La Palabra en el principio ya existía y por medio de ella Dios hizo todas las cosas pues era y estaba con Dios. Lo dice La Biblia en el evangelio de San Juan (Cap. 1), lo dice el Corán (Cap. 3) y también los pueblos indígenas prehispánicos en lo poco escrito que quedó de ellos.
La palabra es también nuestra historia.
Así lo dijo Pablo Antonio Cuadra y lo ha estudiado y hasta cierto punto confirmado Carlos Mántica. Detrás de ellos, hay una cantidad poca, pero suficiente de filólogos que lo han asegurado.
Las toponimias que recoge Mántica nos dejan conocer de donde venimos y quizás nos dirán para donde vamos.
Los sucesos nicaragüenses están llenos de palabras. No existe mucho escrito sobre ellos, pero abunda el habla, lo que se dice, abunda la palabra. Lo que conversan los viejos. O, hablando en Náhuatl, el huehuetlatolli de los nicas.
Eso que se habla y que nos identifica, sella nuestros orígenes prehistóricos y sabiamente determinará nuestro futuro.
Tristemente, existe una discriminación al lenguaje popular nicaragüense. Al que habla como indígena se le considera de bajo nivel intelectual. “Vos hablás como jincho” te acusan peyorativamente aquellos que se consideran de salones, de academias y colegios. Y ni quiera Dios escribir en estos términos pues nadie te los publica y si lo lográs hacer, sobran los cosquillosos criticones y destructivos que reflejando complejos y envidias no escatiman en ponerte un comentario burlesco y degradante.
Pero ahí vamos, el idioma camina y si no se escribe porque los que escriben quieren imitar al europeo, se habla y esa habla nadie la puede callar.
Es la palabra de nuestros campos y mercados. El habla de los barrios marginados, del mal educado y del profesor. El habla del profesional y del lustrador. El de las pulperías o la del vago de Acahualinca. La palabra del que llega enfermo al hospital o del que compra nacatamales en las esquinas de Sutiava o vigorón en el centro de Granada. El habla de la Tula Cuecho o del ñajo Clodomiro en las canciones de Mejía Godoy. La palabra de las fritangas de Monseñor Lezcano. El habla de los versos de las gigantonas de León. La palabra de don Natividad de los Campos, filólogo sutiaveño desconocido aún por sus mismos hermanos del barrio del río de los caracolitos negros.
Es el habla de nuestras madres aconsejándonos o de nuestros abuelos contándonos los cuentos del tío Coyote y del tío Conejo. De lo que le pasó a fulano por no haber hecho tal cosa y que a veces nos estorba oír.
Y pasa igual en nuestra música. Porque la música es también la palabra, la palabra adornada, embellecida igual que lo es la poesía. Esa que sale del alma pues es la forma como habla nuestro nica desde lo más profundo de su ser.
Lamentablemente también aquellos que escuchan a Mozart y Beethoven se sienten incómodos si les ponemos una canción de tierra adentro. Ellos son cultos los otros no, como si la música y la poesía como toda palabra, no fueran universales.
Universalizar nuestra palabra un fenómeno logrado hace muchos años por Rubén Darío, o , a como lo hicieron nuestros indígenas con el Náhuatl al globalizarlo en toda América y Europa, fue función del habla, fue creación de La Palabra.
Cada pueblo indígena y cada barrio (calpulli) de nuestra América hispánica debería de tener impresas en letras de oro La palabra de los Viejos. El Huehuetlatolli. Y no solo, deberían tener un tlamatine (sabio) que trasmita a sus futuras generaciones la sabiduría del pasado, pues quien no aprende del pasado está condenado a cometer errores en el presente y en el futuro. Óiganlo bien gobernantes de ahora.
La Palabra es Dios y ella es eterna y creadora de la humanidad y de todo lo que vemos a su alrededor.
El autor es médico.