Personajes míticos de Nicaragua que en realidad existieron 

La “novia de Tola” y el coronel Joaquín Arechavala fueron personas de carne y hueso a las que el destino llevó a convertirse en leyendas. Hoy le contamos estas y otras historias que, aunque parezcan cuentos, sí ocurrieron.

El coronel español Joaquín de Arechavala y Vílchez en su yegua La Cordobesa.

El coronel Arechavala

Existe en León una famosa leyenda, equiparable con la Carreta Nahua, los cadejos y la Cegua. Se trata del coronel Arechavala, un espectro que recorre en su caballo las calles desiertas de la ciudad colonial. La diferencia es que Joaquín de Arechavala y Vílchez sí existió. 

Arechavala (no “Arrechavala”, como erróneamente suele escribirse) fue la última autoridad que la corona española tuvo en Nicaragua en la época de la Colonia. Para cuando se declaró la independencia de Centroamérica, en septiembre de 1821, era el jefe de las milicias españolas en León, capital de la provincia de Nicaragua. 

El coronel les dio su apellido a varios de sus criados y esclavos y donó casas y haciendas que poseía en León. A dos de sus esclavos incluso les dio la libertad. Es cierto que tenía mucho dinero, pero todo fue repartido en su testamento y no quedó enterrado en una botija, como dice la leyenda. Incluso algunos de sus criados recibieron en herencia pequeñas cantidades de dinero. 

Todo eso se sabe porque en 1966 dos de sus descendientes, Inés Ibarra de Palma y Salvador Pérez Grijalba, escribieron un libro intentando limpiar el nombre de su antepasado y desvirtuar la leyenda que lo ubica haciendo pactos con el diablo y paseándose en caballo fantasma por León, penando por sus tesoros y golpeando con un látigo a los transeúntes trasnochadores, principalmente borrachines amanesqueros. 

Lo que Arechavala en realidad solía montar era una yegua blanca llamada La Cordobesa. Es probable que su figura acabara convertida en espanto porque, como jefe militar español, recorría las calles de león en La Cordobesa en medio de revueltas en contra de la Colonia. En esos días solo los españoles podían montar caballos y Arechavala debió verse muy imponente en su bestia, explicó el historiador leonés Manuel Noguera en el reportaje La verdadera historia de Joaquín Arechavala y su caballo (que era yegua), publicado por Revista Domingo en enero de 2018. 

En cuanto a los contratos con el demonio, también son seriamente cuestionables, pues Arechavala donó al menos tres imágenes de San Sebastián a la iglesia leonesa que lleva el nombre del santo y fue el principal financiador de la edificación del templo de la Recolección. Además, al inicio de su testamento encomienda su alma a “Dios nuestro Señor” y pide ser sepultado con los hábitos de San Francisco. 

De acuerdo con sus descendientes, Arechavala murió tranquilo en la ciudad de León, sin ser perseguido ni encarcelado, dos años después de la independencia.

Descendientes de Hilaria Ruiz en una fotografía tomada en 2010

La novia de Tola 

En Nicaragua quedarse “como la novia de Tola” es sinónimo de ser dejado “vestido y alborotado”. Eso fue lo que le ocurrió a una muchacha llamada Hilaria Ruiz, originaria de Tola, Rivas, a quien su prometido Salvador Cruz abandonó hace unos 153 años en la iglesia de Belén, un municipio vecino.

Su historia se cuenta en el reportaje La novia de Tola, publicado por Magazine en junio de 2010. 

De acuerdo con fuentes consultadas por Magazine, Hilaria era una jovencita alta, delgada y morena que tenía el pelo negro y ondulado y provenía de familia pudiente. Su padre era el alcalde de Tola, municipio que en esa época dependía política y administrativamente de Belén, donde los toleños inscribían a sus recién nacidos, sepultaban a sus muertos y casaban a sus novios. Por eso es que la boda de Hilaria se celebraría en Belén, pues en Tola no había iglesia ni cura. 

El prometido, Salvador Cruz, también provenía de una familia próspera, pero su fama de mujeriego lo precedía y los parientes de Hilaria le advirtieron en varias ocasiones que aquel no era un buen partido. 

El otro personaje de esta historia es Juana Gazo, la joven con la que Salvador sostenía públicos amoríos. Esa mañana el novio de Hilaria pasó por la casa de su amante antes de ir a casarse y nunca se presentó en la iglesia. La gente dice que Juana lo emborrachó con cususa o que, simplemente, le impidió salir de la casa. 

A los descendientes de Hilaria no les gusta que se le recuerde como “la novia de Tola” y no les agradó que un alcalde le construyera un monumento en el parque central del pueblo, representándola como una mujer que llora cubriéndose el rostro. 

La vida de Hilaria continuó, tuvo otros amores, dio a luz algunos hijos y un día de tantos el pueblo supo que había regresado con Salvador. Murió viejita, luego de sufrir una caída con fractura de pierna y cadera de la que jamás se recuperó. 

Doña Adela Ortiz, conocida como «Adela Matraca» fue la versión de carne y hueso de la Tula Cuecho.

Adela Matraca y la Tula Cuecho

Aunque no es la persona que inspiró el mítico personaje de la Tula Cuecho, inmortalizado por el cantautor Carlos Mejía Godoy, doña Adela Ortiz tenía una personalidad divertida, habladora y pleitista que se le acercaba mucho. Incluso inspiró su propia canción: “Adela Matraca”, compuesta por otro nicaragüense, Pablo Martínez, más conocido como El Guadalupano, ahora convertido en cantautor del régimen de Daniel Ortega. 

Fanática de Paquita la del Barrio, el trago y el tabaco, doña Adela tenía el don de la lengua y podía incendiar León a punta de retahílas. «No le digan nada / no toquen sus tapas / esa mujer es sagrada compadre, es una matraca», dice la canción de El Guadalupano.

Muchos leoneses creían que la “Matraca” tenía alguna relación o parentesco con la Tula Cuecho; pero lo cierto es que el personaje de Mejía Godoy es meramente imaginario, se llama Gertrudis Traña y habita en El Coyolar, barrio de León. Doña Adela, en cambio, fue muy real y salió del barrio Guadalupe. 

Según publicaciones en redes sociales, Adela Ortiz murió en junio de 2021 a la edad de 94 años. 

A la derecha, Petronila del Carmen, la Caimana, en su boda simbólica con Hilda Scott, el 21 de diciembre de 1962.

La Caimana 

Ubicada en el mercado Oriental, la fábrica de muebles La Caimana es un importante punto de referencia en Managua; lo que no todos saben es que la persona que inspiró ese sobrenombre existió y causó numerosos escándalos en la vieja capital porque, a pesar de su época, decidió vivir como hombre. 

Su nombre era Petronila del Carmen Aguirre Ocampo, pero todos la conocían como la Caimana, por ser hija de Lolo Caimán, dueño de la cantina Tata Lolo. La gente también la llamaba Carmelo, porque Carmen era más hombre que dada a hacer e incluso se las arregló para casarse, con el nombre de Pedro y en contra de las leyes, con otra mujer: Hilda Scott. Lo cierto es que a ella le daba lo mismo con qué nombre la llamaran. 

Tuvo una fábrica de juegos pirotécnicos (La Caimana) que se incendió seis veces, crio a más de 15 muchachos y muchachas huérfanos y adoptó legalmente a seis; colaboraba en las fiestas de Santo Domingo, administraba remedios naturales a los hijos de los campesinos que llegaban a buscarla y fue amiga de los hermanos Luis Somoza Debayle y José R. Somoza. 

Murió con 40 años recién cumplidos y sus funerales fueron un acontecimiento apoteósico que juntó a todos los estratos de la sociedad capitalina en un jolgorio lleno de guaro, música y pólvora. Los periódicos dejaron para la historia crónicas sobre sus honras fúnebres, para que nadie olvidara quién fue la Caimana y por qué todavía se escucha su nombre.  

Última hora

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí