragüense. En la imagen, el grupo managüense The Athomos. LA PRENSA / ARCHIVO REDES
José «Chepito» Areas, percusionista de la banda Santana, durante una entrevista con La Prensa cuando el grupo tocó en Nicaragua, en octubre de 1973. La abundancia de anillos en sus dedos, sumada a su melena y collares, reflejaba el apogeo de la moda hippie. ARCHIVO / LA PRENSA
José «Chepito» Areas, percusionista de la banda Santana, durante una entrevista con La Prensa cuando el grupo tocó en Nicaragua, en octubre de 1973. La abundancia de anillos en sus dedos, sumada a su melena y collares, reflejaba el apogeo de la moda hippie. ARCHIVO / LA PRENSA
Los Africans de Masaya, agrupación musical de comienzos de los setenta, también impuso su sello en la moda hippie. LA PRENSA / IMAGEN RESTAURADA CON IA
Los Africans de Masaya, agrupación musical de comienzos de los setenta, también impuso su sello en la moda hippie. LA PRENSA / IMAGEN RESTAURADA CON IA
En Nicaragua, muchos de esos jóvenes hippies se integraron a la guerrilla para combatir a la dictadura somocista. LA PRENSA / RICHARD CROSS
En Nicaragua, muchos de esos jóvenes hippies se integraron a la guerrilla para combatir a la dictadura somocista. LA PRENSA / RICHARD CROSS
Las manos y muñecas de la codictadora Rosario Murillo, recargadas de anillos y pulseras, rememoran la moda hippie que nunca abandonó. LA PRENSA / ESTEBAN FÉLIX
Las manos y muñecas de la codictadora Rosario Murillo, recargadas de anillos y pulseras, rememoran la moda hippie que nunca abandonó. LA PRENSA / ESTEBAN FÉLIX
El simbolismo, las luces psicodélicas, los “árboles de la vida” y los vistosos colores de los edificios institucionales evocan una estética lisérgica, fruto de las ideas hippies que arraigaron en la codictadora de Nicaragua. LA PRENSA / ÓSCAR NAVARRETE
El simbolismo, las luces psicodélicas, los “árboles de la vida” y los vistosos colores de los edificios institucionales evocan una estética lisérgica, fruto de las ideas hippies que arraigaron en la codictadora de Nicaragua. LA PRENSA / ÓSCAR NAVARRETE

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COMENTARIOS

  1. Hace 12 horas

    Este artículo me hizo volver a mi niñez y reflexionar sobre cómo una misma palabra puede representar cosas tan distintas según el lugar y la época en que uno la conoce.

    Nací en Managua en 1969, en el antiguo hospital El Retiro. Tenía tres años cuando ocurrió el terremoto de diciembre de 1972 y nos fuimos a Matagalpa. Recuerdo el parque Los Monos, la presencia de la Cruz Roja y las familias damnificadas que encontraban ayuda y alojamiento con familiares, conocidos y familias matagalpinas. Regresamos a Managua en marzo de 1973, cuando recién se fundaba Las Américas 1.

    De aquellos primeros años viene mi idea de lo que era un hippie. Los miraba con la admiración de un niño hacia los mayores: eran jóvenes que se veían modernos, gente «cool», como diríamos ahora. Usaban pantalones campana, afros y cadenas de bolitas como las de las placas de identificación militar. Hasta la palabra «hippie» tenía para mí un sonido novedoso, extranjero.

    El artículo habla de hippies de élite, pero mis recuerdos vienen de un barrio de gente trabajadora. Esa era mi clase y ese era mi mundo; yo no conocía la vida de los ricos. Los que identificábamos como hippies eran jóvenes de nuestro entorno que vestían de aquella manera. A esa edad yo no sabía de contracultura, movimientos sociales ni filosofías de vida. Veía la ropa, el cabello y esa apariencia que los distinguía de los adultos más tradicionales.

    Llegué a Estados Unidos a comienzos de los años noventa y aquí he pasado la mayor parte de mi vida. Una de las primeras veces que escuché llamar «hippie» a alguien fue para referirse a un hombre sin hogar, de cabello largo, desaseado y con un fuerte olor corporal. Me sorprendió, porque aquella imagen era completamente distinta de la que yo había conservado desde Nicaragua.

    Desde luego, ser hippie y vivir en la calle no son lo mismo. Lo que cuento es el contraste entre el significado que aquella palabra tenía en mis recuerdos y el uso que encontré después en ciertos ambientes de Estados Unidos. Para el niño que fui, un hippie era un joven a la moda; en aquella experiencia de adulto, la misma palabra aparecía asociada con el abandono de la apariencia y la vida en la calle.

    Quizá influyeron las décadas transcurridas y las distintas formas en que cada sociedad adoptó aquella cultura. También me he preguntado si algunas personas que conservaron el ideal de «amor y paz» siguieron una vida bohemia y terminaron al margen de la sociedad. Pero eso es una impresión personal; no conozco sus historias como para afirmarlo.

    Después conocí otras etiquetas, como «yuppie» y «yuca», esta última usada en los ambientes que conocí para describir una especie de versión hispana del joven elegante, bien vestido y con imagen de prosperidad. Nunca me he identificado especialmente con esas categorías. Siempre me ha gustado usar ropa de vestir, camisa de manga larga con las mangas dobladas, el cabello recortado y la cara afeitada, sin sentir que eso me haga pertenecer a una tribu.

    Por eso, los hippies que describe este artículo se parecen mucho más a los que quedaron en mi memoria infantil: jóvenes con campanas, afros, cadenas y una manera de vestir que a mí me llamaba la atención. La palabra viajó conmigo, pero al llegar a otro país descubrí que podía despertar imágenes muy diferentes.

    Es curioso cómo uno se lleva su país en la memoria: hasta las palabras conservan la ropa que tenían cuando las conocimos.

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