El premio

¡Mañana me la saco! esta vez va en serio, estoy segura, vas a ver que sí…Todas las semanas era la misma cantinela y la ilusión de la posibilidad, aunque remota, la mantenía haciendo miles de planes que se rompían invariablemente para renacer con nuevos ímpetus en la siguiente ocasión.Cada miércoles, papelito en mano, Lucía revisaba cuidadosamente el periódico buscando con ansia el tan anhelado premio. ¡Nada! Tampoco esta semana había tenido suerte, pero no importaba, compraría de nuevo y probaría otra vez con otro número, aunque las probabilidades fueran de 1 en un millón, no había que perder la esperanza. Estaba segura que la suerte, tan escurridiza, se apiadaría de ella y la resarciría de las desilusiones semanales haciéndola tocar el cielo con el tan deseado premio. Inasible al desaliento, volvía a la carga con renovada ilusión.

¡Mañana me la saco! esta vez va en serio, estoy segura, vas a ver que sí…Todas las semanas era la misma cantinela y la ilusión de la posibilidad, aunque remota, la mantenía haciendo miles de planes que se rompían invariablemente para renacer con nuevos ímpetus en la siguiente ocasión.Cada miércoles, papelito en mano, Lucía revisaba cuidadosamente el periódico buscando con ansia el tan anhelado premio. ¡Nada! Tampoco esta semana había tenido suerte, pero no importaba, compraría de nuevo y probaría otra vez con otro número, aunque las probabilidades fueran de 1 en un millón, no había que perder la esperanza. Estaba segura que la suerte, tan escurridiza, se apiadaría de ella y la resarciría de las desilusiones semanales haciéndola tocar el cielo con el tan deseado premio. Inasible al desaliento, volvía a la carga con renovada ilusión.

Incluso sus hijos seguían con atención aquel altibajo de sueños que su madre les transmitía entre risas. Ellos también añoraban los regalos que tendrían, la bonanza de que gozaría la familia, los paseos prometidos… Y todo dependía de aquel pedacito de papel coloreado lleno de números que ellos no entendían pero que podría cambiarles la vida. Para los niños, era como soplar burbujas llenas de gotas de felicidad que los transportaban a un mundo de

fantasía. Y así, semana tras semana. La lista de lo que harían se hacía interminable y la comentaban alegremente con la abuela a la que incluían siempre en sus planes infantiles. Los viajes al mar, el tan anhelado viaje a España, la Wii, los juegos de Mario, los videos de sus personajes favoritos, su propia computadora, el parque de los dinosaurios en México… ¡Cuantas ilusiones caben en sus inocentes cabecitas!, pensaba la abuela escuchándolos arrobada.II

Lucía se aparcó en la gasolinera para estirar las piernas y poder continuar el largo viaje de trabajo hacia el norte del país. Se comió lentamente el bocadillo y se estaba tomando el yogurt cuando se acercó un joven minusválido en una d

estartalada silla de ruedas:- “Cómpreme el premio, no deje escapar a la suerte”, le dijo.- “Escoge vos un número”, le dijo ella; “tal vez tu mano me trae suerte”.La transacción se cerró y, sin siquiera mirarlo por temor a arruinar la sorpresa, guardó cuidadosamente el papel en su billetera.“Esta vez sí me gano el premio”, le dijo triunfalmente a su madre que la acompañaba, “estoy segura que el comprarle a este muchacho me traerá suerte”. III Su madre contestó el teléfono y

oyó la voz excitada de su hija al otro lado:“Mami, la he pegado, ¡¡me he ganado la lotería!! Ya ves, vos que no me creías, pues finalmente me he ganado un premio”. Su risa contagiosa y emocionada subía de tono a la vez que repetía una y otra vez la noticia. “No es el mayor, mami; es uno más pequeño, pero ya verás todo lo que haré con ese dinero.

¡Los niños se van a poner como locos!”

Estupefacta, su madre no acertaba a contestar nada. Efectivamente le parecía mentira que la suerte tan esquiva se dignara acercarse a su familia. Para ellas que nunca la habían pegado en ninguna rifa, sorteo, cupón o similar, el que su hija se ganara un premio de lotería le parecía increíble. Aunque no fuera el mayor, no importaba, “un premio es un premio”, le dijo a Lucía, pero asegurate que es tu número hija, recomendó todavía aprensiva.IV-“¿Lucía, ya fuiste a reclamar tu premio?”- “Todavía no he podido mami, pero voy mañana. Alistate que vamos a ir a almorzar juntas para celebrarlo, llevaremos a los niños para que se coman la pizza que tanto quieren”, contestó ella entusiasmada.Ya había dispuesto lo que haría: una parte del dinero sería para meterlo en su cuenta y poder hacer frente a los gastos del colegio de los niños. El resto sería suficiente para llevar a su mami y sus hijos a comer, regalarle a los niños algunos de los caprichitos que tanto anhelaban, reparar algunas urgencias de su casa, comprarse alguna ropa presentable y unos libros que había visto y mimarse con ciertos caprichos gourmet del supermercado que usualmente no podía permitirse. Tanto tiempo soñando con estas pequeñas cosas que finalmente se harían realidad…Terminó sus gestiones y antes de irse a su casa pasó por la Lotería. Hoy era el día en que había decidido recibir su premio, saborear el cumplimiento de esa ilusión tan largamente acariciada. Ya se imaginaba llegar a su casa y mostrarles a sus hijos el dinero ganado, hacer juntos las cuentas de lo que se gastarían y de lo que ahorrarían, decidir los juguetes que ellos tendrían, el restaurante al que irían con la abuela. Las ideas zumbaban en su cabeza y la sonrisa no se le borraba de la cara.

El entusiasmo la desbordaba.Se alisó los rebeldes rizos, se ajustó el pantalón y la chaqueta y finalmente entró en el edificio. Le dijo al portero que llegaba a cobrar un premio e inmediatamente se vio guiada cariñosamente hac

ia adentro, le abrieron las puertas de vidrio que conducían a la sala VIP de los ganadores, le indicaron que esperara para atenderla como era debido y le ofrecieron un delicioso café que ella saboreó encantada. Se sentía en el séptimo cielo, tratada como una reina a la espera de la corona.

Finalmente se acercó a la ventanilla que le indicaron y entregó su vigésimo al joven. Su sonrisa se heló de repente cuando el cajero amablemente le dijo:-“Señora, no era necesario que viniera hasta aquí. Cualquier vendedor le habría entregado su premio”.-“¿Cóooooomo?” susurró Lucía con hilo de voz, “¿hay algún problema con el premio?”-“No señora, lo que pasa es que Ud. únicamente tiene un vigésimo; solamente le tocan 60 pesos, menos lo correspondiente al Fisco, o sea, 54 pesos!”Lucía no podía creer lo que oía. El estómago le dio un vuelco y casi se le doblan las piernas. Se sentía frustrada, humillada, una tonta redomada. Solamente el equivalente a dos dólares, ella que se había hecho tantas ilusiones y había prometido tantas cosas a sus hijos. Era increíble, ¿cómo había sido tan ingenua de pensar que del premio total le tocaría con un solo vigésimo? ¡Los mil doscientos córdobas que había creído ganar se habían convertidos en cincuenta y cuatro miserables pesos, ¡¡¡¡apenas alcanzaban para comprar un par de litros de leche!!!!

Tratando de sonreir y haciendo de tripas corazón, recibió el dinero y corrió a la puerta. La gente en el parqueo la miraba reír a carcajadas, sin parar, como una loca, repitiendo sin cesar: “Me gané la lotería, me gané la lotería”.Cuando se lo contó a su madre todavía le duraba la risa. Sentadas en el porche de la casa oyeron el conocido pregón: “Loootería, loootería”. Sin pensárselo dos veces, Lucía se levantó y llamó al hombre: “Deme un vigésimo, escójalo Ud., tal vez su mano me trae suerte”.

Febrero 2014

Cultura

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