“Voy en busca del cementerio de mi tierra natal”

En enero de 1915, Rubén Darío se encontraba en Nueva York, a donde había llegado en noviembre del año anterior acompañado de Alejandro Bermúdez, para iniciar una gira por América en pro de la paz mundial

En enero de 1915, Rubén Darío se encontraba en Nueva York, a donde había llegado en noviembre del año anterior acompañado de Alejandro Bermúdez, para iniciar una gira por América en pro de la paz mundial. El tiempo pasa y las conferencias que debían dictar aún no se organizan. El escaso dinero de los pacifistas está por terminarse.

Finalmente, el 4 de febrero, y bajo los auspicios de la Sociedad Hispánica y de la Universidad de Columbia, tuvieron lugar las tan esperadas conferencias. La mayoría de los asistentes fueron latinoamericanos.

En ese mismo mes de febrero, Darío cae gravemente enfermo de pulmonía. Carece casi totalmente de dinero y ha tenido que trasladarse a una modesta pensión. No ha podido enviar ningún dinero a su mujer, Francisca Sánchez del Pozo y a su querido hijo, a quien Rubén llama cariñosamente “Güicho”, que se quedaron en Barcelona. Esto producía mucha angustia a Darío.

Rubén hace múltiples gestiones para que el gobierno conservador de Adolfo Díaz le pague la deuda que tiene con él de 45,000 francos por sueldos pendientes de pago de cuando se desempeñó como ministro de Nicaragua en España. Logra que el gobierno le abone la ridícula suma de 400 dólares.

Darío quiere trasladarse a Buenos Aires y para tal propósito escribe a Emilio Mitre, director y propietario de La Nación. Mitre, generosamente, le envía un giro que le permite cancelar sus deudas y enviar una modesta remesa a su mujer. Mientras tanto, el ministro de Guatemala en Washington, Joaquín Méndez, amigo de Rubén, y el escritor Máximo Soto Hall, han hecho gestiones para que el presidente de Guatemala, el déspota Manuel Estrada Cabrera, invite a Darío a visitar Guatemala. Estrada Cabrera, de inmediato, piensa en aprovechar la fama de Darío para hacerle escribir poemas y escritos laudatorios a su persona y gobierno, uno de los más tenebrosos en la historia de Guatemala. Darío ve en su viaje a Guatemala una oportunidad de acercarse a su nunca olvidada Nicaragua. Está prematuramente viejo, enfermo y sin recursos. A Gómez Carrillo le dice: “Voy en busca del cementerio de mi tierra natal”.

Es recibido con todas las cortesías oficiales y hospedado, por cuenta del gobierno, en el Hotel Imperial. Hace su primera declaración pública al Diario de Centroamérica, del que antes ha sido colaborador. En su entrevista no faltan los elogios a su anfitrión, Estrada Cabrera, quien lee con mucha satisfacción lo dicho por Darío. Edelberto Torres comenta esta desafortunada visita de Darío a Guatemala así: “Con la catástrofe fisiológica se le han ido al poeta las últimas y pequeñas reservas de voluntad que tenía, y en ese estado de aniquilamiento moral y físico no habrá cosa que no haga si le dicen que la exige el tirano”.

Las penurias del poeta no terminan. Aconsejada por el arzobispo de Managua, Lezcano y Ortega, Rosario Murillo viaja a Guatemala para asistir a Rubén y traerlo a Nicaragua, donde ya se conoce lo estropeado de su salud. Cuando Rubén se entera de la llegada de Rosario siente como que se le ha llegado su hora final. Se resiste a su traslado a Nicaragua, más no tiene otra alternativa. Resignado, recuerda lo que un día dijo a Santiago Argüello: “Quiero que mis despojos sean para Nicaragua. Ya que mi patria no me guardó vivo, que me conserve muerto”.

El barco que lo trae, en compañía de Rosario, atraca en Corinto el 25 de noviembre. Esta vez no hay delegados oficiales ni fanfarria. Su retorno es silencioso. Pero cuando el tren llega a León, las campanas de la Catedral anuncian su arribo. La gente lo deja todo y se encamina a la estación. Otra vez lo llevan en coche, al que la multitud desengancha los caballos y tira del coche hasta la modestísima casa que le facilita la familia de Fidelina Santiago de Castro.

El día 24 de diciembre, Rubén piensa en su Güichín, tan lejos de él, en Barcelona. Le duele que no va a tener ni un juguete esa Navidad. Nuestro poeta cierra el año trágico de 1915 con lágrimas en sus ojos. Pronto vendrá su tránsito a la inmortalidad.

El autor es jurista y escritor.

Columna del día Francisca Sánchez Rubén Darío archivo

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