Hay que reconocer, que la primera gran lección de las elecciones parlamentarias venezolanas, que mantuvieron en vilo al mundo el pasado domingo, es que a pesar que tanto Hugo Chávez como Nicolás Maduro lograron desmontar casi todo del andamiaje institucional democrático, con el fin no disimulado, de perpetuarse en el poder, no lograron desmontar el sistema electoral que por generaciones los venezolanos habían logrado perfeccionar desde 1958.
La tradición democrática electoral venezolana nació bajo el aura del “Pacto Punto Fijo” (en mención a la casa del expresidente Rafael Caldera), firmado por todas las fuerzas políticas de Venezuela de aquel entonces, poco después de que un golpe militar diera fin a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, tras una serie de protestas populares. Desde entonces, los resultados electorales nunca han sido cuestionados.
También las fuerzas armadas, a pesar de todos los esfuerzos de ser politizadas e instrumentalizadas por el “Partido Socialista Unido de Venezuela” bajo el pretexto de la “Revolución Bolivariana”, que hoy es un fracaso económico y social, quizás anticipando los cambios que están a la vuelta de la esquina, se mantuvieron con profesionalismo durante los comicios.
Y la tercera gran lección que debemos aprender todos, gobernantes y gobernados, es que a como dice el dicho: “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Nada es eterno en la vida todo es pasajero y transitorio, como la vida misma, desde los faraones egipcios que se quisieron eternizar momificando sus cuerpos bajo las pirámides, hasta los más poderosos dictadores de la humanidad, como Hitler, Mussolini y Stalin, todos han pasado y todos pasarán a la historia.
Y por último, quizás lo más importante para Nicaragua, es que el cambio puede ocurrir sin derramar una sola gota de sangre, que el cambio es posible si se respeta la voluntad popular aunque sea doloroso para los que detentan el poder.
El Consejo Nacional Electoral de Venezuela dio a conocer resultados muy adversos a Nicolás Maduro y sus seguidores, por lo visto cada vez menos del Partido Socialista Unido de Venezuela. La tendencia al momento de escribir este artículo es que la Mesa de Unidad Democrática lograría una mayoría calificada de 112 diputados, de los 167 que integran la Asamblea Nacional (AN).
En el primer informe, el Consejo Nacional Electoral (CNE) dio a conocer oficialmente que la MUD aventajaba al Partido Socialista Unificado de Venezuela por 99 diputados contra 46, pero habían 22 que aún no se habían adjudicado.
De obtener la mayoría calificada de parlamentarios, o sea más de 111, la Mesa de Unidad Democrática, podrían impulsar a una Asamblea Nacional Constituyente, convocar a un referendo revocatorio, sin necesidad de levantar las firmas ciudadanas, remover a magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, controlado por Maduro y hasta elegir a nuevos rectores del CNE.
Las consecuencias del triunfo abrumador de la oposición venezolana, son previsibles en Nicaragua, porque no solo las condiciones con que el gobierno recibe el petróleo venezolano podrían variar, no para detrimento de la población que paga de contado el combustible en la bomba, sino para el uso discrecional y secreto que le ha dado el orteguismo a los fondos para sacar ventajas políticas.
Otra consecuencia es el efecto dominó que está dando el ocaso del llamado “socialismo del siglo XXI” en nuestra América, donde aún existen vasos comunicantes. El cambio comenzó en Argentina con el triunfo de Macri, siguió en Venezuela con el triunfo aplastante de la oposición venezolana y seguramente seguirá en Nicaragua en el 2016.
Pero quizás la consecuencia más importante sea en la propia Venezuela, que a como lo ha dicho el excandidato a la presidencia Henrique Capriles, atraviesa la crisis más profunda de su historia, tanto en el plano económico, como en el plano social y de seguridad.
Si con la recomposición de la AN el próximo 5 de enero, por medio de un diálogo nacional y a como lo ha manifestado Capriles y lo ha ofrecido el presidente Maduro, Venezuela lograse salir de la crisis en que se encuentra, sin revanchismos y con una gran visión de estadista, la ruta quedará marcada para los otros países del populismo desfasado del siglo XXI.
El autor es diputado de la Bancada Alianza PLI y Presidente de la Comisión de Turismo.