Motivado por las noticias que cada día escuchamos sobre la acción modificadora progresiva de las condiciones climáticas extendidas sobre la superficie de la Tierra, bajo lo cual se celebra en París en estos días la Cumbre de la ONU sobre el cambio climático (COP21), en la que participan los países desarrollados y no desarrollados, lo que supone va a resultar muy importante para los países como el nuestro, en razón del ámbito climático del cual Nicaragua —según el informe 2014 del Índice de Riesgo de un organismo alemán— ha resultado ser el cuarto país más afectado en las últimas tres décadas.
La Tierra, en particular el pedazo que ocupamos, es muy vulnerable a los efectos de este fenómeno meteorológico, está enferma y en peligro de una catástrofe climática, ella demanda de nosotros el cuidado y protección que siempre ignoramos como si no fuera necesario para ser naturaleza que tiene la tarea de hacer crecer y sostener nuestra vida.
Hace algunos días leía las reflexiones de ciertos agricultores, sobre cómo combatir el cambio climático que afecta a la Tierra. Decían que para combatirlo se hace necesario tecnificar los recursos de producción, el uso de maquinaria y equipos, desarrollar políticas públicas, así como capacitar en biotecnología y el cambio climático, lo que resultaría en una buena producción y mayor rendición de ingresos.
Muy interesante esta observación, si eso llegase a ser la solución para combatir el impacto en el cambio climático; pero la verdad, desdichadamente es otra. Mientras no exista una conciencia social ética y no se apliquen las leyes de acuerdo con las normas con las que fueron instituidas, estas reflexiones no serán más que una mera promoción comercial en función, como bien se dijo, de alcanzar una mayor rendición de ingresos.
La experiencia sobre lo vivido, la historia y otras razones nos dicen que hay que sensibilizarnos y sensibilizar, que deben los técnicos desarrollar sinergias de innovaciones en cuanto a la explotación de la Tierra y las propiedades de los suelos, reconociendo con visión de futuro que estamos destruyendo nuestro hábitat.
En el principio el divino Creador luego que creó al hombre, lo estableció en el jardín del Edén, le entregó esta Tierra como su heredad, recomendándole cultivarla y cuidarla, diciéndole: “Vean que les he dado toda una vegetación que da semilla, que está sobre la superficie de toda la tierra y todo árbol en el cual hay fruto, que da semilla que les sirve de alimento” (Génesis 1:29). El hombre en el transcurso del tiempo en oposición a lo ordenado por el Creador, con su actitud desordenada se ha convertido en vez de su protector en su verdugo. Una incontrolable deforestación viene asolando montañas, bosques y tacotales, es decir, toda una vegetación regalada por Dios va desapareciendo como si olvidáramos que estos son los grandes purificadores del aire, que compensa en parte la contaminación producida por los gases, como es el dióxido de carbono, la destrucción del bosque produce la erosión del suelo, y puede ocasionar las inundaciones o sequías, lo que produce una serie de daños ambientales que ponen en riesgo la sanidad del medioambiente y propician el cambio climático progresivo.
Similar a lo anterior le sigue el mal manejo de los suelos en el desarrollo de la agricultura, que destruye toda la vegetación arbustiva que se enfrenta al paso de una pesada maquinaria agrícola, labrando los suelos desde los primeros meses del verano, cuando ciclónicas tolvaneras de polvo impulsadas por los vientos caen sobre poblados vecinos, donde viven campesinos pobres, que por este motivo adquieren enfermedades alérgicas e infecciosas principalmente de las vías respiratorias que luego degenera en enfermedades crónicas. Estas personas son organismo biológico, un “biosistema” que opera dentro de los limites inexorables.
Volvamos nuestras miradas al florido y azul paisaje, y comprenderemos la razón del por qué cuidar nuestra tierra, crisol sagrado donde se mezcla la vida y el trabajo. Si la miramos con los ojos del alma ella despierta en nosotros un sentimiento agridulce de asombro y de agobio, primero cuando con el rocío del alba se levanta soberbia e impecable la dorada espiga, y luego triste y frustrada por nuestra causa la ve morir.
El autor es historiador indígena.