Homilía en el Krome North Service Processing Center
XXV Domingo del Tiempo Ordinario
Miami, 19 de septiembre de 2026
Queridos hermanos:
Vengo hoy a celebrar la Eucaristía con ustedes, no como quien visita una cárcel, sino como quien viene a estar con su propia familia. Soy obispo, pero sobre todo soy su hermano, y quiero que sepan que, aunque estas paredes los separan del mundo, no los separan de Dios ni de la Iglesia. Entre ustedes hay hermanos a quienes conozco de cerca, a quienes quiero de manera muy personal, y eso hace que este momento sea, para mí también, hondamente entrañable. Vengo a compartir con ustedes el Pan de la Palabra de Dios, fuente de vida y esperanza, con todo el respeto y todo el amor que ustedes merecen.
Sé que para ustedes la vida aquí adentro es dura. A veces oscura, a veces indescifrable. Están privados de su libertad, lejos de todo lo suyo: de sus esposas, de sus hijos, de sus madres. Muchos vienen huyendo de dictaduras que no les dejaron otro camino que el exilio. Y ahora, en lugar de encontrar la paz que buscaban, se encuentran aquí, sin saber con certeza qué será de sus vidas mañana. No siempre podemos entender por qué ocurren las cosas. Pero siempre, siempre, podemos preguntarnos para qué. Y para responder esa pregunta, necesitamos contar con Dios. No estamos solos en esta vida, aunque a veces lo sintamos así. Si solo miramos nuestras propias fuerzas, o si pensamos que nuestra vida depende únicamente de otros o del azar de los acontecimientos, la existencia se nos hace estrecha, y el pesimismo y el sentido de derrota terminan abrumándonos. Pero con Dios, la vida siempre tiene una salida.
En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús nos habla de unos trabajadores que esperaban en la plaza del pueblo, sin trabajo, sin nada que hacer, esperando que alguien, por fin, los mirara y los llamara (Mt 20,1-16). Así nos sentimos a veces nosotros: sentados, solos, olvidados, como si nadie se fijara en nosotros, como si el mundo hubiera seguido su curso sin nosotros, dejándonos atrás. Atados al pasado, sin ver hacia adelante, resignados, mirando hacia atrás y lamentándonos del presente. Pero un dueño de una viña sale, una y otra vez, a buscar a esos trabajadores. Sale a las seis de la mañana, a las nueve, al mediodía, a las tres de la tarde, y hasta a las cinco, cuando ya casi no queda tiempo, cuando ya nadie esperaría que alguien viniera a buscarlos.
Ese dueño de la viña es Dios. Dios no espera a que lo busquemos: él siempre sale a nuestro encuentro. En cada hora de nuestra vida, en cada circunstancia, sobre todo en las más difíciles, Dios viene a buscarnos. Para él, siempre hay un futuro. Él tiene un plan de amor para cada uno de ustedes. Las paredes de un centro de detención no cierran ese futuro. Dios no quiere que se sientan inútiles, olvidados, ni descartados. No quiere que se sientan víctimas ni de sus propios errores ni de las injusticias que hayan podido sufrir. No sirve quedarnos rumiando el pasado ni con remordimiento ni con rabia. Dios nos llama a mirar hacia adelante.
El dueño de la viña quiere trabajadores para su viña. Quiere trabajadores. Y por eso la pregunta decisiva no es «¿por qué me pasó esto a mí?», sino «¿para qué me quieres, Señor, aquí y ahora? ¿En qué he de trabajar hoy, incluso detrás de estos muros? ¿Qué puedo hacer todavía por los míos? ¿Qué debo hacer para que, a pesar de todo, el mundo sea un poco mejor?» Ese dueño de la viña, al final, no pregunta cuánto trabajaron sus obreros: a todos les da lo mismo, el mismo salario, sin importar las horas (Mt 20,9-10). A Dios no le interesan tanto nuestras cualidades como nuestras necesidades. Él no lleva la cuenta de nuestras virtudes para premiarnos, ni de nuestras faltas para castigarnos. Su amor es completamente gratuito. Nos ama, sencillamente, y nos ama apasionadamente, sin condiciones y sin medida.
Algunos, en la parábola, protestan: les parece injusto que el dueño trate igual a quien trabajó una hora y a quien trabajó doce. Y el dueño les responde: «¿Acaso no te pagué lo que acordamos? ¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,13.15). Dios no anula la justicia: cumple con pagar a cada trabajador lo acordado, hasta el último centavo. Pero no se queda ahí; va más allá de la justicia, la supera, porque su amor es más grande que cualquier cálculo humano. A diferencia de los trabajadores que protestaron, a nosotros no debería molestarnos nunca la bondad de Dios. Al contrario: la necesitamos, la necesitamos con toda el alma, sobre todo en un mundo tantas veces duro, excluyente, frío e injusto como el que a ustedes les ha tocado vivir.
Por eso, hermanos, los invito a acercarse hoy ante Dios con confianza. Acérquense con las manos vacías, para que él las llene. Acérquense con sus tristezas, con sus heridas, con la soledad de estos días, con el miedo por sus familias, con las lágrimas que quizás no han podido llorar delante de nadie. Preséntense así ante Dios, porque así, exactamente así, es como él los quiere recibir hoy: para consolarlos, para llenarlos de esperanza, para decirles, uno por uno, con el cariño de un Padre: «Levántate, todavía hay un lugar para ti, tu vida puede volver a comenzar.»
Y ustedes ya han comenzado a hacerlo, cada vez que sostienen la fe en medio de esta prueba, cada vez que rezan por sus familias, cada vez que se cuidan unos a otros aquí adentro como hermanos, cada vez que, a pesar del dolor, no dejan que la amargura les robe el alma. Ese es el trabajo que Dios les pide hoy en su viña, aunque sea detrás de estos muros: seguir creyendo, seguir amando, seguir esperando. Las paredes pueden encerrar el cuerpo, pero no pueden encerrar la esperanza de quien confía en Dios. Con el Señor, lo mejor siempre está por venir.
Pienso también, en este momento, en sus esposas, en sus hijos, en sus madres, que hoy sufren lejos de ustedes, contando también ellos las horas, esperando también ellos una noticia, un futuro. No están solos, ni ustedes ni ellos; la oración de la Iglesia los acompaña a todos. Que la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo que hoy compartimos les recuerden que Dios camina con ustedes, aquí, ahora, en esta misma sala, y que su bondad, más grande que cualquier injusticia humana, un día habrá de traerles la libertad, la justicia y la paz que ustedes tanto merecen.
Silvio José Báez, o.c.d.
Obispo Auxiliar de Managua