Pese a los malabares del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo para que el segundo juego de la final de béisbol tuviera una masiva asistencia de fanáticos, y así demostrar que «todo ha vuelto a la normalidad» en Nicaragua, la mayoría de butacas del estadio nacional Dennis Martínez estuvieron vacías.
La presencia de fanáticos en las graderías fue realmente minúscula en comparación con otras finales de este deporte.
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El régimen, al percatarse que el primer juego entre el equipo más popular del país, los Indios del Bóer, y los Dantos, la tropa del Ejército de Nicaragua, tuvo una asistencia minúscula y que quedó lejos de parecerse a otras finales bulliciosas y de ribetes épicos en la historia del béisbol nacional, el régimen regaló boletos a los empleados del Estado para llegasen en familia y además garantizó una flota de buses para el regreso a casa.
También, extraoficialmente se supo, que el Ejército dio pases y permisos a sus miembros para que asistieran a la denominada «casa del juego perfecto», que fue inaugurada en 2017 para los Juegos Centroamericanos y su construcción tuvo una inversión de 36 millones de dólares.
Sin embargo, la treta no dio resultado. La asistencia de este viernes fue más rala que el primer juego y a cuentagotas, al punto que el estadio a las 6:00 p.m. estaba casi vacío. El juego arrancó con un estadio vacío.

Horas antes, en las redes sociales circulaba una campaña llamando a no asistir al estadio, recordando que el régimen orteguista ordenó a la Policía tomar el estadio y dirigir desde ahí la represión contra los manifestantes azul y blanco.

Desde ese estadio paramilitares y policías dispararon en abril contra los estudiantes y asesinaron de un disparo a Álvaro Conrado. El 30 de mayo desde este sitio masacraron la Marcha de las Madres, con más de 15 muertos y decenas de heridos de bala y desde esa fecha el desprecio social le cambió el slogan de «Casa del Juego Perfecto» a la «Casa del tiro perfecto».

Aquellas finales a reventar en el viejo estadio

En finales anteriores protagonizadas por el Bóer, contra cualquier otro equipo y en el viejo coloso, se observaba una asistencia masiva de fanáticos, sin importar la lluvia o el sol.
Los amantes del llamado deporte rey de Nicaragua copaban cada rincón del viejo Dennis Martínez y sus gritos y tambores se escuchaban en las calles de su alrededor y las graderías cobraban vida con decenas de vendedores, chicheros y aficionados.

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Una liga exigida a continuar
En mayo pasado, cuando el régimen había elevado a nivel de masacre el estado de represión contra las manifestaciones azul y blanco, la Comisión Nicaragüense de Beisbol Superior (CNBS) anunció que se suspendía la liga. A principios de agosto fue reanudada con apuro para hacer creer que la crisis sociopolítica estaba superada, se eliminaron los equipos más débiles y se acomodó el calendario para que los más fuertes compitiesen entre sí.
El béisbol regresó, pero la afición no.