Bob Gibson, probablemente el lanzador más intimidante que se ha subido a un montículo en la historia del beisbol de las Grandes Ligas, y sin discusión, uno de los mejores de todos los tiempos, falleció este viernes víctima de un cáncer de páncreas.
Gibson ganó 251 partidos en su carrera de 17 años, todos con los Cardenales de San Luis. Acumuló 3,117 ponches, capturó dos premios Cy Young, un título de Jugador Más Valioso, se adjudicó nueve Guantes de Oro y fue también a nueve Juegos de Estrellas. Tenía 84 años.
Sin embargo, a parte de los estupendos resultados que logró con los Cardenales, a quienes llevó a tres Series Mundiales, de las cuales ganó dos (1964 y 1967), en torno a Gibson se construyó la leyenda de que era un lanzador desalmado, que jamás permitía mucho acercamiento al plato.
Parecía siempre malhumorado, con la mandíbula apretada y una mirada de asesino bajo su gorra. Provocaba tanto pavor con su talento electrizante, en el que resaltaba una ardiente bola rápida y un slider devastador, como con su apariencia de matón, que a menudo intimidaba a sus rivales.
De acuerdo a Anthony Castrovince de MLB.com, cuando le pidieron al exjugador y manager Dusty Baker, que mencionara dos personas ante las cuales se había sentido intimidado respondió, «Bob Gibson y mi papá». «Creo que odiaba a todo el mundo, hasta a Santa Claus», agregó Don Sutton.
Sin embargo, luego se descubrió la difícil historia que vivió Gibson tratando de sobrevivir en una época de racismo despiadado, sin la presencia de su padre fallecido cuando él era un niño y afectado por serios problemas de salud, incluyendo un soplo cardíaco y dificultades en la vista que hasta le impedían ver bien las señas del catcher.
«Todo lo que hice, fue tratar de sobrevivir. Mucho se ha hablado de mi mirada, pero lo que ocurrió es que tenía problemas para distinguir las señales del receptor y debía apretar los ojos. Necesitaba anteojos, pero cuando supe que le podía sacar provecho, continué así», reveló el exastro.
Nacido el 9 de noviembre de 1935 en Omaha, Nebraska, Gibson debutó en las Grandes Ligas el 15 de abril de 1959 y tras un inicio difícil con marcas de 3-5 y 3.33 en su primer año y 3-6 y 5.61 en el segundo, saltó al estrellato en 1962 con 15 victorias, 15 juegos completos y 2.85 de efectividad.
Después ganó 18, 19, 20 y 21 partidos en cada una de las siguientes cuatro campañas. En 1964 tuvo 2-1, con tres juegos completos y 3.00 en 27 innings contra los Yanquis, derrotados por San Luis en la Serie Mundial. Gibson fue el Jugador Más Valioso de ese clásico de otoño.
En 1967, el único año que no ganó 20 partidos entre 1965 y 1970, terminó con 13-7 y 2.98 y de nuevo fue el Más Valioso en la Serie Mundial contra Boston, al acumular 3-0 y 1.00, con otros tres juegos completos y 31 ponches en 27 episodios.

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Y en un día como el de su muerte, 2 de octubre pero de 1968, Gibson lanzó en el primer juego de la Serie Mundial ante Detroit y blanqueó 4-0, con trabajo de siete hits y 17 ponches en nueve innings, que aún persisten como récord para un clásico de octubre. San Luis no pudo ganar esta vez.
No obstante, ese fue el año en el que Gibson ganó los premios Cy Young y Más Valioso. Tuvo marca de 22-9 y 1.12 en 304.2 innings, con 268 ponches y 28 juegos completos, 13 blanqueadas y 0.85 de Whip. El 1.12 permanece como la mejor efectividad para un lanzador elegible.
En 1970 terminó con 23-7 y 3.12 en 294 innings y se llevó su segundo Cy Young. El 4 de agosto de 1971, le lanzó un juego sin hit ni carrera a los Piratas de Pittsburgh y se retiró en 1975, después de 17 años, en los que resumió 251-174 y 2.91 en 3,884.1 innings con 3.117 ponches.
Gibson abrió 482 juegos, de los cuales completó 255 y coleccionó 56 blanqueadas, con sus nueve Guantes de Oro y nueve viajes al Juego de Estrellas. Fue exaltado al Salón de la Fama en su primer año de elegibilidad en 1981 con 337 de 441 votos posibles.
Este extraordinario lanzador, que también jugó baloncesto e incluso perteneció a los Trotamundos de Harlem, solo golpeó a 102 bateadores en sus 3.884.1 innings, a un promedio de siete al año, lo que indica que en realidad no era desalmado como se indica, aunque todos le temían y él le sacó provecho a ese detalle.