La crisis que se vive en la actualidad, además de económica, social y política, es, sobre todo, una crisis de valores, lo que conlleva necesariamente a expresarse tanto en la realidad como en el pensamiento, y a exigir de forma ineludible, la construcción de una alternativa ante el desmoronamiento de la sociedad contemporánea.
La exigencia de una opción que supere esta situación se vuelve tanto más imperativa cuanto que enfrenta la imposibilidad de un regreso a las formas predominantes anteriores a la crisis.
Como expresa Alain Touraine en la segunda conclusión de su libro Después de la Crisis, es imposible “regresar al pasado, ya que la crisis ha sido desencadenada por conductas que han dado la espalda a una gestión racional. Las sociedades industriales han sido heridas de muerte. No es posible devolverles la vida”.
Tal situación obliga a la búsqueda de una nueva sociedad que hay que construir en una labor de todos, sin exclusión, en la cual, el pensamiento y el intelectual tienen un papel fundamental que reclama, como dice Cornelius Castoriadis en su libro Le Monde Morcelé, “Restaurar, restituir y re-instituir una labor auténtica del intelectual en la historia, lo que exige, ante todo y sobre todo, restaurar, restituir y re-instituir su función crítica”… es decir, señala Castoriadis, es necesario que “el intelectual devenga verdaderamente ciudadano. Un ciudadano no es (no lo es necesariamente) militante de un partido, sino alguien que reivindica activamente su participación en la vida pública y en los asuntos comunes, con el mismo título que todos los demás”. (La traducción del francés es nuestra).
Como podemos apreciar, los desafíos de la realidad presente requieren la participación del intelectual en tanto ciudadano, pero también, agregaría, teniendo en cuenta una realidad en la que aún no está suficientemente presente un pensamiento crítico capaz, junto a las otras tareas de los demás sectores de la ciudadanía, de construir, sobre valores y principios, esa alternativa que tiempo y circunstancia reclaman.
Esta situación obliga a un replanteamiento del pensamiento filosófico contemporáneo, en forma tal que la filosofía devenga parte fundamental de la situación presente, compromiso y búsqueda de las opciones apropiadas que permitan construir las bases de un mundo alternativo.
El pensamiento filosófico no es un pensamiento que habita en su torre de marfil aislado de la realidad, sino que es una forma de la realidad, pero esta también es, o debe ser, una forma de la razón y el pensamiento.
Ante el drama contemporáneo de la fragmentación, de la ruptura entre el ser humano y el mundo, en este momento de la “conciencia desgarrada”, para usar el término de Hegel, la filosofía debe ser esfuerzo teórico y práctico de “Unidad en la Diversidad”.
Por eso la filosofía no debe ser el estudio de un itinerario de ortodoxias, ni el conocimiento de un hilo que hilvane dogmas, ni siquiera una fiel reproducción del pensamiento hasta ahora construido.
Debe ser realidad que palpita en el concepto e idea que se encarna y humaniza en la historia, propuesta y diálogo que integre la experiencia y la esperanza, la libertad y la igualdad y, además, que contribuya a construir las intermediaciones que hagan posible el paso de unas a otras.
Solo en ese sendero de infinito horizonte, solo bajo la idea de que su labor en la historia no responde a una verdad que existe a priori, sino que es construcción permanente de ella, adquiere sentido la multiplicidad de puntos de vista y, en consecuencia, la pluralidad de visiones.
En esta perspectiva la filosofía es camino y es camino entre las zarzas de la experiencia, entre los riscos de la historia. “Filosofar —expresa Jaspers— quiere decir ir de camino y su plenitud no estriba en una certeza enunciable, no en proposiciones y confesiones, sino en una realización histórica del ser del hombre al que se le abre el ser mismo. Lograr esta realidad dentro de la situación en que se halla en cada caso un hombre es el sentido del filosofar”.
Así pues, el concepto que construye la razón, fundamento del filosofar, no es una categoría abstracta fruto de la pura y exclusiva racionalidad, sino una categoría compleja que resulta de la reflexión y la intuición, la observación y la acción, la esperanza y el compromiso. La verdad en este marco histórico y filosófico diríamos, con las palabras de Fernando Mires, “no es más que el proceso de construcción de la verdad”. “La filosofía —expresa María Zambrano— es mirada creadora de horizontes, mirada en un horizonte”.
Pienso que frente a la realidad presente se debería formular un nuevo proyecto filosófico e intentar una adecuada integración de la filosofía a los retos y problemas del tiempo presente. Esta conducta de compromiso y solidaridad de la razón con la circunstancia histórica concreta sería la base de una nueva filosofía y una nueva axiología.
A veces se ha desarrollado el proceso histórico a partir de la contradicción entre la fragmentación del mundo y el esfuerzo de unificación del pensamiento; otras veces, como en la actualidad, vivimos una doble fragmentación: la de la realidad, después del fracaso de uniformidad total a través de lo que se ha conocido como globalización, y la fragmentación y dispersión del pensamiento frente a una posible propuesta de sociedad alternativa. El desafío de la filosofía es no solo racionalizar este fenómeno, sino crear propuestas conceptuales de unidad alternativa, proyectos éticos y axiológicos que den sentido universal a partir de la “Unidad en la Diversidad”, a una humanidad hoy, en cierta manera uniformada y a la vez desunida y confrontada.
Deben por eso evitarse dos extremos que son dos excesos y también una doble mutilación. La pretensión de totalidad de la realidad que sin la razón humana espera tener su propia justificación en los hechos concretos, y la pretensión de totalidad de la razón que aspira tener la plena justificación en sí misma sin la participación de la realidad. Por todo ello es necesario entender que la realidad para ser tal debe ser racionalidad, y que la razón, en su mejor sentido, es una forma de la realidad.
La búsqueda de una nueva sociedad como alternativa ante la crisis, exige la integración de teoría y práctica y demanda, además, la reformulación de un pensamiento filosófico integral, capaz de presentar una propuesta alternativa ante el derrumbe de la sociedad contemporánea y la imposibilidad de cualquier retorno a la sociedad anterior, la que fue sustituida con las ideas de la globalización, el neoliberalismo y el mercado absoluto, ideas que enfrentan hoy una crisis profunda.
El esfuerzo tiene que ser de todos, pero la filosofía enfrenta de manera particular el desafío de presentar ante la realidad de los hechos una propuesta que permita orientar el debate y la acción a la búsqueda de una nueva sociedad sustentada en los valores y principios fundamentales al ser humano.
El autor es jurista y filósofo nicaragüense.