Hubo un tiempo en que, entre estas paredes hoy descoloridas y derruidas por el tiempo, se sentaban a la mesa hombres poderosos de Nicaragua a consumir alcohol, sexo y vicios, patrocinados por obra y gracia de un campesino analfabeto llamado Jerónimo Polanco.
Por entonces, el edificio que se ha puesto en venta en el Marketplace de Facebook, no era tan lúgubre y fantasmagórico como hoy se aprecia.
Al contrario, los vestigios de corazones rojos de latones y pinturas de spray que sobreviven al paso del tiempo, tal y como se ven en la galería de imágenes, dan fe de que alguna vez aquí hubo mucha vida y perdición.

El precio de la historia
Este edificio descolorido de dos plantas, ubicado a orillas de una bulliciosa pista en la zona norte de Managua, alcanzó su máximo esplendor en los años 2000, después de casi una década de lento y progresivo desarrollo.
Todo comenzó como un puesto de venta de lubricantes y accesorios usados de vehículos a la orilla de la pista.
Jerónimo Polanco había salido del campo a Managua en busca de fortuna, después de recorrer mucho camino vendiendo colchones y almohadas, sin mucho éxito, tal y como lo contó la revista Magazine en 2006.
En una de esas giras al campo y tras una buena venta de colchones, Polanco probó suerte en los juegos de azar de una fiesta patronal y lo perdió todo en una noche.
Al día siguiente, derrotado y sin futuro, prestó dinero a familiares y amigo para comprar y vender lubricantes a taxistas y camioneros que frecuentaban el Mercado Mayoreo de Managua.
Donde hoy se ve este feo edificio cuadrado, estuvo antes un caramanchel de plásticos negros y estacas de madera cruda atadas con mecates, mesas de madera y unas silletas plásticas donde Polanco se instalaba a ofrecer sus aceites y cachivaches.
Quienes lo recuerdan, saben que Polanco era humilde, sociable y servicial, de modo que no solo vendía sus lubricantes, sino que además cambiaba aceite, limpiaba los vidrios de los carros de sus clientes y si podía, mandaba a comprar gaseosas para darles mientras prestaba sus servicios.
Así, poco a poco, fue ampliando el negocio con un termo de gaseosas y frescos, luego fue un barril con bebidas de todo tipo y finalmente una pequeña mantenedora que conectaba ilegalmente al tendido eléctrico.
Pronto empezó a ofrecer cervezas y extendió el mamarracho con madera y zinc; puso fogones para asar carne, mesas plásticas y música.

Del alcohol a la prostitución
Conforme iba creciendo el negocio, iba contratando meseras que llamaban la atención de su principal clientela: taxistas, buseros, conductores de transporte pesado y comerciantes locales.
Polanco atendía la petición de sus clientes y salía a buscar mujeres pobres de los alrededores de la zona marginal del mercado Mayoreo para ofrecerlas como prostitutas a los clientes, quienes compraban el “servicio” y lo “consumían” en los camarotes de los furgones o en las tinas de las camionetas.
Para 1995 ya era un rancho a todo dar con música, comida, alcohol y mujeres; como no tenía nombre comercial, Jerónimo lo bautizó como la referencia más social de la zona: “Donde Polanco”, pero más tarde lo ajustó a “Aquí Polanco” y así se quedó para la posteridad.
Luego la historia vio crecer al monstruo: el otrora campesino vendedor de colchones y lubricantes se hizo amigo de policías, comerciantes, funcionarios públicos y otros seres de poder que le echaron mano en la construcción del imperio del placer.
Polanco compró los terrenos vecinos, construyó un local de una planta y luego lo amplió a dos plantas hasta convertirlo en esta poca agraciada edificación de cemento, hierro, perlines y zinc. Para 2001, ya era el inmueble que ahora se ve en ruinas.
En la planta baja estaba la cocina y el restaurante, la pista de baile y zona de música viva y la caseta del controlador de sonido.
Arriba estaba un salón de juegos de mesa, billares, tragamonedas, una tarima al centro donde las mujeres bailaban y se desnudaban.
Atrás de ese piso, estaban los camerinos y varios cuartos con servicios higiénicos donde los clientes pasaban a sostener sexo con las bailarinas.
Muerte de Polanco y fin de su reino
A Polanco lo mataron de cuatro disparos de pistola calibre 38. El arma de un jefe policial.
Fue asesinado el 28 de marzo de 2006 a los 53 años.
Su cuerpo fue encontrado 24 hora después en el kilómetro 48 de la carretera vieja a León bajo el puente seco de Los Arcos, en la comarca La Chela.
Estaba semienterrado, tenía señales de quemadura y sus agresores le arrancaron tres piezas dentales de oro, según publicó LA PRENSA en el 2006.
Su viuda, Victoria Ríos, lo reconoció y denunció que el día de su muerte, el empresario había sido llamado por un jefe policial para pedirle dinero a cambio de resolverle un lío con los permisos de operaciones en El Muelle, otro bar que el empresario tenía en El Malecón de Managua; un vehículo conocido lo fue a recoger al negocio y nunca más regreso.
El asesinato puso en jaque a la Policía Nacional de entonces, al descubrirse que los asesinos eran asistentes de un jefe policial y que gran parte de la jefatura hacía favores de protección y permisos al empresario a cambio de coimas, pagos ilegales y consumo de sexo, alcohol y otros vicios en Aquí Polanco.
Los dos autores materiales del crimen estaban directamente vinculados al jefe de la Policía de Managua, el comisionado mayor Carlos Bendaña.
Byron Centeno, de 21 años y autor de los disparos era su chofer escolta; y Lenín Calderón, el otro cómplice, era hijo de William Calderón, un oscuro personaje vinculado al jefe policial y a las estructuras del Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Ambos planificaron el crimen al pedirle una suma de miles de dólares en nombre del comisionado Bendaña, al negarse y reclamar Polanco, lo asesinaron y quisieron desaparecer su cuerpo, según los archivos del juicio.
Ruinas quedan de aquel imperio
El viejo centro nocturno lleva varios años en venta. Inició en 2021 con una oferta de 460 mil dólares y a falta de interesados ha venido bajando hasta llegar al precio actual.
Todo esto está en ruinas. Las paredes aun conservan restos de pinturas de colores; el zinc está agujerado por el sarro y el agua se mete por arriba y por los costados a través de las ventanas donde antes hubo persianas de vidrio.
El cielo raso de nicalit y las paredes falsas de gypsum que antes dividían los cuartos están destruidas; igual los servicios higiénicos, lavamanos, lavanderos, graderías y cañerías.
Durante años la familia heredera del negocio dejó de pagar vigilancia y el edificio se convirtió en antro de drogadictos, prostitutas y pordioseros.
Su área de parqueo en la parte posterior del edificio se llenó de basura y monte.
Los vendedores de bienes raíces conocen poco la historia y lo ofrecen como “una excelente oportunidad para convertir en bodega o centro comercial”.
Son 560 metros de construcción en un terreno de más de 1500 varas cuadras, en una ubicación céntrica a orilla del mercado y cerca de centros comerciales y negocios de todo tipo.
El precio ofrecido es de 350 mil dólares “negociables”.
Los agentes de bienes raíces no revelan quiénes son los propietarios del inmueble por seguridad, ni dan mayores detalles de la documentación original a menos que se agende una cita y visita al derruido local.
Era amigo de Daniel Ortega
El crimen fue parcialmente esclarecido porque el propio jefe policial Carlos Bendaña entregó a su chofer y este delató a su cómplice.
El juicio dejó al desnudo los profundos vínculos de corrupción de la jefatura policial con el empresario, llegando al grado de descubrirse que el finado llegaba incluso a fiestas privadas del entonces secretario general del FSLN, Daniel Ortega, en su búnker de El Carmen.
“Posiblemente en algunas de las actividades que teníamos allá en la Secretaría (del FSLN), tal vez el día de mi cumpleaños, que a veces hacíamos algún convivio, él estuvo por allá. Yo sí tenía una amistad con él y con su familia. Era un hombre trabajador, un hombre muy solidario. Nunca tuve la oportunidad de visitar ni su casa ni el establecimiento, un lugar de esparcimiento. Él cooperaba con el Frente con todo lo que se podía cooperar”, dijo Ortega en 2006 cuando le preguntaron si conocía a Polanco.
Otros nombres de jefes policiales como Francisco Díaz, hoy primer comisionado de la policía; Roxana Rocha, hermana del asesor presidencial de Ortega Horacio Rocha; comisionado Carlos Palacios; subcomisionado Fernando Borges y otros, estuvieron vinculados al caso de una u otra manera a través de los préstamos, donaciones y convivios que les ofrecía Polanco.
La influencia del empresario llegó a tal nivel, que un año antes de su asesinato el entonces comisionado mayor Carlos Palacios, jefe de Inteligencia de la Policía, celebró en el local un convivio a los jefes de Inteligencia de las Policías de Centroamérica.
Los asesinos Lenín Alberto Calderón, hijo del exasesor externo del jefe policial Carlos Bendaña, William Calderón y Byron Leonel Centeno, conductor del jefe policial asumieron la responsabilidad del crimen y fueron condenados a 18 años de cárcel.
Debían salir en 2024, pero salieron de prisión en 2020. De modo que 17 años después, ambos están libres y de aquel oscuro crimen solo queda un anuncio de bienes raíces en Facebook y un viejo edificio que guarda en sus ruinas los fantasmas de aquel antro de perdición.