El portal católico uruguayo Foro de la Virgen María publicó, a fines de septiembre recién pasado, un artículo para refutar a aquellos historiadores de las religiones que sostienen que la figura de Jesús de Nazareth fue copiada de un dios egipcio llamado Horus.
Pero lo cierto es que no solo con Horus se identifica a Jesucristo. También se le asocia a otros dioses de los antiguos pueblos politeístas, como Mitra, dios persa del Sol, y Dionisio, el dios griego del vino al que los romanos llamaban Baco. Sin embargo esto no debería extrañar a nadie, pues, como se explica en el sitio católico mencionado, “la mayoría de las religiones, después de todo, tratan de responder a las mismas preguntas fundamentales de la vida” y por eso “casi todas las religiones tienen rituales, historias sagradas y códigos morales semejantes o parecidos”.
Las supuestas semejanzas del dios egipcio Horus con Jesucristo son, primero, que ambos nacieron de una virgen —o más propiamente sin que mediara una relación sexual de hembra con varón—, y segundo, que los dos resucitaron después de muertos. Sin embargo, la verdad es que entre Horus y Jesucristo hay más diferencias que similitudes.
Horus es hijo de la pareja divina Isis y Osiris, pero no nace de un acoplamiento normal entre ellos, de hombre con hembra, sino de manera extraordinaria como veremos.
Atum, dios original y primordial del universo en la mitología egipcia, crea a Shu que representa el aire y la luz, y a Tefnut, que es el rocío que fecunda la naturaleza y da la vida.
De la unión de Shu y Tefnut nacen Geb (la Tierra) y Nut (el Cielo), que a su vez engendran a las divinidades femeninas Isis y Neftis, y a las masculinas Osiris y Set.
Osiris se une a Isis desde que están en el seno materno y después forman un matrimonio que reina sobre las regiones del Valle del Nilo, que son fértiles y ricas por las inundaciones anuales del gran río pero el imaginario popular lo atribuye a la bondad de la pareja divina. Por otra parte, Set se casa con Neftis pero les toca reinar en las áridas tierras del desierto y sobre las montañas, que no producen nada.
Osiris recorre el mundo para enseñar a la gente a cultivar la tierra y mostrarle las ventajas de vivir de manera civilizada.
Set permanece en su territorio, alimentando su envidia hacia Osiris, a quien asesina cuando regresa de su viaje por el mundo y lo corta en muchos pedazos que esparce por todas partes.
Pero Isis no se resigna a la muerte de su esposo. Recorre el país y va recogiendo los trozos que encuentra en cada lugar, reconstruye el cuerpo de su esposo y lo resucita con un soplo de vida. Sin embargo al cuerpo de Osiris le falta el miembro viril que Isis no pudo hallar en ninguna parte, a pesar de todos los esfuerzos que hizo para encontrarlo.
De todas maneras Isis yace sobre el cuerpo de Osiris y resulta milagrosamente embarazada. De esa extraña relación nace un varón a quien llama Horus (“el elevado”, dios de la luz del cielo), el que viene al mundo tal como permanecía en el vientre materno: con el cuerpecito enrollado y el dedo de una mano sobre los labios, como llamando a silencio.
No mucho tiempo después Horus muere mientras duerme en su cuna, picado por un escorpión venenoso. Pero Isis, ayudada por Toth, que es el dios de la sabiduría, resucita a Horus. Quizás por eso, por ser un dios resucitado, es que se le asocia con Jesucristo.
Horus crece y alentado por su madre reúne un poderoso ejército que va a combatir contra su tío, Set, a quien derrota y mata después de dos grandes batallas. De esa manera Horus venga la muerte de su padre, el buen Osiris que fue asesinado por su pérfido hermano.
Los griegos incorporaron a Horus en sus creencias religiosas y le dieron el nombre de Harpócrates, al que le rinden culto como dios niño. Sobre este tema escribí una columna titulada Harpócrates, dios del silencio , publicada en LA PRENSA del 24 de febrero de 2012. El culto a Harpócrates fue llevado de Grecia a Roma, donde su estatua era colocada en la entrada de los templos. Allí, con su figura recogida, los ojos cerrados y el dedo sobre los labios, Harpócrates parecía llamar al silencio que se debe guardar en los lugares sagrados durante las oraciones.
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