Para Herdy
Como siempre el lector se ofrecía para leer a operados de los ojos o a enfermos incapacitados, él prefería los cuentos de Chéjov que contaba enfatizando su ironía única. A su madre en cama por un dolor de causa desconocida le dedicó largas jornadas leyéndole al pie del lecho, la señora olvidó su padecer y gozó oyéndolo, ya que los cuentos salidos de su boca adquirían una dimensión distinta. A mí me ofreció su lectura y no quise molestarlo haciéndolo salir de casa para quitarle su valioso tiempo, ahora lamento haber perdido esa experiencia, y me consuelo imaginando cómo pudo haber sido la sesión. Primero pienso que llegó temprano bien bañadito y oloroso a lavanda, entró a mi habitación todavía con las cortinas cerradas donde se filtraban en su transparencia fragmentos mañaneros de cielo, luminosos entre el follaje del mango.
Recordé que en las tabaquerías de La Habana ponen a un lector a leer mientras los operarios lían las hojas lustrosas de tabaco alisándolas con una paletita de madera pulida, enrollándolas para hacer cigarros o puros, igual en los refectorios de los monasterios un monje leía en el tiempo de comida. Pero aquí tengo un amigo lector exclusivo para mi persona. Él trajo el libro, descorrió las cortinas, se sentó a mis pies y empezó a leer. La historia versaba sobre un cochero atribulado, el pobre hombre no encontraba un ser humano a quien contarle sus penas y tuvo que dirigirse a las orejotas de sus caballos. Mi lector hacía pausas, cambiaba los tonos de altos a bajos, aceleraba o alargaba el ritmo, mantenía el rostro impasible, sereno, sin gesticular para no influir en mi ánimo la reacción a su lectura, después al finalizar vendrían los comentarios. Y las palabras encadenadas fueron formando frases, estas a su vez párrafos de extensión varia y estos páginas, a mí me mantenía con el alma en un hilo esperando la sorpresa final, su voz de timbre intermedio entre lo masculino y lo femenino, casi andrógina se esparció en el cuarto como el sonido de una reluciente copa de cristal Bacarat. Yo salí de la cama y me vi en la calle empedrada de San Petersburgo donde el cochero esperaba clientes a la orilla de un restaurante, del viejo sobresalía el color rojo del uniforme y los párpados enrojecidos por las lágrimas en la cara más triste de la urbe.
La voz de mi amigo lector era el eco de imágenes que rebotaba en los oídos y me penetraba entero como el aire puro en los pulmones, propagado bajo la piel corriendo por la sangre. Los caballos imperturbables agitaron la cola sacudiéndose las moscas y el cochero dijo llorando que su hijo ingrato, viviendo en la misma ciudad, nada hacía para comunicarse con él y que su abandono negligente le entristecía el alma, para colmo el muchacho convivía con una novia muy vaga, llena de amigos y le preocupaba que pronto le pusiera una cornamenta enorme. Al lector le tembló la voz y percibí que sus palabras coloridas cambiaron a gamas sombrías. Terminada la historia cerró el libro y dejó mi habitación sin hacer audibles sus pasos tímidos y cautelosos.