
Llegaste
GABRIEL TRAVERSARI
Llegaste, inadvertido sol,
Flagrante luz, brillosa esfera,
Llegaste, incandescente Dios,
Como el albor de primavera.
Llegaste, como un fulgor fugaz,
Luminiscente como el cielo,
Ardiente, pura, claridad,
Tu esencia eximia, y tu pergeño.
Llegaste, lumbre fantasmal,
Con tu quietud imperceptible,
A hacerme súbdito leal
De tus designios invisibles.
A restaurar mi devoción
A lo intangible y lo presunto,
Y a despertar con tu calor
Cuanto es posible en este mundo.
Llegaste ardiente, y tu pasión,
Aura silvestre, hálito fiero,
Causó en mi vida conmoción
Y arrebató mi amor sincero.
Hoy ya no es más mi soledad,
Mi afán cautivo libre espira,
Hoy disipó mi oscuridad
El alba azul de tu sonrisa.
A una maga
GABRIEL TRAVERSARI
Te llevo en mis palabras y en mi sabio sigilo. Te llevo como el río que corre como un niño tras afanes y angustias, tras placeres y dichas, tras misterios, delirios, te llevo como el rito de mis días solemnes, de mis sueños invictos, de mi mundo inconstante, de mi interno conflicto.
Te llevo, amiga mía, como un recuerdo arcano, murmullo milenario de apócrifas poesías, marcada aquí en mi alma te llevo y te sostengo, como sol, como luna, como barro, desnuda, indómita y fortuita, te llevo en homilías y en mi blasfemia muda, envuelta en impureza y liturgias benditas, en mi sangre te llevo y en el sonoro grito de mi alma que cuenta… mi aventura y proclama que a pesar y por ello y a causa de mí existo.
Hoy amiga te llevo en esto que es mi vida.

Nada
GABRIEL TRAVERSARI
Entiendo todo bien hasta el estruendo
De mi voz racional y de mi ego,
Comprendo sus designios y deseos
Aunque ya no comparta su argumento.
Reconozco el silencio y sus enigmas
A sus valles soy fiel y a sus colinas
Pero ya ni el sigilo sonoro de mis días
Me estremece ni su aire me domina.
Hoy me aferro a un confín imperturbable
Donde muda mi mente me platica
Y la inercia pueril de sus modales
Como infante me lleva de esta vida.
Crisálida
GABRIEL TRAVERSARI
Curvas sinuosas, frágiles, undantes,
Como agitadas olas, rebeldes, indomables,
Llamaradas ardientes, serpentinas, salvajes
Danzan sobre su piel, infatigables.
Sables, lunas menguantes, orbes inalcanzables
Sombras de un mundo oculto sin lenguaje,
Y en la guarida oscura de su afán desafiante,
Se desliza un instinto, naciente en busca de aire.
El duende y el pantano
GABRIEL TRAVERSARI
He perdido a mi duende en el pantano,
Entre estruendos de súbitos baladros,
He perdido a ese duende y en sus manos
Se ha llevado las dotes de mis años.
Sabio solo el recuerdo que hoy lejano
Me estremece y me mofa con su llanto,
Sabio solo el dolor que sabe amargo
Porque lleva en su esencia un vil rechazo.
Ya mis versos de invierno son vocablos
Indolentes, ambiguos, moderados,
El fulgor y la magia se han marchado
Y el aroma vertiente de sus labios.
He perdido a mi duende y hoy me amparo
En decir que su muerte no fue en vano,
Que al dejarme me libro de su encanto
Pernicioso, sensual, totalitario.
No sabré si fui yo al arrojarlo
Con reproches injustos el cruel amo,
O si él y el misterio de sus actos quien
Inerte hizo siervos mis reclamos.
Solo sé que he perdido algo sagrado,
Como un trozo de vida venerado,
Y hoy acepto el vacío que ha dejado,
Aunque mienta, mi duende bien amado.
La máscara
GABRIEL TRAVERSARI
¿De qué te sirve acaso revelarte sin ropaje, libre de atuendos y excesivas envolturas, cuando tu mente permanece soterrada entre engañifas y añagazas? ¿De qué te es útil destapar así tu cuerpo y exponer, vulnerable, tus huesos, cuando tu corazón esconde su delirio y se resguarda de los arrebatos que su impredecibilidad induce? ¿Por qué te desatas de tus vestiduras, pero me muestras tan poco de tu misterio interior, de tu pasión oculta, de tu secreto imperfecto?
¿Por qué te tapas la mirada, por qué disfrazas tus costumbres, por qué me escupes homilías admisibles y ensayadas y te presentas benigno y reverente? ¿Qué protege ese antifaz, qué escuda esa mascareta entumecida y funesta, que alberga ese escaparate descubierto y por qué forras de cuero lo que tu instinto guarece? ¿De qué te sirve despojarte de atavíos mundanos y desprenderte de hábitos fastidiosos y protocolarios si tu alma permanece sometida, si no verbalizas tu angustia con la elocuencia y destreza con que diserta tu lenguaje corporal?
¿De qué te sirve seducir con tu ondulante voluptuosidad, si tu belleza interna se arropa de sigilo y la voz de tu inconsciente insiste suprimir sus dilucidaciones? ¿Acaso eres insondable, tan acomodado en tu disfraz exterior que has llegado a creer que no eres más que tu apariencia?
Remuévete de tu piel, despójate de tu embozo material, penetra el escondrijo de tu más íntimo y oculto murmullo intestino y libra tu totalidad. No hay fachada verosímil ni mascara alguna que te salve de ti.