En otras oportunidades me he referido a los tres ciclos del poder personal y absoluto, tal como los describe Gregorio Marañón en su biografía del Conde Duque de Olivares, favorito del rey Felipe IV de España. Marañón analiza la psicopatología de quienes se las ingenian para acumular un gran poder personal del que luego se les hace sumamente difícil desprenderse. Sostiene que los poderosos se enamoraron de tal manera del poder que “la pasión de mandar” los llega a dominar por completo, hasta el extremo de nublarles el discernimiento. Los tres ciclos, que indefectiblemente se cumplen en todas las biografías de los autócratas son los de ascenso, acumulación del poder y caída estrepitosa.
Estos tres ciclos se vienen repitiendo en el decurso de la historia, así se trate de reyes, emperadores, favoritos, caudillos, dictadores o presidentes. Y lo increíble es que ninguno escarmienta en cabeza ajena porque la “lujuria del poder” se apodera de ellos y termina por cegarles. En nuestra historia patria es fácil comprobar el acierto de Marañón. Baste citar los casos de José Santos Zelaya y los Somoza. “La más importante lección que la historia nos enseña, dice Aldous Huxley, es que los hombres no aprenden de la historia”.
Thomas Jefferson, uno de los fundadores de la democracia norteamericana, escribió: “Nunca he podido concebir como un ser racional podría perseguir la felicidad ejerciendo el poder absoluto sobre otros”. Y en tiempos más recientes J.F. Kennedy aseguraba que “el pecado de aquellos que locamente buscaron el poder cabalgando a lomo de un tigre, acabaron dentro de él”.
Los poderosos deberían, al menos, interpretar correctamente los signos de los tiempos. En América Latina estamos viviendo momentos de cambio. Lo hemos visto en Guatemala, donde el pueblo, autoconvocado a través de las redes sociales, logró no solo la renuncia de un presidente y de su vicepresidenta, carcomidos por la corrupción, sino también su encarcelamiento. El viento del cambio está soplando fuerte y el populismo autocrático ha sido derrotado mediante el voto ciudadano honestamente contado, en Argentina, Venezuela y Bolivia. En Ecuador, Correa, prudentemente, no se postuló para una segunda reelección. En El Quijote leemos el antiguo y sabio consejo: “Cuando veas que a tu vecino le cortan la barba, pon la tuya en remojo”.
Nunca antes en nuestra historia alguien acumuló tanto poder personal como el actual gobernante. Hoy día, no hay institución o instancia del Estado que no controle. La independencia de los poderes no existe y se revirtió el importante proceso de profesionalización del Ejército y la Policía que, en buena hora, habíamos iniciado. La demolición del Estado de Derecho y de la institucionalidad democrática, iniciada en el 2007, ha sido constante y sistemática, igual que la rampante corrupción, que es un verdadero cáncer para la democracia.
Sin embargo, debemos tener fe en la vocación democrática que subsiste en el corazón del pueblo nicaragüense. Ella sabrá encontrar la vía cívica que nos permita recuperar la República que nos ha sido arrebatada. Esa vía nos impone a reclamar, con más vigor que nunca, el derecho a tener elecciones justas, libres y transparentes, lo que supone la reestructuración a fondo del actual poder electoral y la presencia de observadores electorales nacionales e internacionales.
Este es, en el momento presente, nuestro reto prioritario, el reto que toda la ciudadanía debe asumir, no solo los partidos políticos. Enseguida, la sociedad civil debería promover un gran consenso nacional en torno a una sencilla agenda básica de nación, centrada en los reclamos más urgentes de los diferentes sectores sociales. Luego, esta sería propuesta a los partidos políticos de oposición.
La Agenda podría actuar como el agente catalítico de la tan pregonada unidad. Y es que una auténtica unidad difícilmente podrá alcanzarse en torno a cúpulas partidarias. El camino racional para lograrla es buscarla a través de la coincidencia de todos los sectores políticos, sociales y empresariales en una agenda básica, capaz de conducirnos a una Nicaragua diferente de la actual.
Concluimos citando a Cicerón, quien advirtió a los ciudadanos romanos de su tiempo que “la dominación absoluta de un solo hombre corre por resbaladiza pendiente hacia la tiranía”.
El autor es escritor y jurista.