Volando Alto es un filme biográfico sobre Eddie “El Aguila” Edwards, inusual atleta británico que saltó a la palestra pública en las olimpiadas de invierno de Vancouver, en 1988. No ganó ninguna medalla, pero si se robó la atención de los medios y el corazón del público, e impuso un record nacional para Inglaterra en la disciplina de salto en ski. No fue muy difícil, considerando que pocos ingleses practicaban ese deporte particular. La modestia de sus logros objetivos condiciona la trama de la película. Eddie es formulado como el clásico inocente, puro espíritu, enfrentándose a un sistema que le cierra todas las puertas. Realmente, su triunfo es participar.
Es bonito ver como se prodiga atención a los “hermosos perdedores”, pero la buena voluntad tiene un límite. El papel protagónico es concecido a Taron Egerton, joven actor que se ha convertido en un galán taquillero gracias al éxito comercial de la comedia de acción “Kinsgman: Servicio Secreto” (Matthew Vaughan, 2014), que va camino de convertirse en franquicia – se rumora una secuela para el 2017-. Bajo los gruesos anteojos y el bigote ochentero, se nota que Eddie tiene un rostro para la pantalla grande, o al menos, para un afiche colgado en el cuarto de una adolescente. Para incrementar el poder de estrella, Hugh Jackman es un deportista fracasado, que a pesar de sí mismo, se convierte en entrenador del atleta improbable.
La película de Dexter Fletcher, trabajando sobre un guión de Sean Macauley y Simon Kelton, apunta a conmover al espectador desde el inicio. Arrancamos en la infancia de Eddie – interpretado por Tom Costello -, con sueños de competir en las olimpiadas. El niño usa un dispositivo ortopédico en la pierna, y el tipo de lentes gruesos que entorpecen una vida social plena. Hay cierta insistencia en la película por pintarlo como un niño con alguna discapacidad, que nunca es identificada o discutida. No pude encontrar en línea ninguna referencia a que Edwards fuera, en realidad, discapacitado. Asumo que los realizadores querían infundir algo de gravedad en el predicamento de un personaje real, simplemente excéntrico. El mecanismo ortopédico, por cierto, desaparece sin explicación.
La película es más persuasiva a la hora de retratar como las diferencias de clase social contribuyen a obstaculizar sus ambiciones deportivas. Eddy es proletario. Los burócratas que tratan de impedir su avance ostentan disposición burguesa. Como es de esperar, mientras más altaneros son, más merecido el escarmiento. El padre de Eddie quisiera que se conformara en ser trabajador de la construcción, como él mismo. La relación con figuras paternales, de sangre o espíritu, se convierte en el legítimo filón emocional de “Volando Alto”. La catársis emocional más fuerte termina en manos de Jackman, al encarar al gran entrenador que desencantó con su carrera fallida (un efectivo Christopher Walken).
El genuino talento deportivo, y las posibilidades materiales, se definen como otra manifestación del privilegio que se le niega al protagonista por su condición humilde. Véase los encontronazos que tiene con deportistas establecidos, definidos como villanos de caricartura. Pero, realmente, ese es el registro que los realizadores buscan. En el amplio espectro del filme inspirativo, “Eddie el Aguila” se compromete con el género de la comedia. El personaje se perfila como una especie de Forrest Gump en pleno uso de sus facultades mentales, pero armado con una buena dosis de negación ante sus límites físicos y materiales. Comparado con su papel en “Kingsman”, Egerton es una revelación. Logra que la película funcione, a pesar de narrativa predecible.