Querida Nicaragua: La pobreza es una cualidad o una virtud que no se puede definir fácilmente, es algo así como un estado de ánimo. He conocido personas que sin tener un centavo de capital y por lo tanto sin tener mayores preocupaciones son perfectamente felices, hay otras que tienen cantidades de dinero en los bancos, fincas, casas y todo artefacto que ven anunciado en la TV, además de muchos problemas y padecen tales de depresiones que los hacen sentirse inmensamente pobres.
Es decir que ciertamente hay ricos pobres y pobres ricos y no se debiera medir la pobreza con esos números que usan los técnicos de los organismos internacionales, que terminan haciendo multiplicaciones del Producto Interno Bruto (PIB) que nadie entiende, entre el número de habitantes sin tomar en cuenta que no todos somos iguales y que unos comen pavo todos los días y otros tortilla y con suerte gallo pinto.
Debe ser bonito estar sentado en una gran oficina de una gran ciudad, ganando salarios en miles de dólares, revisando las estadísticas falsas que llegan de los gobiernos, sobre todo de los regímenes totalitarios donde no hay acceso a la información pública.
La medición de la pobreza, como debería hacerse entrevistando al pueblo, es un trabajo difícil por no decir imposible. Primero porque nadie está obligado a decir lo que gana en un subempleo donde hay una inmensa mayoría de los trabajadores, y segundo porque si contesta no va a decir la verdad, va decir que gana menos por temor a que le cobren impuestos.
En los mercados de Managua, con todo y que no son un dechado de limpieza, hay comerciantes millonarios, comerciantes medianamente ricos, comerciantes acomodados y muchos intermediarios que se ganan la vida vendiendo cosas, y alrededor de los mercados y en los semáforos montones de subempleados de todas las edades. ¿Cómo medir el grado de pobreza de estos ciudadanos?
Nunca dejará de haber pobres. Nuestro Señor Jesucristo lo dijo, y en mis años de vida que son un largo trecho he visto muchísimos más pobres que ricos, y pobres que no son amargados ni soberbios como muchos ricos.
Cómo podría medirse la pobreza de un hombre cuyo trabajo le permite vivir en una casa modesta, mantener una mujer y tres hijos, suplir los alimentos necesarios para la familia, pero viviendo en un pueblo alejado de la capital no tiene capacidad para mandar a sus hijos a la universidad. No hay duda de que es una familia pobre aún ganando el jefe del hogar lo suficiente para suplir los gastos propios de la casa. Según los informes internacionales este hombre dejó de ser pobre, pero tiene tres hijos que no pudieron estudiar una carrera profesional. La familia es pobre y el país seguirá siendo pobre.
El remedio contra la pobreza es la educación, pero para que haya eficiente y amplio proyecto educacional necesitamos fuertes inversiones sin onerosas concesiones, fábricas que den trabajo a nuestros obreros, comercios, el indispensable consumo porque si no hay consumo no hay trabajo en las industrias para nuestros obreros. Sigue siendo el capitalismo, el consumo, la inversión, la iniciativa privada lo que echa a andar el motor que mueve las ruedas del progreso de los pueblos. Y sobre todo teniendo libertad, institucionalidad, orden y respeto por las leyes. En el mundo sobran los ejemplos. No es con numeritos estadísticos que vamos a disminuir la pobreza. Taiwán, Singapur, y la veintena de países que son ejemplo de desarrollo y felicidad en el mundo salieron de la pobreza a base de trabajo ordenado, de disciplina, de intensos programas de educación y desarrollo tecnológico.
Mientras tengamos gente vendiendo en los semáforos seguiremos siendo pobres por mucho que las estadísticas marquen los números que quieran marcar. Comencemos a luchar por una Nicaragua renovada, con libertad, orden y progreso.
El autor es gerente de Radio Corporación. Excandidato a la presidencia de la República en 2011.