La reciente visita del papa Francisco a Cuba y Estados Unidos despertó, como era de suponer, un interés mundial por ser la figura máxima de la Iglesia católica; por el papel que se le atribuye en el acercamiento y restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambos países; y por los temas de interés mundial que abordó; o quizás, más preciso aún, por el hecho de que esas situaciones tan trascendentales y de dimensión planetaria en su impacto político, económico, social y moral, hayan sido tratadas precisamente por el pontífice en sus numerosas exposiciones.
Entre los grandes temas abordados sobresalen el de la injusticia con los más débiles, la discriminación social, las situaciones derivadas del capitalismo transnacional, el consumismo, la agresión al medioambiente y el peligro para toda la humanidad del cambio climático y, en general, la subordinación del ser humano por el sistema a los intereses acumulativos y utilitarios.
Frente a una situación como la que él mismo describió en diferentes intervenciones, reclamó la búsqueda de un entendimiento entre diversos países, sectores y sistemas, basado en valores y principios éticos que preserven y promuevan el respeto a la libertad y dignidad del ser humano, y establezcan la justicia y la solidaridad como base y objetivo de la coexistencia social.
Los planteamientos del papa Francisco ante un mundo como el actual, traen de nuevo a mi consideración y reflexión los del teólogo Hans Kung en su obra Una ética mundial para la economía y la política en la que afirma que “ciertamente carecemos en todos los sentidos de una visión realista que ilumine el futuro”. ¿Una visión?, se pregunta para afirmar a continuación que “ante las amenazadoras crisis ecológicas, económicas y políticas de nuestros días, incluso quienes durante largo tiempo creyeron en la ideología tecnológica-evolutiva del progreso de Occidente se han quedado sin apenas una visión constructiva del futuro que ofrecer”.
“El centro —dice— no lo va a constituir un principio regulador —el Estado, el mercado o la Iglesia— que, como mano visible o invisible lo organice todo Pero sí —afirma— hay que intentar un consistente proyecto de futuro que tenga en cuenta las experiencias históricas y las trascienda a la vez, en aras de un orden mundial (relativamente) mejor”.
A partir de los problemas del mundo contemporáneo hoy agudizados al extremo, nos hemos permitido proponer, en el plano filosófico y político, la filosofía de la “Unidad en la Diversidad”, porque ante este fenómeno crucial de nuestro tiempo, consideramos necesario un concepto de universalidad que no conduzca a nuevos modelos homogéneos y totales, sino una universalidad que surja del respeto a las diferencias y de la coexistencia y retroalimentación de las culturas. Es decir, que sea fruto de la “Unidad en la Diversidad”.
Esto que desde nuestra perspectiva consideramos válido a nivel mundial, tendría que considerarse también a nivel regional y nacional.
En el aspecto regional, en lo que concierne a América Latina, esta filosofía de la “Unidad en la Diversidad” debe formular un nuevo pensamiento crítico, valorar la situación de las ideologías, su agotamiento o posibilidades, analizar en forma crítica los partidos políticos, su vigencia histórica y su agenda ante el nuevo contexto mundial; debe estudiar los nuevos sujetos de la sociedad civil como actores imprescindibles del quehacer histórico y político de nuestra época, construir una nueva teoría política y un nuevo lenguaje político que permita aglutinar un cuerpo de ideas básicas para enfrentar los retos actuales.
Con respecto al plano nacional, entendemos la “Unidad en la Diversidad”, como el proceso político y teórico que consiste asumir a Nicaragua como proyecto de nación. A esto le hemos llamado “La Nicaragua Posible”, la que exige para su construcción la concertación y la búsqueda de un proyecto que contenga el acuerdo estratégico de los sectores políticos, económicos y sociales, sobre aspectos de la vida nacional que demandan una definición imprescindible e impostergable.
Tres áreas, al menos, deben ser atendidas en este sentido: la económica, la social y la política-institucional. Definir un acuerdo estratégico sobre cada uno de estos temas implica, necesariamente, la participación en él del Gobierno y de los sectores respectivos. La concertación y el acuerdo estratégico nos indican que no es posible obtener la estabilidad y la recuperación del país por medio de una propuesta unilateral, y que, por el contrario, la recuperación solo será posible mediante la convergencia de diferentes sectores que logren coincidir en los puntos esenciales de la agenda nacional. Esto en el plano concerniente al acontecer de nuestro país, significa la realización de “La Unidad en la Diversidad”. Por ello es imprescindible el nuevo contrato social en sus tres necesarias expresiones: nacional, regional y mundial.
Sobre este último aspecto, el mundial, que afecta a toda la humanidad, habría que decir que el mundo contradictorio de nuestros días se debate entre dos tendencias: la globalización, que pretende uniformar todo y someterlo a los intereses del capitalismo financiero transnacional; y la confrontación, tanto entre países, como también entre sectas ideológicas, culturales y religiosas fanatizadas, que, en conjunto, han hecho del mundo un escenario del horror, expresado en sus formas más brutales, y han producido lo que el papa Francisco ha llamado una Tercera Guerra Mundial fragmentada.
Por ello es imperativo el llamado a la consolidación de valores éticos que puedan, en medio de las diferencias, constituir un plano de coincidencias mínimas, una plataforma común, que permita establecer las bases sobre las que se levante una nueva sociedad mundial, más allá de la confrontación y el tejido de injusticias que envuelve a la humanidad contemporánea.
La búsqueda de un nuevo contrato social planetario que establezca los fundamentos éticos, filosóficos y prácticos de la sociedad actual, es el gran reto de la filosofía y el pensamiento en este momento. Restaurar las fracturas que han roto la estructura de la vida contemporánea, es un desafío que no admite postergación. Dotar de un contenido ético al desarrollo material, científico y tecnológico y dar un sentido de unidad moral a la sociedad desgarrada, es un empeño que obliga, en primer lugar, a la Organización de Naciones Unidas (ONU), a buscar este acuerdo planetario, pero también a todos y cada uno de los Estados y las fuerzas sociales, políticas, culturales y económicas que los componen, y por supuesto, a los intelectuales y al pensamiento filosófico que tienen ante sí un compromiso ineludible.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.