Román Sebastián Rojas, tiene 56 años, se dedica a la siembra de maíz y también trabaja en una mina de cal. Él vivía con su esposa, Dora María Calero Jirón, (q.e.p.d) en una casita improvisada con troncos de madera, techo de zinc, sin paredes y con piso de tierra, construida en un espacio reducido en la comunidad El Hato, municipio de San Rafael del Sur, a unos 50 kilómetros de Managua.
Ahí crecieron sus tres hijos, una nieta y hasta veló el cuerpo de su esposa quien falleció en este año. Rojas cuenta que con lo poco que ganaba debía costear el alimento del día a día y las medicinas para su esposa, por eso nunca les quedaba dinero para invertir en mejorar su casita. Él no tuvo la oportunidad de ir a la escuela, no sabe leer, ni escribir. Se conmueve al ver su nueva casa, pero también porque su esposa no logró ver su nuevo hogar, ni sentarse a platicar ahí con sus familiares.
La situación que atravesó la familia Rojas-Calero, no es lejana a la realidad de centenares de familias en Nicaragua, que por generaciones han vivido en extrema pobreza debido a la falta de empleo que se agudizó hace dos años, por la crisis sociopolítica y ahora la pandemia del Covid-19 que aún atraviesa el país. En Nicaragua, 3 de cada 10 familias viven en condiciones no adecuadas; sin un techo, sin acceso a los servicios básicos como energía, agua y letrinas, según datos de la Comisión Económica para el Caribe y América Latina (CEPAL).
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«Vea con ella los gastos eran serios, sus medicinas, su leche, pero algo le tengo que decir, Dios nunca nos desamparó, vino mi patrón (jefe) miró la necesidad en la que estábamos y nos apoyo dejándome toda la ganancia de la caliza de ese mes pero, la pobrecita ya no pudo disfrutar su casa…», relata Rojas, mientras baja el rostro e intenta ocultar sus lágrimas con su gorra y secarlas con sus manos.
Dora María Calero Jirón pasó dos años en una cama padeciendo una enfermedad terminal y en los últimos meses de su vida les llegó la oportunidad de tener una casa digna, a través del programa Hábitat para la Humanidad Nicaragua, organización que aboga y trabaja por el derecho a la vivienda adecuada y a la mejora sostenible del hábitat comunitario. Dora María se alegró con la noticia pero murió antes de ver terminada su nueva casa.

Nicaragua: a penas cubren el 25 % de demanda
De acuerdo a la CEPAL, Nicaragua es uno de los países con mayor déficit habitacional. Anualmente hay una demanda de 20 mil viviendas, pero que ni siquiera se logra construir o mejorar las casas del 50 por ciento de los afectados.
Nancy Arostegui, gerente de programas de Hábitat para la Humanidad Nicaragua, explicó a LA PRENSA que en los últimos dos años el esfuerzo del sector privado — incluyendo los programas habitacionales de organizaciones sin fines de lucro — y la inversión pública por parte del Estado, han sido insuficientes debido a que solo se cubre el 25 por ciento de la necesidad anual. Antes de la crisis sociopolítica se construyeron 5 mil viviendas, y durante el conflicto político ese referente a bajado aún más.
Arostegui detalló que en nuestro país, citando a la Cámara de Urbanizadores (Cadur), tenemos como déficit 957 mil viviendas, entre estas se encuentran las que se deben construir nuevas y otras viviendas existentes que requieren ser mejoradas para ser adecuadas. Partes básicas como contar con un techo de zinc y paredes para que las personas no aguanten sol o lluvia y se sientan seguras, además de tener al menos los servicios básicos de energía eléctrica y agua.
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«Tenemos una necesidad muy grande. Nosotros desde Hábitat hemos contribuido a tratar de reducir esta brecha, hemos beneficiado a más de 12,700 familias integradas de 57 mil personas, así como trabajamos con la inversión pública hacemos alianzas con organizaciones sociales», afirmó la gerente de la organización.
A criterio de Arostegui, la situación de la vivienda en Nicaragua, en el Día Mundial del Hábitat 2020, es absolutamente «crítica» y a la vez «reversible». Según el último censo poblacional hecho en 2005, el promedio de personas por familia es de 4 pero en las zonas rurales aumenta a 5 integrantes, muchas veces el número aumenta y todos comparten una misma vivienda.

Arostegui señaló que el anhelar y lograr mejorar las condiciones de una casa trae un impacto positivo en la vida de las personas de esas familias y cuenta que «hemos visto expresiones de los niños cuándo nos dicen «lo que más me gusta es mi casa» tienen un lugar seguro, donde no se mojan, donde pueden hacer sus tareas y jugar».
Hábitat Nicaragua empezó a trabajar en el país en 1984. El primer proyecto inició en diciembre de ese año con la construcción de 24 viviendas en el barrio Germán Pomares, Chinandega. Para esta organización hablar de hábitat, es sinónimo de mantener bien términos de salud, economía, educación y medio ambiente.
Vivienda primera línea de defensa contra el Covid-19
Las Naciones Unidas designó el primer lunes de octubre como el Día Mundial del Hábitat con el fin de reflexionar sobre el estado e incluso situación de los pueblos y ciudades en cuánto al derecho de contar con una vivienda digna.
A lectura de la gerente de Hábitat, en este año, cuando el mundo y particularmente Nicaragua sufre los estragos del Covid-19, la principal recomendación por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS) es el «quédate en casa», es necesario promover programas que ayuden a combatir la crisis silenciosa que cada vez aumenta más; la precariedad de las viviendas en el país.
«Recordemos que el llamado ha sido quédate en casa, porque la vivienda es la primera línea de defensa para reducir la propagación del virus, sin embargo, en nuestro contexto muchas viviendas no tiene espacio suficiente, ni siquiera acceso a agua para el lavado de mano o no tienen una vivienda adecuada para no mojarse en estos días de lluvias. Lo más importante es que debemos apostar por la recuperación económica con Covid-19 o sin, donde la vivienda debe ser un elemento central», indicó Arostegui.