Asteriscos del 22 de enero del 67

Querida Nicaragua: el pasado viernes 22 de enero se cumplieron 49 años de los sucesos del 22 de enero de 1967, cuando las fuerzas opositoras viviendo y sufriendo, como hoy, los caprichos de la dictadura de aquel tiempo, se decidieron a marchar sobre la avenida Roosevelt desde la plaza de la república hasta la loma de Tiscapa para entablar un diálogo y pedirle al propio Somoza Debayle

Querida Nicaragua: el pasado viernes 22 de enero se cumplieron 49 años de los sucesos del 22 de enero de 1967, cuando las fuerzas opositoras viviendo y sufriendo, como hoy, los caprichos de la dictadura de aquel tiempo, se decidieron a marchar sobre la avenida Roosevelt desde la plaza de la república hasta la loma de Tiscapa para entablar un diálogo y pedirle al propio Somoza Debayle, candidato impuesto a troche y moche, que permitiera elecciones limpias, que hubiera observadores internacionales, que se cambiaran las autoridades que manejaban en aquel tiempo lo que hoy conocemos como Consejo Supremo Electoral. Se pretendía dialogar con Somoza pero está visto que Dios ciega a las dictaduras.

El presidente en aquel entonces era don Lorenzo Guerrero, pero obviamente quien mandaba era el general Anastasio Somoza Debayle. Este respondió movilizando al ejército hasta la esquina del Banco Nacional, donde hoy es la Asamblea Nacional. Ahí el ejército detuvo la marcha de la población compuesta por campesinos, obreros, estudiantes y gentes de clase media.

No se supo de donde salió un disparo que mató al capitán Sixto Pineda y ahí fue Troya. La guardia comenzó a disparar contra la multitud y naturalmente los manifestantes corrieron a refugiarse como pudieron a lo largo de la avenida. Se calcula que hubo un poco más de un centenar de muertos.

Muchos comentaristas exageran el número de bajas de la población y hablan de miles de muertos. Si la matanza hubiese sido de miles probablemente Somoza Debayle habría caído por la presión nacional e internacional.

Tampoco es verdad que la bala, que mató al capitán Sixto Pineda, haya sido disparada por el poeta Ciro Molina, cuya amistad cultivé desde que siendo adolescente llegaba a nuestra casa en Ocotal (Ciudad Segovia) enfermo de polio. Mi hermano Heriberto le consiguió con el gobierno de Luis Somoza una silla de ruedas.

Ese 22 de enero yo andaba en Diriamba con mi familia y regresamos como a las cinco de la tarde. La ciudad se notaba tensa. Entré por la calle del Triunfo pasando por la plaza de la República. Fue ahí donde pude ver y escuchar los disparos de las tanquetas sobre el Gran Hotel, donde se habían refugiado algunos de los más connotados opositores.

Ante la gravedad de la situación actuó como mediador monseñor Chávez Núñez quien era el administrador apostólico de la Curia de Managua. Entre idas y venidas de monseñor Chávez entre el Gran Hotel y el Gobierno se logró la promesa de este último en el sentido de que salieran los opositores del Gran Hotel y que el Gobierno se comprometía a no detenerlos como prisioneros, promesa que el gobierno no cumplió pues unas horas más tarde hizo prisioneros a muchos de los manifestantes que habían salido del Gran Hotel. Por cierto que este hecho innoble, digno de un militar prepotente y feroz como Somoza Debayle, hizo quedar en ridículo al doctor Lorenzo Guerrero y produjo la reacción de Pablo Antonio Cuadra en un inolvidable escrito a máquina en el diario LA PRENSA. El escrito a máquina recordaba una antigua y noble promesa de los árabes: la ley del desierto, que obligaba a socorrer al caminante que tuviese dificultades en aquellos parajes.

Y contaba que un hombre perdió su caballo y dificultosamente caminaba a pie. Otro en brioso corcel, divisó de lejos la figura del hombre que difícilmente caminaba entre las arenas. Vino tras él para ayudarle. Le prestó su caballo un rato y él siguió a pie, pero en un descuido el malvado caminante echó a correr dejando a pie a su dueño. Este le gritaba: llévate el caballo, pero por favor no le digas a nadie lo que has hecho para que no se rompa la ley del desierto. La promesa rota en el desierto, era tan malvada como la promesa rota del candidato Somoza Debayle.

El autor es gerente de Radio Corporación y excandidato a la Presidencia de la República en 2011.

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