Una noche de viernes de 1968, más de cien personas se apretujaban en La Tortuga Morada entre humo de cigarrillo, olor a pachulí y luces de colores. El ambiente psicodélico estalló en euforia con el redoble de la batería, la organeta y la guitarra eléctrica. A continuación entró la voz de Ricardo Palma, líder y vocalista de Los Rockets, para interpretar Midnight Hour (Hora de Medianoche).
Así eran las fiestas de los hippies de élite en la Managua noctámbula: música en vivo en la discoteca que fue ícono de esta moda y por un tiempo hogar de Los Rockets.
A finales de los años sesenta, Managua cambió de apariencia. En una ciudad donde los hombres vestían con formalidad y las mujeres seguían códigos conservadores, una nueva generación dejó crecer su cabello, vistió pantalones campana y tiñó sus camisas con colores imposibles.
Esta moda no llegó por pasarela, sino a través de la música.
Los Beatles, Jimi Hendrix, The Rolling Stones y otras bandas que sonaban en discos y emisoras introdujeron en Nicaragua la música de una juventud contestataria. Junto con el sonido llegaron la estética y sus símbolos: melenas largas, flores, botas, prendas de mezclilla, colores psicodélicos y el emblema de la paz.
En Managua, esa moda halló refugio en La Tortuga Morada, fundada en 1968. Entre paredes oscuras, luces ultravioletas, afiches fluorescentes y música estruendosa, una generación empezó a reconocerse.
No todos compraban ropa nueva. Varios la confeccionaban o la transformaban: teñían camisas blancas con tintes de farmacia y ensanchaban pantalones hasta volverlos campanas. La mezclilla dejó de ser mero vestuario de trabajo para convertirse en una declaración juvenil.
Las mujeres incorporaron minifaldas, vestidos floreados, botas altas, prendas holgadas y accesorios. Los hombres abandonaron gradualmente el cabello corto y las camisas bien planchadas: una melena pasó a ser un acto de desafío.
El llamado “jipismo criollo” se extendió por círculos juveniles, universidades y foros musicales. En las fiestas coincidían jóvenes con cotonas de colores vivos, overoles de mezclilla, pantalones campana y camisas teñidas. El pachulí perfumó el ambiente y el rock marcó el ritmo de las noches.
Sin embargo, aquella transformación no ocurrió al margen de la realidad nicaragüense.
Bajo la dictadura somocista, las universidades se convirtieron en focos de creciente agitación estudiantil. Jóvenes que iniciaron rebelándose contra el mandato paterno terminaron cuestionando también el régimen político.
La frontera entre la rebeldía cultural y la política se volvió cada vez más tenue.
El terremoto del 23 de diciembre de 1972 transformó de nuevo Managua. La ciudad que acogió aquella efervescencia musical y juvenil quedó devastada: numerosos locales desaparecieron y varias bandas se disolvieron.
Luego, la crisis política de los setenta acaparó la escena. Para muchos jóvenes, la vestimenta dejó de ser la principal forma de rebeldía; la realidad del país imponía otras urgencias. Pese a todo, aquella moda dejó huella.











