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En el frenético y convulso juego de ajedrez que domina la política nicaragüense, con la dictadura sacrificando como peones a antiguos militantes de peso del Frente Sandinista, el sociólogo Óscar René Vargas advierte en el horizonte próximo, en pocas movidas, una amenaza de jaque al régimen.
Vargas usa el término zugzwang como una metáfora para explicar que la dictadura Ortega-Murillo está en una situación donde cualquier decisión que tome, sea reprimir, purgar, o hacer cambios legales, no le da ventajas claves, sino que profundiza su crisis. Pero aun así está obligada a moverse, porque quedarse quieta también la debilita.
“Es un juego donde la reina (Murillo) sigue moviéndose, pero cada movimiento, en lugar de fortalecerla, la acerca más al jaque mate”, dice el sociólogo.
La reciente caída en desgracia de figuras históricas del sandinismo como Bayardo Arce, cerebro económico del régimen; y del exjefe de la Seguridad del Estado, Lenín Cerna, guardián de las operaciones de represión más oscuras que se conocen en la historia del sandinismo, revela, a criterio de Vargas, el movimiento de una pieza decisiva: “la reina sacrifica a sus propios alfiles, torres y caballos”.
Para Vargas, el fenómeno no se trata de una estrategia de poder calculado, sino de “reacciones desesperadas en un contexto de implosión que viene carcomiendo las bases del sandinismo desde hace años”.
Según su análisis del tablero político de Nicaragua, la partida no es favorable al régimen aunque al otro lado del tablero no tenga a un contrincante claro: el rey, Daniel Ortega, ha quedado inmóvil; y la reina, Rosario Murillo, se mueve sin freno ni estrategia clara.
“La dictadura se encuentra en una situación de zugzwang, es decir, cualquier movimiento que haga solo empeorará su situación”, insiste.
En ajedrez, “zugzwang” (del alemán Zug, jugada y Zwang, obligación) es una situación en la que un jugador se ve obligado a mover, pero cualquier movimiento que haga empeora su posición.
Es decir, si pudiera pasar el turno, estaría mejor, pero como las reglas del ajedrez obligan a mover en cada turno, ese movimiento forzado lo acerca a la derrota, explica Vargas, autor del reciente libro “¿Jaque Mate? Nicaragua 2025-2026”.

Una purga sin precedentes
En pocas semanas, el régimen ha enviado señales inequívocas de descomposición interna a juico de Vargas.
El caso más emblemático es el del comandante Bayardo Arce Castaño, uno de los nueve históricos de la Dirección Nacional del FSLN.
Durante casi dos décadas fue asesor presidencial de Ortega en temas económicos. El fin de semana pasado, le retiraron la escolta. El lunes, la Policía allanó sus oficinas y su vivienda. Lo llevaron a una “entrevista” y, desde entonces, permanecía bajo arresto domiciliario. Luego lo sacaron de su casa, y aparentemente está en la cárcel.
Lenín Cerna Juárez, otro hombre de absoluta confianza de Ortega, también cayó en desgracia.
Exjefe de la temida Dirección General de la Seguridad del Estado (DGSE) en los años 80, Cerna fue señalado durante décadas por su papel en torturas y asesinatos a opositores.
Durante los años 90, organizó los comandos electorales con los que el FSLN operó su maquinaria de control territorial. En 2022 fue sancionado por Estados Unidos. Hoy, a sus 78 años, está prófugo. “Está escondido, de casa en casa de seguridad”, confirmó a LA PRENSA una fuente cercana al caso.
Ambos eran considerados leales incondicionales a Ortega, pero no a Murillo, como muchos otros altos ex jefes policiales y militares en retiro.




Nadie está seguro con Murillo
Las recientes purgas en la cúpula del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, revelan un proceso planificado y estratégico que responde a la transición dinástica en curso dentro de la dictadura nicaragüense, ante la cual nadie puede sentirse seguro.
Así lo analizaron a LA PRENSA los opositores y analistas como Héctor Mairena, Eliseo Núñez y Juan Carlos Gutiérrez, quienes coinciden en que estas medidas no responden a episodios aislados, sino a un diseño de poder que apunta a consolidar un modelo familiar autoritario encabezado por Murillo.
Desde su designación como candidata a la vicepresidencia en 2016, Murillo ha ido desplazando el liderazgo histórico del FSLN y sustituyéndolos por liderazgos más jóvenes y dóciles.
Según Eliseo Núñez, aquel año marcó el inicio del plan sucesorio y de un proceso sistemático para debilitar a figuras incómodas dentro del régimen, lo que incluyó la eliminación política de 58 diputados opositores por orden del Consejo Supremo Electoral.
Núñez subraya que, desde entonces, el régimen inició la transformación de un sistema autoritario hacia un modelo dinástico, acelerado por la rebelión social de 2018 y culminado en 2025 con la imposición de una constitución que consagra un Estado totalitario.
En este contexto, la purga de Bayardo Arce y Cerda, simboliza la desarticulación de los “cuadros históricos”, una estrategia impulsada por Murillo para asegurar que las nuevas lealtades estén centradas exclusivamente en su figura y en la de sus hijos y no en la lealtad a Ortega.
“Todo lo que estuvo alrededor de Ortega ya no es posible sostenerlo”, apunta Núñez, quien agrega que el régimen ha venido “desgastando” a quienes no simpatizan plenamente con Murillo o no pertenecen al núcleo familiar.
Héctor Mairena señala que Murillo carece de legitimidad interna dentro del sandinismo y que su ascenso genera rechazo en sus propias filas.
«Ella se ve a sí misma como la sucesora, pero necesita despejar el camino. No cuenta con el reconocimiento ni siquiera de los leales”, indica.
Por ello, considera que el deterioro físico y mental de Ortega acelera la jugada de consolidar la sucesión sin tropiezos, recurriendo a la eliminación de cualquier potencial contradicción dentro del aparato del poder.
Aunque estas fisuras internas reflejan una debilidad real del régimen, Núñez advierte que, por sí solas, no provocarán su colapso. Sin embargo, sí generan una oportunidad estratégica para una oposición que logre articularse con una voz unificada. “La transición a un modelo familiar vuelve al régimen más vulnerable”, concluye.




Imponiendo a los «chigüines»
El sociólogo Juan Carlos Gutiérrez agregó en declaraciones a este medio, un elemento clave dentro el fenómeno político: la narrativa revolucionaria y heroica del FSLN está en declive.
Murillo y sus hijos carecen de raíces ideológicas o experiencia política. “Son nuevos ricos, pequeños burgueses, y nada de la narrativa histórica del FSLN cuaja con ellos”, advierte. Esto explica por qué también están desmontando símbolos, estructuras y lealtades del sandinismo tradicional.
En ello coincide el sociólogo Freddy Quezada, quien con humor negro y sorna, señala que los hijos de Ortega Murillo no se han ganado por sí mismos el respeto de las bases sandinistas y que por ello Murillo está queriendo imponerlos a costa de represión y fuerza.
«Repito: no se aprende a mandar, cantando ópera. Somoza García, General de la Guardia Nacional, puso a Somoza Debayle al frente del ejército y este a Somoza Portocarrero al frente de la EEBBI. Aprendieron a mandar en las instituciones más desnudas del poder. Al otro hijo, Somoza García lo envió a hacerse obedecer por los políticos en el Congreso», analiza.
Según él, «Laureano Ortega Murillo, no tardaría ni una semana en ser desplazado. Tiene más experiencia la mama. Comparen ese saludo de Laureano a los altos oficiales del ejército en su última visita y parece una señorita brindando su mano al papá para bailar la primera pieza de sus quince años».
«A Somoza Portocarrero yo lo recuerdo en cuclillas, al centro de un círculo, con sus anteojos Ray Ban y su uniforme de fatiga, rodeado de los oficiales de la EEBI, listos para recibir sus órdenes de reprimir al pueblo. Ese hombre mandaba, el otro sólo obedece», compara.

¿Por qué ahora? ¿Por qué ellos?
Óscar René Vargas ofrece una lectura integral de estas detenciones que parecen jugadas sin sentido: “La razón de la represión actual es el temor del régimen a que haya figuras que no estén de acuerdo con la sucesión dinástica de Murillo y sus hijos”.
Desde que Murillo fue designada vicepresidenta en 2016, ha ido desplazando lentamente a los cuadros históricos del FSLN, con cárcel, aislamiento, juicios y confiscaciones.
El objetivo según Vargas es: desmontar cualquier estructura que no responda a su control directo. “Murillo está despejando el camino. Su estrategia es eliminar a quienes podrían representar una alternativa de poder tras la muerte de Ortega”, sostiene Vargas.
El contexto es clave. Ortega, de 79 años, padece múltiples enfermedades crónicas y, según varias fuentes, muestra señales de deterioro cognitivo severo. Ante ello, el régimen ha diseñado un modelo sucesorio familiar donde Murillo quiere imponer a Laureano Ortega, el más mediático de los hijos de la dictadura familiar.
Pero Vargas analiza que no todos dentro del sandinismo lo aceptan. “El problema es que Murillo no representa los valores ni la narrativa del FSLN. Ella y sus hijos son figuras que encajan en la aceptación social de las bases”, dice.
Por eso, según Vargas, “las purgas no tienen lógica ni fortaleza. Son movimientos desesperados de una reina que sabe que ya no puede ganar la partida”.
Repercusiones en marcha
Las consecuencias de esta implosión, según Vargas, tendrán repercusiones en varios niveles.
En primer lugar, dentro de la base social del orteguismo. Vargas señala que el ciudadano común, aquel que apoyaba al FSLN sin militar activamente, hoy “no entiende lo que está sucediendo”.
Este desconcierto lleva al “silencio y al repliegue político”, un fenómeno que “fragiliza aún más al régimen, porque pierde el respaldo de sus propias bases”.
En segundo lugar, el gran capital comienza a retirarse silenciosa y subrepticiamente. “Las confiscaciones, como las ocurridas con los caídos en desgracias, generan incertidumbre. No hay seguridad jurídica. Nadie que tenga capital visible en Nicaragua puede sentirse seguro. Si son capaces de confiscar a los suyos, qué pueden pensar los demás. Eso afecta las ganancias, desalienta la inversión y provoca una fuga de capital limitada pero constante”, explica Vargas.
“Las élites económicas ya no saben cómo se va a desarrollar la situación. No les conviene este escenario, pero también temen ser reprimidas si actúan en contra”, añade.




El Ejército: la torre que podría cambiar de bando
Uno de los actores más silenciosos pero estratégicos en este ajedrez es el Ejército de Nicaragua. Aunque se ha mantenido públicamente alineado al régimen, en defensa de la reina, Vargas advierte: “El Ejército es camaleónico. Hoy está con Murillo, pero mañana podría no estarlo. Su prioridad es sobrevivir como institución”.
No se trata solo de un actor militar, dice Vargas, sino de un poder económico que también se puede ver afectado en estas frenéticas jugadas de poder. El Ejército controla empresas, propiedades y maneja recursos económicos de alto nivel.
“Tiene más poder económico que muchos banqueros”, sostiene Vargas. La implosión del régimen también lo afectará. “Si el Ejército considera que la permanencia del orteguismo lo pone en riesgo, no dudará en maniobrar”, señala.
Represión como única jugada
Desde 2018, año del estallido social que marcó el inicio de la crisis, el régimen ha perdido aliados en todos los sectores tradicionales de peso en la sociedad: entre la intelectualidad, con la sociedad civil, con los poderes religiosos, con la clase media independiente, con los diplomáticos, con los empresarios y hasta con sectores como el estudiantado y las academias.
Lo único que mantiene su dominio es la fuerza. “Han recurrido a la represión porque ya no tienen herramientas políticas. El poder ya no está basado en la legitimidad ni en el consenso, sino en el miedo”, sostiene Vargas.
La Constitución de 2025, redactada a medida del régimen, formalizó un Estado totalitario. Pero esa consolidación legal no ha evitado el desgaste, advierte. “Aunque parezca más fuerte, el régimen hoy es más débil que en 2018. No hay política, ni diálogo, ni análisis, solo coerción”, afirma.
Murillo, según Vargas, “no hace cálculos estratégicos. Actúa desde la urgencia y el miedo”.
Un factor que asoma en el tablero, y que pueda incidir en acelerar el proceso de implosión, según Vargas, es la caída de las remesas por las políticas antimigrantes de Estados Unidos.
“La perspectiva económica es negativa: caen las remesas, las exportaciones, las inversiones extranjeras, y crece la deuda externa. Los organismos financieros ya no quieren financiar a un régimen despótico”. dice.
Por eso, concluye, “cuanto más recurre a la represión, más se fragiliza”.

El jaque sin salida
La imagen más potente que deja Vargas es la del zugzwang, término técnico del ajedrez: “El régimen Ortega-Murillo se halla políticamente en una situación de zugzwang, ya que cualquier acción que tome, incluso la inacción, empeorará su situación sociopolítica, producto de su autoaislamiento internacional y su descomposición interna en algunos anillos de poder”.
Murillo, como reina, sigue moviendo piezas: purgas, reformas, represión. Pero cada jugada la acerca más a la derrota, calcula Vargas.
“El régimen se encuentra atrapado en un dilema donde ninguna opción es positiva. Está obligado a seguir actuando, aunque sabe que ninguna acción le es beneficiosa. Yo veo un jaque en pocas movidas, en poco tiempo y sin capacidad de revertir el jaque mate”, reflexiona Vargas.
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