Al escuchar el título Ben Hur, la gran mayoría piensa en la película dirigida por William Wyler en 1959. Es el epítome del gran espectáculo hollywoodense. Ganó 11 premios Óscar de la Academia. Generaciones de espectadores la descubrieron en matinés y reestrenos de Semana Santa.
Es un artefacto cultural que pertenece a una era específica, en la cual los hábitos de distribución y consumo del cine eran radicalmente diferentes a los actuales. Ver una película como esta era un evento que duraba casi 4 horas con intermedio, en un teatro con una sola pantalla gigantesca. Pero esos tiempos se terminaron.

Producir una nueva versión no es una proposición descabellada. Al menos, en términos comerciales. 300 (Zack Snyder, 2006) revitalizó el subgénero de “espadas y sandalias” con píxeles computarizados y copiosas cantidades de sangre. La creciente popularidad del “cine cristiano” define un segmento sólido de audiencia meta. Si usted viene buscando un equivalente a la vieja pieza de entretenimiento épico, se verá severamente frustrado.
Judah Ben Hur (Jack Huston) es un acomodado príncipe judío. Tiene una profunda amistad con su hermano adoptivo, Mesala (Toby Kebbell). Alrededor de ellos, el pueblo lucha clandestinamente contra la ocupación de la Roma imperial. En las márgenes, Jesús (Rodrigo Santoro) predica una especie de resistencia pacífica. Aquejado por una crisis de identidad, Mesala ingresa a las filas del ejército, y asciende en rango hasta que regresa como prefecto a Jerusalén. Un atentado contra Poncio Pilato (Pilou Asbaek) lo empuja a destruir a su familia.
Judah es enviado a las galeras. Es la primera estación de una misión de venganza. La película de Timur Bekmambetov reduce la historia a una escala menor, con sus prioridades bien definidas: acelerar el pulso con la carrera de cuadrigas, y proveer una charla de evangelización ligera. Es, para fines prácticos, una película de acción moderna. Con 2 horas y 4 minutos de metraje, dura menos que cualquier proyecto de Marvel. Si la versión de Wyler tenía un alcance novelesco, este es un condensado de Reader’s Digest. Las composiciones digitales son evidentes. Algunas tomas de cámara de video se introducen en los apresurados montajes de acción. En esos momentos, el filme de presupuesto millonario se siente barato. La película está tan apresurada por llegar a la carrera, que la introduce al inicio, convirtiendo la trama en un extenso flashback. Toda la sustancia dramática del filme es preámbulo al verdadero evento: Rápido y Furioso en el circo romano.
La carrera funciona. Lamentablemente, el director es inepto a la hora de poner en escena el drama. Su cámara es incapaz de observar a Mesala cuando toma la crucial decisión de destruir a su familia; o de registrar la emoción que resuelve el conflicto central. La agenda evangelizadora se manifiesta con poca sutileza. Jesucristo es introducido, literalmente, lijando una tabla en una calle. El celo fundamentalista de los productores hace que esta versión sea aún más conservadora que la película de 1959. Famosamente, el escritor Gore Vidal reveló el subtexto homoerótico de la furia de Mesala contra Ben Hur. Aquí, son convertidos en hermanos, y es un acto de violencia política el que hace las veces de catalizador para la fatalidad. Es poco convincente, pero hace que la película sea segura para venderse al público ultraconservador. Morgan Freeman tiene un pequeño papel, única concesión a la diversidad racial en una fantasía bíblica aún demasiado blanca. El tema musical de cierre —The Only Way Out, de Andra Day— y los créditos animados como carruajes en carrera, sellan el destino del nuevo Ben Hur, confinado al panteón del kitsch.