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Le llamaremos “Camilo” para preservar su identidad. Camilo es indígena mayangna y relató que su abuelo le enseñó a leer en el bosque, pero siempre creyó que su vida y la de su familia estarían ligadas a su tierra. Sin embargo, la llegada de los colonos cambió su perspectiva.
“Hace tres años, hombres armados llegaron a nuestra comunidad en la madrugada. Quemaron nuestras casas, mataron nuestro ganado y nos dijeron que esa tierra ya no era nuestra. Nos obligaron a salir con lo poco que pudimos cargar”, relató.
Él y su familia caminaron durante días por la espesura del monte hasta que encontraron un lugar seguro en otro territorio.
“A pesar de todo, seguimos siendo mayangna. Mi gente no olvida sus raíces”, afirma, aunque advierte que ha tenido que adaptarse a las nuevas costumbres de la zona donde vive.
Miguel, otro comunitario consultado bajo condición de anonimato por temor a represalias, relata que, cuando los comunitarios pierden sus tierras debido a la invasión de colonos, se ven obligados a abandonar sus hogares en busca de nuevos lugares donde trabajar en cualquier oficio.
“Muchos se van a trabajar en las fincas cafetaleras, en las tabacaleras; algunos se trasladan a Managua y otros emigran a Costa Rica. En las comunidades, muchas veces encontrás las casas cerradas porque la gente ya no está”, señala en declaraciones a LA PRENSA.
Las Regiones Autónomas del Caribe Norte y Sur de Nicaragua son multiétnicas y albergan diversas etnias, entre ellas los miskitos, sumu/mayangnas, ramas y afrodescendientes (creoles y garífunas). Los pueblos indígenas gozaron de una autonomía de facto hasta su anexión al Estado de Nicaragua en 1905, sin haber sido parte de alguna negociación.
Hay un esfuerzo por conservar las costumbres e identidad
“Juan”, un líder comunitario mayangna que pidió el anonimato por razones de seguridad, asegura que el desarraigo afecta la cultura y las costumbres de su pueblo, aunque muchos deben incorporar nuevas prácticas como una forma de resiliencia y adaptación al entorno.
“Cuando hay una situación de desplazamiento, el indígena sale de su espacio, de su hábitat natural, de su entorno donde obtiene su alimento y todo”, explica.
“Al llegar a un área urbana, se enfrenta a una cultura diferente y tiene que adaptarse, cambiar su forma de vida e incluso su manera de hablar para poder subsistir”, añade.
Uno de los primeros cambios es el idioma. La mayoría de los mayangnas crecen hablando su lengua materna, pero al mudarse a las ciudades o comunidades mestizas, el español se convierte en una herramienta de supervivencia.
“Nuestros jóvenes comienzan a hablar español y cuando regresan a la comunidad, ya mezclan su lengua materna con expresiones ajenas a nuestra forma de hablar”, dice el comunitario.
A pesar de estas influencias externas, hay quienes luchan por mantener vivas sus tradiciones.
“Hay padres que, independientemente de haber sido desplazados, no dejan de hablar su lengua en casa ni de comunicarse con su gente en la comunidad”, señala. Este contacto constante con su origen ayuda a preservar la identidad cultural y fortalece el sentido de pertenencia.
Para los mayangnas, la relación con la naturaleza es fundamental. Su cosmovisión se basa en la conexión espiritual con la tierra, una concepción que contrasta con el modelo de desarrollo impuesto por el gobierno y las empresas extractivas.
Cultura arraigada y resiliencia
La defensora de los derechos de los pueblos indígenas, Keyla Chow, aseveró que la cultura de los pueblos indígenas en Nicaragua es profundamente arraigada y resistente.
“A pesar de los procesos de imposición y la invasión de colonos en nuestros territorios, nuestras tradiciones y costumbres no desaparecen fácilmente. Sin embargo, la permisividad del régimen de Ortega y Murillo ha generado una creciente inseguridad en las comunidades indígenas, afectando nuestra forma de vida y forzando a muchas personas a abandonar sus hogares”, señaló.
Según Chow, la identidad cultural de los pueblos indígenas está estrechamente ligada al territorio, ya que dependen de la siembra y la producción en sus parcelas para su alimentación y sustento.
“Cuando nos vemos obligados a migrar, no solo perdemos nuestra tierra, sino también nuestro principal medio de supervivencia. Esto genera inseguridad alimentaria y dificulta la preservación de nuestras costumbres”, afirmó.
“La gastronomía, la vida comunitaria y el sentido de pertenencia son fundamentales en nuestras comunidades. La vida en comunidad nos brinda estabilidad y tranquilidad, pero la migración y el desarraigo afectan profundamente a nuestras familias, especialmente a nuestros niños. Ellos son los más vulnerables en este proceso de cambio cultural y adaptación a una sociedad distinta”, añadió.
Sin embargo, Miguel es menos optimista y considera que el desplazamiento también provoca la pérdida de identidad.
“En algunos casos, el desplazamiento significa la pérdida total de identidad cultural. Las comunidades indígenas, al ser arrancadas de sus tierras, pierden el arraigo con la naturaleza y su cosmovisión, elementos esenciales de su vida espiritual. Esto genera una fractura en su forma de vida, provocando un desarraigo profundo y una pérdida de valores ancestrales”, señala.
Invasiones: un viejo mal para conquistar áreas protegidas
Las invasiones de tierras indígenas no son un fenómeno reciente. Desde la dictadura de Anastasio Somoza Debayle, el avance de la frontera agrícola en la Costa Caribe, impulsado por la expansión de los cultivos de exportación, ha puesto en riesgo los territorios ancestrales de los pueblos originarios.
No obstante, fue en 2015 cuando la llegada masiva de familias provenientes del Pacífico a los territorios indígenas se intensificó. El 14 de octubre de ese año, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) emitió sus primeras medidas cautelares en favor de cuatro comunidades mískitas y, al año siguiente, amplió la protección a otras cinco mediante medidas provisionales.
Desde entonces, se han registrado masacres emblemáticas, como la de Alal en 2020 y la de Kiwakumbaih en 2021. El 11 de marzo de 2023 se perpetró la masacre en la comunidad mayangna de Wilu, en la que colonos asesinaron al menos a seis personas indígenas y causaron heridas graves a otras. Esta invasión provocó el desplazamiento de varias familias en el territorio Mayangna Sauni As del Caribe Norte. Los colonos también incendiaron varias viviendas.
Más de 67 ataques
Entre 2018 y 2024, la Organización de Naciones Unidas (ONU) documentó 67 ataques de colonos en territorios indígenas, con un saldo de 161 personas asesinadas. Sin embargo, tres de estos ataques destacan por su nivel de violencia extrema y la ferocidad con la que los invasores se ensañaron contra los comunitarios indígenas.
En 2016, el Estado de Nicaragua respondió a la CIDH asegurando que la presencia de terceros en territorios indígenas se debe a la migración provocada por el avance de la frontera agrícola y el reasentamiento de desmovilizados de la guerra en los años noventa.
Ese mismo año, el régimen Ortega Murillo admitió la presencia de 80 familias no indígenas en la comunidad Wisconsin. Sin embargo, el GHREN de la ONU señala que la impunidad en los casos de violencia en territorios indígenas, así como el involucramiento de colonos en la ocupación y explotación desmedida de tierras, incentiva más invasiones.
“El Grupo de Expertos recibió información y evidencia que revela que el Estado incentivó a los colonos para ocupar tierras y los ubicó, contando también con respaldo institucional local”, señala un informe publicado en 2024.