El papa Francisco, en su alocución del 27 de diciembre, reproducida en Granma, abogó por la solución al drama humanitario de los inmigrantes cubanos. “Mi pensamiento —dijo el pontífice— va en estos momentos a los numerosos inmigrantes cubanos que se encuentran en dificultades en Centroamérica. Invito a los países de la región a renovar con generosidad todos los esfuerzos
necesarios para encontrar una oportuna solución a este drama humanitario”.
El papa considera que las dificultades causadas a los inmigrantes cubanos por Daniel Ortega, agredidos, además, por el Ejército y la Policía de Nicaragua, constituyen un drama humanitario que los países de la región deben resolver con generosidad.
Efectivamente, la solución noble pasa, diplomáticamente, por aislar inexorablemente la intransigencia caprichosa de Ortega, para formar un puente aéreo entre países hermanos, que eluda el tránsito de los inmigrantes por Nicaragua. De hecho, esta solución sensata constituye una derrota para Ortega, dominado por la soberbia de un infantil absolutismo enceguecido.
Lo sorprendente es que Ortega no logre percibir que su táctica inflexible y brutal le aísla internacionalmente, sin rédito alguno, y que en el mundo todas las fuerzas ideológicas —salvo la extrema derecha— buscarán como resolver el problema de los emigrantes, sustrayéndolos al capricho orteguista, privado de contenido político. El instinto feudal de Ortega, que atrae por afinidad a la oligarquía criolla, choca frontalmente, sin embargo, con los valores básicos de la modernidad occidental. No digamos ya, contra los principios internacionales socialistas.
Ortega justifica torpemente su ataque a los emigrantes cubanos, porque Estados Unidos no tiene, para el resto de emigrantes centroamericanos, una ley igual a la del ajuste cubano. Es como si los obreros de las zonas francas atacasen a los obreros de la construcción, porque estos tienen un convenio colectivo superior. Obviamente, no pasa por allí la conciencia de clase.
Para nosotros, resultan decisivos los elementos subjetivos que revelan la incapacidad de conducción de quienes detentan el poder en nuestro país. Esta indolencia táctica en la crisis humanitaria de los emigrantes cubanos, es decir, esta inflexibilidad infantil, que excluye a Nicaragua del reagrupamiento regional para darle una salida a la crisis, revela que estos aventureros sin ideología y sin formación alguna, que controlan el poder en Nicaragua, toman decisiones emotivamente, porque ven al Estado como un simple instrumento de beneficio familiar.
El cardenal Brenes, al abordar este tema, se muestra carente de la sensibilidad humana del pontífice. Y se hace eco, en este caso, por desgracia, de las pueriles racionalizaciones de Ortega. Me di cuenta, dice Brenes, que Nicaragua no asistió a la reunión de Guatemala porque Ortega no fue invitado. Y no se pregunta, ¿por qué no fue invitado?, ya que reconocería que para resolver un problema de intransigencia no se debe dar la palabra a la intransigencia misma. Me he enterado, continúa Brenes, que el problema es complejo, hay 40 mil emigrantes cubanos en Ecuador. ¿Los países estarán preparados para recibir a esos cuarenta mil?, pregunta con indiferencia Brenes.
Íntimamente, hay una creencia reaccionaria —por falta de sensibilidad humana— que los emigrantes cubanos son un problema en sí mismos, y que deben ser marginados como delincuentes. Si Nicaragua pudo recibir en el año a un millón 205 mil 386 turistas, y apunta, con ilusión, a recibir a muchos más en el próximo año, ¿por qué no podría facilitarles el tránsito legal a 40 mil emigrantes cubanos, que tienen derecho a buscar mejores oportunidades en un país que les incita a emigrar?
El cardenal Brenes podría preguntarse si el papa Francisco, al enterarse que hay 40 mil cubanos en Ecuador, les apartaría de su pensamiento, ya no pensaría que se trata de un drama humanitario, y ya no pediría que se les facilite el tránsito con generosidad.
Escribía Pasolini que el tema más misterioso del teatro griego era que los hijos debían pagar las culpas de los padres. Debían ser castigados por nuestras debilidades, a pesar de la propia índole plácida de sus almas. Hemos dejado en herencia —incluso a nuestros nietos, tanto es perdurable el daño a nuestra sociedad— el destino de un país atrasado en franco retroceso, en completa degradación moral. La disyuntiva urgente, es entre transformación consciente o anarquía.
El autor es ingeniero eléctrico.