Entre finales de octubre y comienzos de noviembre de 1998, el fenómeno devastó buena parte de Centroamérica y dejó miles de muertos, comunidades desaparecidas, familias sepultadas bajo toneladas de lodo y daños económicos que tardaron años en repararse.
Mitch alcanzó la categoría 5 en la escala Saffir-Simpson, la máxima posible, pero su mayor poder destructivo no estuvo en los vientos, sino en las lluvias torrenciales que provocaron inundaciones y deslizamientos de tierra. Honduras y Nicaragua fueron los países más castigados. En territorio nicaragüense, los registros oficiales recogidos por el Ejército contabilizaron 3,045 muertos, 970 desaparecidos y más de 368,000 damnificados.
Gigante letal. Mitch alcanzó vientos sostenidos de aproximadamente 285 kilómetros por hora y una presión mínima de 905 milibares el 26 de octubre de 1998. Sin embargo, su saldo humano resultó mucho más extraordinario que su intensidad meteorológica. El Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos estima que provocó alrededor de 9,000 muertes en Centroamérica, además de otros 9,000 desaparecidos. Las cifras regionales varían según las fuentes y los criterios de contabilización. Su nombre fue retirado de las listas de ciclones del Atlántico, una medida reservada para fenómenos especialmente destructivos o mortíferos.
Ojo. Una de las particularidades más sorprendentes del Mitch es que su centro nunca atravesó Nicaragua. El huracán alcanzó su máxima intensidad sobre el Caribe y posteriormente se desplazó hacia Honduras, donde descargó lluvias extraordinarias. Sin embargo, las bandas nubosas del ciclón extendieron sus efectos sobre buena parte del territorio nicaragüense. Durante varios días llovió sin descanso, los ríos se desbordaron y las montañas comenzaron a derrumbarse.
Mortal. El balance de víctimas del Mitch en Nicaragua alcanzó dimensiones extraordinarias. Una memoria histórica del Ejército registra 3,045 fallecidos y 970 desaparecidos, aunque otras evaluaciones de la época presentan cifras diferentes debido a las dificultades para contabilizar a las víctimas. Familias enteras desaparecieron, numerosos cuerpos quedaron enterrados bajo el lodo y muchas comunidades perdieron sus registros familiares y viviendas. Los desaparecidos constituyeron una de las heridas más dolorosas: para centenares de familias, la tragedia terminó sin un cuerpo que sepultar ni una certeza definitiva sobre el destino de sus seres queridos.

Casita. El 30 de octubre de 1998 ocurrió el episodio más mortífero del Mitch en Nicaragua. Una gigantesca avalancha descendió por las laderas del volcán Casita, en Chinandega, y arrasó las comunidades de El Porvenir y Rolando Rodríguez, pertenecientes al municipio de Posoltega. Según investigaciones del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), murieron unas 2,500 personas, prácticamente toda la población de ambos asentamientos. Las viviendas, los cultivos, los caminos y los animales quedaron sepultados. Donde antes había comunidades campesinas, después de la avalancha solo quedó una enorme extensión de lodo, piedras y árboles arrancados.
Tres minutos. Uno de los hallazgos más estremecedores de las investigaciones científicas sobre el volcán Casita fue el escaso tiempo disponible para escapar. Según un estudio publicado en 2005 por especialistas del USGS, entre el momento en que los habitantes pudieron percibir la llegada del flujo y la destrucción de sus comunidades transcurrieron apenas entre dos minutos y medio y tres minutos. La avalancha descendía con una fuerza extraordinaria y arrastraba árboles, rocas y sedimentos. Para quienes se encontraban en su trayectoria, prácticamente no existió oportunidad de organizar una evacuación ni buscar un refugio seguro.
Avalancha. El desastre del Casita comenzó con el desprendimiento de aproximadamente 1.6 millones de metros cúbicos de rocas y materiales volcánicos. Al descender, la avalancha incorporó agua, tierra y sedimentos hasta convertirse en un flujo de entre dos y cuatro millones de metros cúbicos. Según el USGS, en algunos sectores alcanzó 1.2 kilómetros de anchura y entre tres y seis metros de profundidad. La fuerza de aquella masa fue suficiente para destruir prácticamente todo cuanto encontró a su paso.
Fosas comunes. La magnitud de la tragedia en Posoltega hizo imposible identificar y sepultar individualmente a numerosas víctimas. Cuatro días después del deslave, los equipos de rescate todavía trabajaban entre restos humanos y viviendas destruidas, mientras las posibilidades de encontrar sobrevivientes eran prácticamente inexistentes. Reportajes de LA PRENSA describieron cuerpos irreconocibles, algunos desmembrados y en descomposición, que debieron ser enterrados en fosas comunes. Las comunidades vecinas solicitaron una ceremonia religiosa para despedir a las víctimas. El lugar donde antes existían dos poblados se había convertido en un inmenso cementerio.

Huérfanos. Entre las consecuencias más dolorosas del deslave del Casita estuvo la situación de los niños que perdieron a sus padres. Una crónica de El País publicada en mayo de 2001 señaló que cerca de doscientos menores quedaron huérfanos como consecuencia de aquella catástrofe. Muchos sobrevivientes perdieron simultáneamente a varios familiares, sus viviendas y los medios de subsistencia. La reconstrucción no consistía únicamente en levantar nuevas casas: también implicaba encontrar protección y estabilidad para quienes habían quedado solos. Para esos niños, el Mitch significó crecer sin sus padres y con el recuerdo de una comunidad desaparecida.
Antecedentes. Las investigaciones posteriores revelaron que el terreno donde se levantaban las comunidades destruidas por el Casita ya había sido recorrido por antiguos flujos de lodo volcánico. Un estudio científico publicado en 2005 identificó evidencias geológicas de al menos tres avalanchas de dimensiones semejantes en el mismo sector durante miles de años anteriores. Los asentamientos de El Porvenir y Rolando Rodríguez habían sido construidos sobre una antigua trayectoria de esos flujos, conocidos como lahares. El hallazgo mostró que el peligro no era nuevo, aunque sus consecuencias mortales se materializaron durante el Mitch.
Destrucción. El Mitch dejó sin hogar a decenas de miles de nicaragüenses. El informe final del Comité Nacional de Emergencia contabilizó 23,854 viviendas completamente destruidas y otras 17,566 dañadas, para un total de 41,420 casas afectadas. Detrás de esas cifras había familias que perdieron muebles, ropa, documentos, herramientas y prácticamente todo cuanto poseían. Algunas viviendas fueron arrastradas por los ríos y otras quedaron enterradas o inhabitables. La destrucción también obligó a trasladar comunidades y construir nuevos asentamientos, porque numerosos terrenos habían quedado expuestos a inundaciones y deslizamientos.
Puentes. El sistema de transporte nicaragüense sufrió una devastación extraordinaria. Un balance oficial registró 54 puentes destruidos y otros 29 dañados, además de 1,300 kilómetros de carreteras pavimentadas y 11,918 kilómetros de caminos no pavimentados afectados. Las crecidas arrastraron estructuras que durante años habían permitido comunicar poblados, transportar cosechas y abastecer mercados. En numerosos lugares, viajar se convirtió en una operación peligrosa o imposible. La pérdida de esas conexiones también perjudicó la economía: agricultores y comerciantes quedaron sin rutas para sacar sus productos, mientras la ayuda humanitaria enfrentaba obstáculos para llegar a los damnificados.

Arnoldo Alemán. Mientras las inundaciones arrasaban Nicaragua, el presidente Arnoldo Alemán se resistió a declarar el estado de emergencia nacional. Felícita Zeledón, alcaldesa de Posoltega, había advertido durante días sobre la gravedad de las inundaciones y el aislamiento de las comunidades, pero sus llamados fueron ignorados, incluso cuando informó a la Presidencia que la avalancha del Casita ya había ocurrido. El Gobierno se limitó a declarar una “situación de desastre natural”. Alemán argumentaba que no todo el país estaba afectado. Su actuación provocó acusaciones de negligencia y de haber retrasado la respuesta gubernamental.
Corrupción. Uno de los escándalos de corrupción más indignantes relacionados con el Mitch involucró a Byron Jerez, director general de Ingresos y estrecho colaborador del presidente Arnoldo Alemán. Una investigación de la Contraloría confirmó las denuncias periodísticas de que Jerez había construido una residencia de veraneo con fondos destinados a socorrer a los damnificados. El caso formó parte de las investigaciones sobre el desvío de recursos públicos durante aquella administración. Años después, el exprocurador Alberto Novoa denunció que donaciones para las víctimas habían financiado mansiones en Pochomil Viejo vinculadas a Alemán y Jerez.